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Visitas a mi vecino (Chencho)

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  • Entonces Eugenio miró al hombretón, como pidiéndole autorización, y aprovechó la posición de Diego para tirar de la cremallera de su bragueta, y metiéndole la mano, echarse encima de él

    Poco a poco, Diego relajó su semblante y empezó a mirar a Eugenio como siempre. Apoyó las manos sobre las rodillas del escultural rubiales y le sonrió con la mirada mientras se acercaba a escucharle.

    - No sabes lo mal que lo he pasado, Diego. Mis padres me tienen controlado a tope.

    Diego le miraba embelesado; y empezaba a sentir esa excitación que desde hacía mucho tiempo le producía su presencia.

    - ¡Estás guapisimo!

    - ¿Tu crees?

    - Desde ayer, no he dejado de pensar en ti. Cuando te vi, sentí una sacudida muy fuerte. Y ahora, cuando te he visto follando con D. Tomás, no he podido evitar sentir celos.

    - ¡Lo siento! Después de desayunar, me llevaron a la habitación de mi tío y empezaron a jugar conmigo. Te aseguro que no sabía que a mi tío le gustaban los chicos. Pero, la verdad, es que me lo he pasado muy bien, y pienso venir mucho más a menudo.

    Eugenio emanaba un gran magnetismo; y a Diego le resultaba imposible resistirse.

    Se acercó a él, sin dejar de mirarle a los ojos, y se atrevió a besarle...

    - ¡Mmmmm!, que gustazo...

    - ¿Le has visto la tranca al amigo de mi tío?

    Y en ese momento D. Tomás metió la cabeza entre los dos...

    - ¡Ya lo creo!... somos viejos amigos ¿verdad, Dieguito?

    D. Tomás le echó mano al paquete y lo manoseo con soltura; y Diego, que ya estaba caliente, se dejó hacer… solo tuvo que retreparse un poquito.

    Entonces Eugenio miró al hombretón, como pidiéndole autorización, y aprovechó la posición de Diego para tirar de la cremallera de su bragueta, y metiéndole la mano, echarse encima de él.

    Y D. Tomás, que había dejado a Ariel hablando con D. Carlos, que acababa de regresar de la cocina, se encontró con el culazo de Eugenio prácticamente en la cara, mientras se comían los morros…

    Alargó la mano y tirando de los calzoncillos, lo dejó con el culo al aire…

    Luego se unió a ese intenso morreo que mantenían Diego y Eugenio, en su locura de amor, y gozó de las mieles de esas tiernas bocas. Saboreó esos besos locos y se relamió de gusto, sin poder dar crédito a lo que sentía con ellos...

    Pero, Diego empezó a moverse muy inquieto…

    La imagen de Chencho estaba en su cabeza como si fuera aviso de algo; y enseguida se escurrió y reaccionó…

    - ¡Lo siento, Geni!... ¡perdonadme! Tengo que comprobar algo

    ¿Que podía pasar?

    - ¡Tengo que subir a casa chicos!, enseguida bajo.

    Subió a su cuarto, y llamó a su amigo.

    __Glorieta de Bilbao__

    Chencho sintió la vibración del móvil en el bolsillo del pantalón; y vio que era Diego. Pero, ahora no podía hablar con él, no era el momento. Lucía le estaba cantando las cuarenta y el alma le dolía demasiado.

    Lo miró, pero lo apagó inmediatamente; y siguió aguantando el chaparrón sin, ni siquiera, atreverse a levantar la cabeza…

    De repente, la vio levantarse de su asiento y salir de la cafetería sin mirar atrás. Se le escapó...

    Y sintió un gran gran vacío…

    … simplemente, no podía creerlo.

    El tiempo pasaba…

    Solo miraba como la gente se arremolinaba en torno a ese semáforo, a la espera de poder cruzar la calle. No tenía fuerzas para levantarse e irse.

    Se sentía destrozado...

    … pero, nunca había sido muy romántico que digamos; y no estaba dispuesto a que se alargara demasiado ese trance. Necesitaba hacer algo fuera de lo común. Algo, que le sacara de ese pozo sin fondo, aunque solo fuera por esa maldita tarde.

    Cuando decidió salir de la cafetería, instintivamente, cruzó el semáforo y entró en un garito que le llamó poderosamente la atención. Se atrincheró en uno de los taburetes que encontró al final de la barra y pidió una jarra grande de cerveza...

    Pero, a la izquierda, junto a la cristalera de la entrada, había un grupo de mesitas en las que solían sentarse los clientes más asiduos; de tal manera, que a veces parecía que estuvieran reservadas para ellos. Y allí, sentados, como casi todas las tardes, en la misma mesa de siempre, disfrutaban de su habitual café y copa, D. Samuel G. y Gerardo (su editor), que empezaban a mirar disimuladamente a la preciosidad que acababa de entrar.

    - ¿Cómo lo ves?, dijo Sami

    - ¡Demasiado joven!

