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La reeducación de Areana (3)

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  • Una hora después la niebla comenzaba a disiparse en el cerebro de Areana. Abrió los ojos y la pesadez de sus párpados la agobió tanto como el advertir que estaba en medio de la oscuridad, echada no supo dónde. Quiso ponerse de pie y su cabeza dio contra el techo de la cucha.

    Soltó una puteada, se sentó y cuando sus ojos fueron acostumbrándose a la penumbra se dio cuenta de que estaba en una especie de pequeñísima casita con techo a dos aguas y había una manta en el piso. Se dio cuenta también de que estaba desnuda y de inmediato sintió el roce del collar. “¿dónde mierda estoy?”, se preguntó con asombro no exento de inquietud. Salió gateando mientras experimentaba una mezcla de miedo y curiosidad, mucho más lo primero que esto último. Vio que la casita estaba dentro de una habitación. Su miedo se acrecentaba. Se puso de pie y fue hasta la puerta, accionó el picaporte y comprobó que estaba cerrada con llave. Movió nerviosa e inútilmente el picaporte una y otra vez hasta que vio el interruptor de la luz junto a la puerta, a la derecha, y lo accionó encendiéndose entonces la lamparita que colgaba del techo. Giró sobre si misma y se llevó una mano a la boca mientras el asombro le agradaba los ojos.

    -¡Una cucha! –exclamó al darse cuenta de dónde acababa de salir. Era una cucha de dimensiones adecuadas a las medidas humanas, pintada de rojo con el techo negro y frente a ella divisó la jovencita los recipientes de comida y bebida y el hueso de plástico.

    -¿Dónde… dónde estoy?... ¿Qué hago acá?... ¿Qué es todo esto?

    Sintió ganas de orinar y fue hasta una puerta que había al fondo de la habitación, a la izquierda. Al pasar junto a la cucha la miró sin poder salir de su asombro, un asombro al que el miedo se le había pegado como ventosa. Tal como había imaginado, la puerta correspondía a un baño, con un inodoro, la bañera, un bidet  y el lavatorio sobre el cual había un vaso con un tubo de dentífrico y un cepillo de dientes que reconoció como el suyo. Colgado en la pared vio un toallón celeste  y una toalla del mismo color pendía doblada en dos de un pasador adosado a la pared junto al lavatorio. Su vejiga le recordó la necesidad de orinar. Lo hizo, se limpió con papel higiénico de un rollo colocado a la diestra del inodoro y, una vez satisfecha esa necesidad física, volvió a sentir un miedo cada vez mayor, al tiempo que comenzaba a recordar lentamente, por fragmentos. Empezaba a reubicarse en tiempo y espacio. Se acordó de las horas en la escuela, la despedida de sus compañeras, las promesa entre ellas de verse en los próximos días y organizar algo. Se acordó después del reproche de su madre cuando se apareció en el living en bombacha y corpiño. Su mente recuperaba poco a poco el funcionamiento normal, y fue en ese momento que escuchó el ruido de una llave girando en la cerradura. Era Milena.

    -¡¿Dónde mierda estoy?! ¡¿Quién sos vos?! ¡¿Por qué estoy desnuda y con este puto collar?! –preguntó Areana alzando la voz a manera de defensa, para ocultar su miedo.

    Milena no le respondió y en cambio salvó de dos trancazos la distancia que las separaba, le cruzó la cara de una bofetada y enseguida le asestó otra tan fuerte como la primera. En el rostro de Areana se dibujaron dos expresiones en una décima de segundo: sorpresa y dolor y un segundo después, mientras se frotaba ambas mejillas con la palma de su mano derecha, miró a Milena con el miedo reflejado en sus ojos. Esa desconocida la superaba en altura y contextura física y había logrado atemorizarla. No pocas veces se había peleado en la escuela con chicas más grandes que ella, pero esta vez era distinto. Se sentía intimidada por la situación muy singular que estaba viviendo.

    -¿Dónde estoy?... Por favor, explicame… -dijo pero ahora en voz baja, casi en un murmullo.

    Milena no le respondió y en cambio comenzó a girar lentamente alrededor de la nueva pupila. Areana pensó de pronto, horrorizada, que podía haber caído en manos de una red de trata que iba a prostituirla y un escalofrío la estremeció de pies a cabeza.

