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Un pervertido cuento de navidad (2 de 2)

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  • Mi perverso Santa escucha asombrado mi segundo cuento navideño.

    Apagué la colilla de mi cigarrillo en el cenicero de cerámica que tenía en mi patio interno.

    La llegada de diciembre estaba lejos de anunciar los climas invernales y la nieve a la que tanto nos acostumbra la cultura norteamericana. En el hemisferio sur, aceptamos al verano y su insoportable calor. Así que no costaba demasiado estar desnudo. Esa noche no soplaba la más mínima brisa.

    Antes de que volviera a ingresar en mi sala, Dorian apareció ya sin el traje de Santa. También, completamente desnudo, estábamos reconstruyendo una versión homosexual del génesis.

    - Me estaba sofocando con el traje - admitió, finalmente.

    - Me parecía que no era lo más acertado para una noche como hoy - afirmé, sonriendo.

    - Voy a volver a ponérmelo en breve - prometió. - Me gusta la idea de que Santa esté torturando un hombre.

    Abandoné mis intenciones de ingresar. Dorian me tomó de la cintura y me dio un beso en los labios. A diferencias de otros Máster, Dorian simplemente jugaba el juego en el momento en que tenía que jugarlo y luego abandonaba el personaje sin que le costara. Le gustaba dominar, pero también irradiaba ternura.

    Dorian era lo que en la jerga gay podríamos considerar un oso. No era un chico robusto o con unos kilos de más, sino más bien era gordo. No era alto y si uno no conociera su lado perverso, jamás soñaría que tenía un costado sádico para exprimir.

    Nos conocimos por medio de Grindr, cuando con otro amigo, Lucas, buscábamos a una tercera persona para hacer un trío. Esa noche no fue nada de otro mundo. Cumplió una función específica, nos tratamos con mucho respeto y luego que culminó, pasó a ser uno más en la lista de chicos con los que me he acostado.

    Pero días después, retomó el contacto conmigo y, además de salir a flote el compartir gustos por el sadomasoquismo, también me confesó que me conocía desde hacía años, por un amigo en común, y que siempre gustó de mí aunque jamás se animó a hablarme.

    - ¿Por qué nunca quisiste hablarme? - le pregunté.

    - Porque no sabía si eras gay - me respondió.

    - ¿No sabía si yo lo era o si tú lo eras? - pregunté.

    - Lo que importa es que, eventualmente, el ciclo se cumplió - comentó.

    Pensé que era una pena que no se haya atrevido a acercarse hace años atrás. Quizá nos hubiéramos divertido juntos por mucho tiempo.

    Dorian se autodenominó un Máster y la conversación sobre el sadomasoquismo surgió más por casualidad que por el propósito de concretarlo. A partir de allí, comenzaron esos encuentros casuales en donde sale a relucir un lado perverso y creativo a la vez. No obstante, Dorian, como Máster, tiene mucha más relación con el imponer el dolor físico más que la tortura psicológica. No insulta verbalmente y asume la responsabilidad de un rol en el que corta cuando lo cree necesario. Además, a diferencia de otros Máster con los que estuve, su principal preocupación es la de generar el placer por medio del dolor. Mientras que la mayoría, obtiene el placer causando el dolor.

    - Tu historia anterior me volvió loco - admitió. Le ofrecí un cigarrillo que rechazó con un gesto negativo. - Pero siento mucha curiosidad por saber cómo eres tú como Máster.

    - Lo mío no va por lo físico – respondí. - Sino más bien por el dominio que puedo llegar a tener sobre la otra persona.

    - Dame ejemplos - insistió. - ¿Hay alguien a quien hayas dominado últimamente?

    - Sí, hay un chico con el que vengo trabajando desde hace unos meses y finalmente la semana anterior lo concretamos - respondí. - Se llama Javier y está casado con otro chico.

    - ¿Corrompiste un matrimonio gay? - me preguntó Dorian. - ¿Después de todos los derechos que tanto costó conseguir?

    - Yo no corrompí nada - afirmé.

    - ¿Acaso no tienes respeto por el matrimonio de los demás?

    - Ellos no tienen respeto por sus matrimonios, ¿por qué debería tenerlo yo? - pregunté, asombrado. - Es ridículo.

    Dorian se rio y yo sentí el impulso de encender otro cigarrillo.

    - Javier y su marido tienen un local de panadería y postres - continué. - Así lo conocí, siendo cliente del local. Con el correr de los días, fuimos hablando cada vez más hasta llegar a un vínculo de confianza. Cuando percibí que Javier estaba interesado en mí, decidí lanzar un par de redes para ver si quedaba atrapado.

    - Y quedó - afirmó.