    - No tanto, ¡eh! ¡Míralo bien!

    Chencho no se había percatado todavía de que era observado con verdadero interés. Solo pensaba en lo que iba a hacer esa tarde para olvidarse de todo.

    - Creo que me voy a ir, Sami. Me siento cansado, dijo Gerardo

    - ¿Tan pronto?

    - Es que hoy está muy quisquillosa, y no quiero tener problemas. Además, ese chico me está poniendo nervioso…

    Samuel se levantó y se acercó a la barra decididamente.

    - ¿Podemos hablar un momento, joven?

    Chencho, sorprendido; y sin saber porqué, movió la cabeza afirmativamente.

    - ¿Cuanto nos cobrarías a mi amigo y a mi por una noche completa?

    La pregunta le hizo gracia; y se quedó callado pensando que decir... pero, enseguida reaccionó.

    - No suelo aceptar parejas. ¡Lo siento!

    Sin embargo, le miró risueño…

    - ¡Lo siento!, repitió.

    Sami, se dio la vuelta, completamente altivo; y volvió a sentarse…

    ... y trató de que Gerardo no le dejara solo.

    El americano, no podía dejar de mirar a ese chico que, ahora, le devolvía la mirada con total naturalidad…

    Y a Chencho, esta pequeña equivocación le había cambiado el ánimo; y empezaba a sentir curiosidad... y también, cierta excitación.

    Samuel, saludó a un par de conocidos que acababan de entrar y se dispuso a pedirle otra copa al camarero que pasaba junto a él en ese momento, se despidió de Gerardo, y siguió mirando a Chencho sin ningún disimulo…

    El chico pidió otra jarra, y dejando el taburete en el que estaba, se acercó a su mesa.

    - ¿Puedo?

    - ¡Claro, joven!, ¡por supuesto!… ¡es un placer!

    Y dando una palmadita sobre la tapicería...

    - ¡Sientate aquí!…

    ... ¡así, estamos mejor!…

    ... y nadie oirá de que hablamos. ¿Te parece?

    - ¡Ok!

    Era un pequeño saliente, a modo de sofá, tapizado en rojo, para que los clientes pudieran sentarse bajo el ventanal.

    - ¡Tienes que perdonarme!, por ser tan descarado.

    Y le preguntó como se llamaba.

    - ¡Chencho!, y le alargó la mano

    - ¡Samuel! Sami, para los amigos. ¡Es un verdadero placer!, muchacho.

    Y se quedaron en silencio durante unos minutos...

    - Es que, hace tiempo que no entraba aquí nadie como tu, ¿sabes? Eres una hermosa criatura.

    Al oír esto, a Chencho se le puso cara de fiesta; y aunque Lucía todavía pesaba mucho en su cabeza, ya no le dolía tanto el alma; y sin embargo, sí sentía cierto cosquilleo entre las piernas.

    - Te reitero mis disculpas, Chencho. Pero, las proporciones de tus atributos masculinos; en especial, las piernas y el trasero, son algo extraordinario. Que pena que no aceptes parejas.

    Chencho, no pudo evitar sonrojarse; y decidió aclararle algo...

    - ¡Gracias!, Samuel. Pero no soy un chapero.

    - ¡Ah, noo! ¡Perdóname entonces!...

    … la verdad, es que nunca había intentado contratar los servicios de uno... y está claro que no se me da bien. ¡Disculpame!

    - ¡No se preocupe! No lo tendré en cuenta. Pero, si de verdad le gustan mis atributos, como dice, no tengo ningún inconveniente en dejar que pueda apreciarlos como guste. Soy un poco exhibicionista ¿sabe?

    - ¡Ah!, ¿sii?… ¡que bien!...

    ... ¡bueno!, al menos, con esos pantalones se te ve tremendo, muchacho; aunque, claro, muchísimo mejor sin nada encima, ¿no crees?

    - Si me sigue, me pondré a su entera disposición...

    Chencho se levantó y se dirigió al W.C., entró en una de las cabinas, y le esperó con la puerta entreabierta. No tardando mucho (un par de minutos, si acaso) Sami entró; y después de quedarse mirándolo un rato, le echó mano al paquete, para tomarle la medida.

    Luego, le aflojó el cinturón y se acercó a su cuello, para poder olerlo... hasta que, le desabrochó el pantalón y le metió las manos en el culo.

    Lo magreó intensa y detenidamente... y después de suspirar profundamente, lo dejó con los pantalones de loneta beige a mitad del muslo, para sentarse en la taza y recrearse con esa maravillosa visión.

    - ¡Soberbio!… ¡realmente, soberbio!, exclamó muy excitado. ¡Eres maravilloso!, querido…

    Le dio la vuelta, y se quedó mirando ese culo, henchido de placer.

    … hasta que se atrevió a meterle una mano entre las piernas y acariciarle los huevos; buscando una manera de introducirle los dedos bajo la tela de los calzoncillos...