    Cuando estaba por darse vuelta para tener de frente a la chica, ésta la aferró con fuerza por el pelo, le dobló la cabeza hacia atrás, con violencia, y le dijo mordiendo las palabras:

    -No vuelvas a tutearme.

    Areana gimió y Melina, sin soltarla, manteniéndole la cabeza en incómoda torsión, preguntó:

    -¿Está claro, pendeja de mierda?

    -Sí… sí… contestó la jovencita con la voz distorsionada por la posición de su garganta.

    Milena la soltó, para luego colocarse frente a ella. Tomó el extremo de la cadena del collar y dijo:

    -Seguime y no vuelvas a abrir el hocico.

    Areana la siguió, intimidada, y ambas aparecieron en el living, donde Amalia esperaba sentada en el sofá.

    Milena condujo a la jovencita hasta dejarla de pie ante la dueña de casa y ésta le dijo:

    -Podés retirarte pero estate atenta por si te necesito.

    -Bien, señora. –aceptó Milena y saludó con un movimiento de cabeza para después abandonar el living.

    Areana se sentía azorada por lo que estaba viviendo. Se encontraba sin saber cómo en un lugar desconocido donde una chica apenas unos pocos años mayor que ella la había maltratado y golpeado y ahora tenía ante si a una señora que la miraba fijamente y con los labios insinuando una leve sonrisa para nada amistosa.

    -Ay, ay, ay, Areanita, de manera que la mocosa desobediente, caprichosa, insolente, contestadora, la perfecta malcriada está aquí traída por su madre para que la reeduquemos… -dijo Amalia acentuando su sonrisa burlona a medida que iba completando la frase.

    La jovencita la escuchó con los ojos agrandados por la sorpresa. Sin poder dar crédito a lo que acaba de escuchar.

    -¿Mi madre me… mi madre me trajo acá?... ¿Cómo que ella me trajo?… -dijo con acento lastimero.

    -Sí, queridita, tu madre te trajo acá para que yo y mis asistentes te apliquemos un tratamiento disciplinario que te convierta en una buena niña, porque ya no puede soportar tu pésimo comportamiento.

    Areana abrió la boca como para decir algo, pero Amalia se anticipó:

    -Silencio, nena. –y siguió hablándole a su flamante pupila mientras, sin disimulo, la recorría de arriba abajo con ojos que brillaban de deseo:

    -¿Alguna vez imaginaste que ibas a estar desnuda ante una señora desconocida y llevando un collar de perro?

    La pregunta descolocó a Areana al par que la obligaba a tomar conciencia definitivamente de su extraña situación.

    -No, no sé qué… qué es esto… -dijo frunciendo el ceño.

    -¿Alguna vez, mientras volvías loca a tu madre con tus desplantes e indisciplinas imaginaste que tenía que llegar el momento en que alguien te pusiera en tu lugar, mocosa malcriada?

    Amalia había ido endureciendo su tono mientras Areana, aliviada luego de descartar la aterradora posibilidad de haber caído en manos de una red de trata, iba recuperando su carácter rebelde.

    -¡Ni usted ni ésa tienen derecho a tratarme así! –dijo encolerizada y a los gritos, sorprendiendo a Amalia. -A pegarme como lo hizo esa forra, a meterme en una cucha y a ponerme este puto collar como si yo fuera una perra.

    La dueña de casa se puso de pie:

    -Ay, mocosa, qué mal empezaste. Se ve que tenés ovarios, pero no te quepan dudas de que de acá vas a salir mansita… bien mansita. –dijo y su mano partió veloz para estrellarse contra la mejilla izquierda de la jovencita. Tan violenta fue la bofetada que Areana tambaleó y mientras recuperaba el equilibrio insistió, desafiante:

    -¡Usted no es nadie! ¡No es quien para pegarme! ¡Quiero irme de acá!

    Amalia volvió a darle una bofetada y con tal fuerza que esta vez Areana cayó sobre la alfombra, a sus pies. La imagen excitó a Amalia en grado sumo. Tener ahí, en el piso, a sus pies, echada de costado y gimiendo, a una pendeja tan apetecible y, para mejor, desnuda y con un collar de perro, era una tentación, pero se contuvo.

    “Ya habrá tiempo de disfrutarla.” Se dijo e hizo venir a Milena.