    - Con la técnica de los cobardes - afirmé. - Comenzamos a chatear por Facebook de ciertos temas que no nos animábamos a hablar en persona. Nunca pasó a mayores, hasta esos extraños mensajes que uno recibe por la madrugada. Javier me escribió para contarme que no podía dormir, a diferencia de su marido Nicolás, que dormía plácidamente a su lado. Así, nuestra charla comenzó a irse por lugares más candentes y me atreví a sacar el tema que me importaba: los tríos sexuales.

    - Entonces sí tienes algo de respeto - comentó Dorian, como quien no quiere perder la esperanza en mí. - Porque no apuntaste directamente a él, sino que a ambos.

    - Hasta ese entonces, no me había dado indicios de que fuera de los que estaban con otro - respondí.

    - Que lo engañara con otro - me intentó corregir Dorian.

    - La palabra engaño suena bastante desagradable - analicé. - Teniendo en cuenta que, gracias a la nueva ley, la infidelidad no es causal de divorcio, no debería ser tan estigmatizada.

    - No nos pondremos de acuerdo en este punto.

    - Entonces déjame continuar la historia - respondí, sonriendo con impaciencia.

    Le pregunté a Javier, directamente, si habían hecho un trío con su pareja.

    "Lo hicimos una vez con un amigo en común. Fue una linda experiencia, aunque nunca la volvimos a repetir", contestó.

    "La experiencia no debería ser simplemente linda. Debería ser excitante", afirmé.

    "Es que somos muy celosos", terminó por admitir.

    "No es para todas las parejas. Muchos confunden la experiencia sexual con algo más", admití.

    "No fue un ambiente cómodo, pese a que el tercero nos trató siempre con respeto. Pero me sentía mal al verlo a Nico besarse con él. Y creo que no le gustó nada cuando me hizo el amor a mí", prosiguió.

    Javier no sólo confundía la fantasía sexual con algo más. Directamente agregaba que el tercero le estaba haciendo el amor. Era una catástrofe desde cualquier punto de vista y estaba más que destinado a salir mal.

    "¿Entonces no te gustó?", pregunté.

    "Me gustó mucho. Sólo que no se sintió cómodo. Creo que no vamos a volver a hacerlo", terminó por decir.

    Momento donde tengo que sacar artillería o esa charla por Whatsapp de madrugada carecería de sentido.

    "Es una pena. Me hubiera gustado estar contigo", solté, casi como al azar.

    - ¿Qué? - me interrumpió Dorian. - ¿No respetas la institución matrimonial pero le haces creer a este chico que es una pena que no hagan tríos con su pareja?

    - Vamos a aclarar un punto - lo detuve. - Yo quería acostarme con él. Sabía que estaba casado con otro. ¿Qué querías que dijera? “¿Yo sé que estás casado, pero él no se enterará?”. O la más trillada "yo no soy celoso", que además de ser una frase poco creativa no tiene absolutamente nada de contexto con la situación.

    - Continúa - indicó Dorian.

    Javier puso sobre la mesa, entonces, la carta que esperaba que saliera a relucir.

    "Yo también tengo ganas de estar contigo", afirmó.

    Tenía luz verde. El tema era cómo avanzaba los metros que faltaban. Había que ser sutil y paciente. Tarde o temprano, la mosca caería en la red.

    "Haz algo. La próxima vez que Nico te abra de piernas y esté dentro tuyo, quiero que cierres los ojos y pienses que soy yo", solicité.

    "Diablos, se me paró de sólo imaginarlo", me respondió.

    "No te lo imagines ahora. Hazlo cuando él esté contigo. Y luego me cuentas", respondí.

    Interrumpí mi relato para prender un cigarrillo. Dorian, que se expresaba entre una sorprendente incomodidad y el despertar sexual por mi historia, me siguió los movimientos con la mirada.

    - Eres perverso - me indicó. - Le estabas ordenando que fantasee contigo.

    - Sutilmente, ¿no? - respondí, lanzando una carcajada. - Pero tengo que admitir que tienes razón. No sólo no tengo respeto por los matrimonios, sino que me burlé del de Javier.

    - ¿Cómo?

    - Bueno, sucedió la primera noche que él se animó a que concretemos - respondí. - El truco funcionó y a la semana me dijo que lo había hecho. Mientras su marido lo penetraba, él me imaginaba a mí. Eso aumentó aún más sus deseos de que yo lo poseyera.

    - Así que salió bien - asintió, parecía más disgustado que asombrado. - ¿Te propuso que se encuentren?

    - Una tarde que su marido, Nicolás, no estaba en la casa - respondí.

    Después de que me confesara que había fantaseado conmigo, sabía que era cuestión de tiempo hasta que la propuesta llegara. La cual, por supuesto, tenía que salir de su parte, ya que era quien tenía una historia complicada de trasfondo. Y una tarde, me escribió diciéndome que estaba solo en casa y me preguntó si quería ir a verlo, si es que yo estaba disponible.