    -Diga, señora.

    -Llevátela y metela en la cucha esposada con las manos en la espalda y grilletes en los tobillos. Que no vea la sala de castigo todavía. Vamos a ir de menor a mayor. –ordenó en voz baja para que la pupila no escuchara.

    -Bien, señora. –dijo Milena y de inmediato se acercó a Areana, le pegó un puntapié en las costillas y le ordenó:

    -Parate, pendeja. –y sin esperar a que la jovencita obedeciera la tomó del pelo con ambas manos y de un tirón la incorporó para arrastrarla luego, entre golpes a insultos, al cuarto de la cucha. La dejó allí encerrada con llave y fue a la sala de castigos para hacerse de los elementos de sujeción indicados por Amalia. Volvió enseguida a la habitación donde dejara a Areana y cuando se acercó a ella la jovencita dijo, dispuesta a la pelea:

    -No me toques, yegua.

    Los ojos verdes, de mirada dura de Milena relampaguearon y dijo con los dientes apretados:

    -Voy a hacer algo más que tocarte, pendeja de mierda…

    Puso en el piso las esposas y los grilletes y se fue acercando a la jovencita lentamente, amagando ir a derecha e izquierda, deteniéndose y reanudando el andar una y otra vez mientras Areana retrocedía en guardia, como boxeadora buscando las cuerdas. Ya muy próxima a ella, Milena amagó darle un puntapiés y cuando la pupila bajó los brazos para evitarlo la sorprendió con un puñetazo en la mandíbula que la hizo caer desmadejada en el piso, semidesvanecida.

    -Sacate de la cabeza esa idea estúpida de enfrentarme, perrita. Soy mucho para vos. Todas acá somos mucho para vos. –dijo Milena al oído de Areana y luego procedió a esposarla con las manos en la espalda y a colocarle los grilletes que unían e inmovilizaban ambos tobillos, Después la arrastró hasta la entrada de la cucha y la metió en ella para finalmente abandonar la habitación cuya puerta cerro con doble vuelta de llave. Estaba muy excitada con Areana y no veía la hora de empezar a cogerla.

    ………….

    Mientras tanto Eva llamaba a Elena, angustiada por estar lejos de su hija y sin saber qué sería de ella en casa de Amalia.

    -Gracias por escucharme, Elena… Te lo agradezco de verdad, sos una gran amiga y no sé qué haría sin vos…

    -Te quiero mucho, Eva… -fingió Elena.

    -Yo también te quiero mucho, Elena… ¿Sabés?, no puedo dejar de pensar en Areanita…

    -Tranquilizate, Eva, tu hija está en muy buenas manos.

    -Quiero creer que sí…

    -Creelo porque es la verdad, querida, cuando Amalia te devuelva a Areanita se habrán terminado tus problemas con ella.

    -Me angustia no poder verla mientras dura su tratamiento.

    -Te propongo algo, Eva, voy a verla yo y te cuento.

    -Ay, Elena, ¿harías eso por mí?

    -Claro, Eva (y no será ningún esfuerzo, estúpida)…

    Después de cortar con Eva, Elena llamó a Amalia:

    -Termino de hablar con la mami.

    -¿Y?

    -Está ansiosa y preocupada por su hijita. Le dije que iba a verla y le contaría.

    -Venite. Es brava la mocosa, una pupila muy excitante. Ya tuvimos que pegarle bastante, pero sólo bofetadas y algún puñetazo. El castigo en serio todavía no empezó. Ni siquiera le hemos hecho conocer la sala. Voy a llevarla de menor a mayor.

    -Perfecto, Amalia, vos sabés cómo trabajar con cada pupila.

    -Con esta nena mala estoy muy excitada.

    -Y es lógico, querida, a mí también me calienta muchísimo.

    -Bueno, ¿cuándo te venís?

    -Salgo para allá.

    -Te espero.

    Media hora después ambas conversaban en el living.

    -¿Dónde la tenés? –quiso saber Elena.

    -En la cucha, desnuda, esposada, con grilletes en los tobillos y collar de perro.

    -Mmmmmhhhhh, de sólo imaginarla así estoy por mojarme.

    Media hora después, ambas mujeres bebían café en el living y conversaban sobre Areana.

    -Si yo quisiera, en una semana la quiebro, pero mi plan con esta cachorra es otro. Intuyo algo en ella y si no me equivoco el resultado será un bingo. Por eso la voy a tener dos o tres meses, depende de cómo se vaya dando la cosa. –dijo Amalia luego de beber el último sorbo de su pocillo.

    Elena hizo lo propio y luego miró durante un instante a la dueña de casa.

    -¿Cómo es eso de que tenés un plan con esta nena?... Conseguiste intrigarme.

    -Todo a su tiempo, querida. Ya vas a ir sabiendo lo que me propongo. Y ahora vamos a verla.

    -¡Sí! ¡Ardo en deseos de verla! –dijo Elena incorporándose prestamente.

    Amalia hizo sonar su campanilla y al instante apareció Milena, que luego de saludar a Elena se dirigió a la dueña de casa:

    -Diga, señora.

    -¿Cómo está la pupila?

    -Relativamente bien, aunque sigue insultando y exigiendo que la dejemos ir. Si usted me lo permite la amordazo, señora, porque me tiene harta con esa letanía.

    -No, dejala que ladre. Con no hacerle caso es suficiente. Ahora vamos a verla. -dictaminó Amalia y las tres se dirigieron a la habitación de la cucha.

    Cuando entraron Areana estaba echada en el piso fuera de la cucha. Evidentemente había conseguido salir arrastrándose y cuando las vio repitió su exigencia:

    -¡Sáquenme estas cosas y déjenme ir! –luego reparó en Elena, la miró durante un rato y finalmente dijo:

    -Usted… Yo a usted la conozco… ¿Usted no es amiga de mi madre?

    Elena se acercó a ella tratando de disimular la excitación que la invadía arrolladoramente ante el espectáculo que ofrecía Areana, desnuda, esposada, con grilletes en los tobillos y el collar de perro. Se aclaró la garganta, se puso en cuclillas junto a la jovencita y dijo acariciàndole la cabeza:

    -Claro, dulce, y precisamente estoy aquí porque tu mamá me pidió que viniera a verte y le cuente cómo estás.

    -¡¿Cómo estoy?! ¡Ya ve cómo estoy! ¡Pero ella tiene la culpa! ¡Ella fue la que me trajo! –se encolerizó Areana.

    -Calmate, Areanita. Tu madre lo hizo por tu bien. Tenías una conducta imposible de soportar. Tu mamá corría el riesgo de un colapso nervioso. Algo había que hacer con vos. –y mientras hablaba ponía todo su esfuerzo en no mirar ese bello cuerpito adolescente exhibido en todos sus encantos.

    -¡Cuéntele cómo me tienen! ¡Cómo un animal me tienen! ¡Dígaselo! –reclamó exaltada la jovencita y luego, bajando el tono y como si hablara con ella misma dijo:

    -Si mi conducta la molestaba tanto, ¿por qué no hizo algo para corregirme ella?... ¿por qué tuvo que traerme acá?... ¡Me tienen en una cucha y con un collar!... ¡¿Qué soy yo?! ¡¿Una perra?! ¡Cuéntele esto a mamá!

    -Tranquila, Areanita, tranquila. –dijo Elena y se incorporó haciéndole una seña a Amalia como indicándole que la visita había terminado.

    -Metela otra vez en la cucha. –ordenó Amalia dirigiéndose a Milena y salió de la habitación con Elena mientras ambas oían los gritos de Areana:

    -¡No me toques, yegua hija de puta! ¡Soltame!

    -Brava la nena. –dijo Amalia camino del living.

    -¡Y que buena está! ¡Quiero comérmela ya! –se exaltó Elena.

    -Ya la gozaremos, tené paciencia. ¿Qué le vas a contar a su mamita?

    -Qué está en buenas manos.

    -Te va a exigir detalles.

    -Es sencillo. Le digo que están haciendo con Areana lo que ni ella ni su marido se atrevieron a hacer: tratarla con el rigor necesario para corregirla.

    -Palizas. –dijo Amalia.

    -Palizas. -repitió Elena. Ambas se despidieron y fue Marisa quien acompañó a la visitante hasta la entrada del edificio.

    Cuando llegó a su casa Elena llamó inmediatamente a Eva:

    -Areanita está bien, no te preocupes, querida.