    No estaba disponible. Tenía los horarios del gimnasio, pero por suerte, le pedí a mi compañera que me cubriera porque tenía que salir. Como ella me lo había pedido tres días antes para hacer unas diligencias, aceptó sin preguntar.

    Cuando llegué a su casa, noté que Javier estaba sumamente nervioso. Quizá era el primero con el que se había decidido a dar el gran paso. Vi la foto de su casamiento en un modular y me acerqué hasta allí haciéndome el desinteresado. Luego lo tomé a Javier de la mano y lo atraje hacia mí.

    - Si te sientes incómodo en algún momento, dímelo y me detendré - afirmé. - Pero si disfrutas esto, es mejor para ambos.

    Asintió sin decir nada. Acerqué mis labios a los suyos y le di un tierno beso en los labios, frente a su foto de recién casado. No sé si se habrá percatado de aquello, pero para mí era más que suficiente el morbo de lo que estaba buscando generar.

    Dejé de besarlo y lo miré a los ojos, sonriendo.

    - ¿Se siente bien? - le pregunté.

    - Se siente bien - confirmó. - Nico y yo, hace días que no tenemos sexo y tú me gustas tanto, Noah. Desde que imaginé que eras tú el que me poseía y no él, no puedo dejar de pensar en ti.

    No necesitaba sus explicaciones, pero lo dejé hablar porque él necesitaba justificarse en voz alta. De todos modos, encontré la manera de convertir sus excusas en algo erótico.

    - ¿Te lo hice bien esa noche? - pregunté, besándole el cuello.

    - Oh, sí - susurró. - No sabes lo libre que me sentí al sentir que lo engañaba contigo. Él se esforzaba por complacerme y yo deseando que seas tú, me excitó tanto que acabé mientras él todavía estaba dentro de mí. Nunca me había pasado antes.

    - Te excita, ¿eh? - pregunté. Llevé sus manos hasta mi entrepierna y lo dejé masajear mi miembro ya erecto por encima del pantalón. - Me pone loco lo que me cuentas.

    - ¡Se nota! - exclamó, sorprendido, como si fuera la primera vez que tocaba otra herramienta. - Apenas la toco y siento que la tienes más grande que él.

    - Arrodíllate y compruébalo - le indiqué.

    Sonrió mientras me obedecía. Se arrodilló ante mí mientras yo bajaba mis pantalones deportivos para que saliera ante él mi miembro erecto. Su mamada fue tan violenta y magistral que por un segundo perdí el rol de mi personaje, de tanto placer que sentí por lo que aquel muchacho podía hacer con su boca.

    - Qué buena verga tienes - me dijo, mientras me la masturbaba con una mano.

    - ¿Es como la de él? - pregunté.

    - Es más grande que la de él - admitió.

    - ¿Te gusta más?

    - Sí, me gusta más - dijo.

    Nicolás, el marido engañado en ese momento, no podía salir del juego. Era esencial en aquella perversión. Y lo haría jugar hasta que los límites de Javier me lo permitieran. Siguió hundiendo su cara en mi entrepierna durante un rato más, hasta que él consideró que era tiempo de pasar a la segunda parte del encuentro.

    Me guio hasta su cama matrimonial, el lecho sagrado que iba a corromper esa tarde. Antes de tirarnos sobre ella, decidí hundir el dedo en la llaga un poco más. Lo atraje hacia mí y le fui besando el cuello, mientras iba quitándole la ropa.

    - ¿Seguro que quieres hacerlo aquí? - le pregunté.

    Javier miró la cama y dudó.

    - ¿Tiene algo de malo? - preguntó.

    - Es la cama de él también - respondí y le di un beso en los labios. - Es la cama donde te hace el amor tu marido. Es su lugar.

    Bajé mis manos hacia sus nalgas y las acaricié con firmeza. El truco estaba en ocasionarle tanto placer que le impida pensar, pese a que entendía los conceptos. Quería que Nicolás, un personaje tácito para mí, estuviera bien presente para él.

    - ¿Crees que deberíamos hacerlo en otro lado? - me preguntó.

    - A mí me encanta la idea de lo que le estamos haciendo - respondí. - Nada me excita más que el hecho de hacerte mío en el lugar donde él lo hace. Poseer esa cola, que él cree suya, en su propia cama, me calienta mucho.

    Me dio un beso apasionado. Mis palabras surtieron efectos. Mi calentura era la suya. Mi deseo era el suyo.

    - Dios, eres muy excitante describiendo cosas - me dijo Dorian, apartándome del recuerdo.

    Lo miré y descubrí que estaba erecto también.

    - Deberías dedicarte a escribir - me halagó.

    No respondí nada.

    - Javier estaba entregado - continué, como si no hubiera existido la interrupción. - Deseoso de contaminar aquel lugar conmigo. Así que lo tiré en la cama, con su cola apuntando al techo, lo que era esencial para el último truco que tenía preparado.