    -Pero… decime, Elena, ya… ¿ya empezaron con el tratamiento disciplinario?... –preguntó Eva y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

    -Sí, ya le están haciendo lo que vos y Ricardo debieron hacer hace años y no hicieron.

    Hubo un silencio y finalmente Eva dijo con voz casi inaudible:

    -Decime… le… ¿le están pegando?... 

    -Sí, Eva, le están dado esas palizas que debieron darle ustedes.

    -¡Ay, pobrecita!... –se lamentó Eva con la voz quebrada.

    -Calmate, querida, le vendrá bien esa disciplina. Ya vas a ver la tranquilidad que vas a sentir cuando te la devuelvan bien mansita, sin rastros de esa mocosa que te puso al borde de un colapso nervioso.

    -Sí, ya sé, pero igual no puedo evitar sentirme mal, no sé, como culpable…

    -¡Ay, basta, Eva! ¡Hay veces que me cansás! ¡Si esto te pone tan mal vamos a lo de Amalia, nos traemos a tu hija y que te siga volviendo loca! –tanteó Elena.

    Del otro lado se hizo un silencio y por fin Eva dijo:

    -No, no, está bien… Perdoname, Elena, perdoname y comprendeme, ¡es mi hija!...

    -Te comprendo, Eva, pero tenés que calmarte. A veces hablás como si hubiéramos dejado a Areanita en manos de una demente cuando Amalia no es más que una educadora, una experta en la reeducación de chicas malcriadas…

    -Está bien, tenés razón, perdoname… por favor, perdoname…

    -Bueno, olvidate, te mando un beso…

    -Gracias por ayudarme, Elena…

    ……………

    Poco después, cuando las primeras sombras de la noche envolvían a la ciudad, Amalia se disponía a iniciar formalmente el disciplinamiento de Areana, su nueva y muy apetecible pupila.

    Llamó a Milena y a Marisa al Living y cuando las asistentes se presentaron les dijo:

    -Sáquenle las esposa y los grilletes y tráiganmela.

    -Enseguida, señora. –dijo Milena y una vez en el cuarto de la cucha tomó de ambos tobillos a la jovencita para sacarla del armazón de madera, la liberó de los grilletes y las esposas y le ordenó:

    -Parate, nena.

    -Areana obedeció, aliviada de poder incorporarse y terminar con el incómodo encierro en la cucha y para peor con esas cosas que la habían mantenido inmovilizada. Marisa abrió la puerta, miró a Areana de arriba abajo, se pasó la lengua por los labios y le dijo:

    -Seguinos.

    A la jovencita no le había pasado desapercibida la forma con que la había mirado la mujedrona y sintió algo extraño que nunca antes había sentido. Movió la cabeza de un lado al otro como si quisiera expulsar algo de su mente y al llegar junto a Milena, que aguardaba del otro de la puerta, le preguntó:

    -¿Adónde me llevan?

    Milena entonces le cruzó la cara de una bofetada y mientras Areana se llevaba una mano a la mejilla golpeada y contraía el rostro en una expresión de dolor, le dijo:

    -Te cuesta aprender, ¿eh, nena tonta?. Cuando se te da una orden obedecés y punto, sin ladrar. Ahora, por haberte indisciplinado nos vas a seguir en cuatro patas. ¡Vamos!... O querés que te siga dando…

    La jovencita adoptó la posición ordenada mientras se daba cuenta de algo que le resultaba perturbador: Milena le daba miedo. Y peor aún, en ese momento advirtió que el miedo que sentía, que de pronto se permitía sentir, no era solo por la asistente sino por toda la situación que estaba viviendo en ese departamento, por no saber qué pensaban hacerle, como sería ese tratamiento disciplinario que Amalia le había mencionado. Un instante después estaba ante ella, que esperaba sentada en el sofá.

    -Quédense las dos, me van a ayudar.

    -Sí, señora. –contestaron ambas entusiasmadas al presumir que habría acción.

    Areana permanecía en cuatro patas y con su collar, cuya cadena plateada trazaba una amplia curva sobre la alfombra, a los pies de Amalia,

    -Bueno, jovencita, ¿cómo estamos? –comenzó Amalia.

    Usted no sé, yo con ganas de irme a mi casa. –se atrevió Areana buscando vencer su miedo mediante una actitud desafiante. Milena iba a darle un puntapié en el trasero, pero Amalia la detuvo con un gesto.

    -Te entiendo, tesoro, pero ocurre, y vas a grabártelo en tu cerebro, que aquí lo que vos quieras o no quieras no tiene la menor importancia.

    -¿Ah, sí? Porque usted lo dice, ¿no? Sepa que a mí no me importa lo que usted diga. Yo quiero irme a mi casa. –insistió la jovencita doblando la apuesta y debatiéndose entre el miedo y la necesidad de proteger su orgullo.

    Amalia esbozó una sonrisa y dijo dirigiéndose a sus asistentes mientras con el dedo ìndice se señalaba los muslos:

    -Acomódenla y sujétenla como ya saben.

    Las dos asistentes alzaron entonces a Areana y con movimientos veloces y precisos que denotaban una larga experiencia la pusieron boca abajo sobre las piernas de Amalia, dominando con rapidez y habilidad la resistencia de la jovencita. Inmediatamente después se plantaron ante su cabeza y la sujetaron fuertemente por las muñecas. Amalia completó la inmovilización de la pupila pasando una de sus piernas por detrás de las piernas de la chica y todo estuvo listo para la primera sesión de disciplina de la rebelde Areana, que no cesaba de gritar y corcovear:

    -¡No! ¡¿Qué hacen!? ¡No! ¡No pueden hacerme esto! ¡No tiene derecho! ¡¡¡Déjenme irrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!

    Fue en ese preciso momento que la pesada mano de Amalia restalló sonoramente en una de sus nalgas. Y los gritos y protestas cesaron, tal la fuerza sicológica con que ese chirlo no sólo dio en la cola de la niña, sino que entró en su cerebro a modo de revelación inesperada y aterradora. Areana sintió que algo trascendente estaba ocurriendo en su interior profundo, como si un velo hubiera empezado a correrse. Pero tuvo miedo, ansiedad y miedo y el miedo a lo que había sentido se impuso y se puso a corcovear y a chillar otra vez. Amalia supo interpretar muy bien merced a su experiencia lo que había significado esa pausa en la resistencia de la pupila, y sonrió ampliamente satisfecha, sintiendo que el más intenso morbo la invadía. Siguió con la zurra, pero cuidándose de no pegar con fuerza excesiva, dejando caer su mano alternativamente en una y otra de esas deliciosas nalguitas que se iban coloreando poco a poco. Areana ya no gritaba ni corcoveaba. Se limitaba a gemir a cada golpe y a suplicar, aunque esto último sin la vehemencia del principio. A veces, entre chirlo y chirlo, Amalia frotaba su rodilla contra un muslo de la pupila, lentamente, hacia arriba hasta llegar a la cadera y luego nuevamente en dirección a la rodilla, para después volver a golpear.

    Milena y Marisa respiraban agitadamente por la boca mientras sus ojos, muy abiertos, seguían ese movimiento del brazo de Amalia al alzarse y enseguida caer para que la mano restallase sobre el muy apetecible culito. Eran cuatro respiraciones muy agitadas. Era Areana moviéndose lentamente, cuasi suavemente sobre las rodillas de Amalia, de un lado al otro cuando esa mano caía sobre su cola. Era Amalia con una sonrisa perversa fija en sus labios. Era el final de esa primera paliza. Era la dueña de casa indicando a sus asistentes que soltaran a la pupila para después echarla sobre la alfombra, a sus pies, donde la niña quedó jadeando, con los ojos llenos de lágrimas y roja de vergüenza. Eran Amalia y sus asistentes sintiéndose muy mojadas.

    Al cabo de un rato, luego de recuperar la serenidad, Amalia ordenó a sus asistentes que llevaran de nuevo a la cucha a Areana y que volvieran a esposarla y engrillarle los tobillos.

    -A las 9 llévenle la cena. Por ahora comida de humanos. –completó.

    -Entendido, señora. –dijo Milena y junto con Marisa levantaron a Areana y la llevaron de regreso al cuarto de la cucha.

    -¿Pensás lo mismo que yo? –dijo Milena en el camino dirigiéndose a Marisa.

    -Sí. –contestó la mujerona.

    -Pero no tenemos permiso para inspeccionarla.

    -No. Mejor pensemos en otra cosa.

    (Continuará)

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