    - ¿Por qué era esencial que estuviera así? - preguntó Dorian.

    - Tú deberías saberlo - le reproché. - Ahí es donde lo mental adquiere el matiz real de lo físico. Yo, encima de él, gobernándolo por completo.

    No me costó mucho que mi verga entre en el cuerpo de Javier. Tenía una cola que se dilataba con mucha facilidad, así que tras unos breves movimientos, de repente me vi envuelto en la pasión de su cuerpo. De hecho, entraba con tanta facilidad que casi ni sentía la fricción.

    Javier se retorció del placer al sentirme dentro y yo comencé mi movimiento pausado, entendiendo que en aquel juego había que alargar todo.

    - ¿Te gusta, bebé? - le pregunté al oído.

    - Me encanta, Noah, me encanta - me susurró, lleno de lujuria. - Me encanta lo que me haces.

    - Veo que te gusta - comenté. - Me encanta hacértelo aquí, ¿sabes? Me llena de morbo.

    - A mí también - reconoció. - Me encanta hacerle esto a Nico.

    Bingo. Era el gran momento. Detuve al mínimo mi mete y saca, al punto de hacerlo apenas perceptible para ambos.

    - ¿Quieres redoblar la apuesta? - le pregunté.

    - ¿Qué quieres decir?

    - Si quieres hacerle algo que nos va a volver locos a ambos - insistí.

    - ¿Qué cosa? - preguntó.

    - Quiero que lo llames - le dije. - Ahora, mientras te la estoy metiendo. Quiero que lo llames y le digas que lo amas.

    Aumenté, tras terminar de hablar, mis movimientos pélvicos. Volvía a darle una orden y volvía a estimular su zona erógena para que perdiera el juicio. Funcionó. Sin que dijera palabra, comenzó a buscar su celular.

    - Tú no hablarás, ¿no? - preguntó.

    - Te prometo que no diré nada - afirmé. - Sólo quiero que le digas que lo amas mientras te estoy penetrando.

    Javier no respondió. Buscó a Nicolás entre sus contactos y apretó el botón para llamarlo. Luego, se llevó el celular a la oreja.

    - En altavoz - le ordené.

    Obedeció. Dejó el celular en la cama.

    Su marido respondió al tercer tono.

    - ¿Hola? - saludó Nicolás.

    - Hola, mi vida - dijo Javier. - ¿Qué tal va tu tarde?

    Continué con mis movimientos de penetración, lentos para que no hiciera ruido al chocar contra sus nalgas y comencé a besar su cuello mientras le hablaba.

    - Bien, estoy esperando a que me hagan las facturas de los pagos y ya quedo libre - respondió. - ¿Sucedió algo?

    - No - dijo Javier. - Bueno, en realidad, sí. Estoy caliente y te extrañaba.

    Ante sus últimas palabras aumenté más mi ritmo. Nicolás, que claramente no estaba acostumbrado a recibir este tipo de llamadas, demoró un instante en contestar.

    - Bien, espérame así que en media hora estaré en casa - afirmó, entusiasmado.

    - Te espero, mi amor - susurró Javier. - Te amo, ¿sabes?

    - Yo también te amo, mi cielo - dijo Nicolás. - Te haré el amor muy fuerte apenas vuelva.

    - ¿Me vas a dar duro? - le preguntó Javier.

    - Te voy a romper todo - prometió su marido. - Te amo. Tengo que colgar.

    - Te espero abierto - afirmó Javier.

    En algún momento de aquellas promesas de lujuria, yo acabé dentro del preservativo que a su vez estaba dentro de Javier. Cuando cortó la llamada, yo estaba sacando mi miembro del interior de él.

    - ¡Oye! - exclamó ofendido. - Ni siquiera me avisaste que lo ibas a hacer.

    - Es mejor para ti si todavía no acabas - le respondí. - Así todavía tienes ganas que él esté dentro de ti. Y lo mejor, después de que te abriste por mí.

    Lo besé en los labios y me despedí, sin necesidad de agregar nada más.

    - Esa noche me escribió diciéndome que lo había hecho también con su marido - le conté a Dorian.

    - Tal vez ahora acepte la idea de trío - dedujo Dorian.

    - Mejoró la apuesta - le dije. - A los dos días me escribió diciéndome que la próxima vez, quiere que hagamos el amor en alguna parte de su casa mientras su marido duerme en la alcoba.

    - Y así, el alumno supera al maestro - se burló Dorian. - Como básicamente me sentí yo al escuchar tu historia.

    - Te cedo el timón - le dije. - Puedes volver a ser el Máster ahora.

    Sonrió complacido, mientras volvía a recordar qué fue lo que lo llevó hasta allí. Era hora del último acto.

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