    - ¡Que gustazo!… ¡me encantas!, nene…

    Volvió a darle la vuelta y tirando de la cinturilla, dejó que saliera…

    - ¡Ummm!, ¡que maravilla!

    Y se la metió en la boca, para dejársela completamente chorreando.

    - Me encantaría estar en un lugar en el que pudiera disfrutar de ti tranquilamente, muchacho. ¿Te animas a venirte a casa? Allí estaríamos mucho mejor... y no está muy lejos, ¿sabes?

    Chencho, habituado a irse con sus ligues, no encontró nada extraño en esa pretensión. Así que, aceptó su propuesta, y cruzó la Glorieta de Bilbao con Samuel, para irse con él a Aravaca.

    Cuando llegaron…

    Una preciosa verja pintada de blanco, daba entrada a un suntuoso chalet.

    Una vez dentro, Samuel le llevó a uno de los salones; y abrió un pequeño cajón de uno de los muebles para coger una botellita de plástico, con la que podría vaciarse por completo. Y le indico donde estaba el cuarto de baño.

    - ¡Por favor!, lávate bien…

    - ¡Claro!...

    - ¡Por cierto!, me gustaría llamar a mi amigo. Al que estaba en el cafetín conmigo… ¿te fijaste en el?

    - ¡Si!... ¡me gusta! ¿Que tal lo hace?

    - ¡Muy bien! Estoy seguro que te gustará.

    Y Chencho desapareció por la puerta del cuarto de baño...

    Samuel, estaba que no cabía en sí...

    - ¿Gerardo?…

    … ¿como está?…

    - Con la mosca detrás de la oreja. Pero, la he convencido para que vaya a visitar a sus padres esta semana. Así que, si quieres, podemos quedar...

    - ¡Oye!, estoy en Aravaca, con el chico. Lo tenemos…

    ... ¡si!, le va la marcha. Y no te puedes imaginar lo rico que está. Avisa al coronel ¿vale? Que se venga a cenar.

    Cuando Chencho salió de la ducha, y se disponía a echarse la camisa por encima, se sintió observado.

    - No irás a vestirte otra vez ¿no? ¡Toma!... mejor ponte esto; y le dio un pantalón de lycra y una camiseta del Club de Polo.

    - ¡Estarás mucho más cómodo con esto! Y yo disfrutaré mucho mas.

    Se acercó a él y le abrazó… le acarició el pelo, húmedo; y se separó un poco, para verle mejor.

    ¡Que bien hueles!… ¡así, estas maravilloso!

    Después, Chencho se acercó a un amplio sillón de mimbre, que había juntó a la puerta del salón y se sentó con los pies en lo alto; y se quedó mirando como Samuel anudaba un par de corbatas.

    - ¿Te apetece algo?

    Me parece que he visto Coca-Cola, en el frigo…

    ... o, ¿prefieres alcohol?…

    ¡No sé! Tengo wisky... y buena ginebra. Quizá... ¿un gin-tónic?…

    - ¿No tienes cerveza?

    - ¡No!, lo siento; pero ahora la pedimos, con la cena ¿OK?

    - Una Coca, entonces…

    Samuel fue a la cocina y no tardó mucho en aparecer con la Coca Cola.

    Pero, Chencho había salido al jardín y se había tumbado en el césped, junto a la piscina. Entonces se acercó y se sentó muy cerca de él; y le ató el pie derecho con uno de los extremos... y cuando Chencho le preguntó que estaba haciendo…

    - ¡Ah!, ¿esto?... es para que estés más cómodo.

    Chencho terminó de entenderlo, cuando le anudó el otro extremo, al pie izquierdo; y tirando de ellas, las pasó por encima de su cabeza y se las enganchó al cuello.

    La improvisada cuerda, enganchada al cuello, le forzaba a mantener las piernas en alto y abiertas mientras estaba tumbado en la hierba; ofreciendo una más que provocativa visión de su precioso culo.

    - ¿Así estás bien? ¿Estás cómodo?…

    - ¡Si!, la verdad es que, si.

    - ¡Estás muy sexy!

    Se acercó a él y empezó a olisquear entre sus piernas; acariciando esas nalgas y presionándole con el pulgar debajo de los huevos.

    Luego, se dedicó a recorrer la deseada hendidura, presionando con los dedos y buscando el ojete, para estimularlo…

    ... hasta que tiró de la parte de atrás del pantalón y le dejó con el culo al aire.

    Entonces le separó las nalgas, y abriéndolas empezó a jugar con su lengua tranquilamente… de arriba a abajo... mientras llegaba Gerardo

    Ese chico era un tesoro que no pensaba dejar escapar.

    Y mientras…

    Chencho empezaba a sentir los efectos de esa Coca Cola.

    - ¡Fóllame, tío! ¡Fóllame!

    No podía evitarlo. Se sentía terriblemente excitado.

    Deseaba sentir un buen rabo dentro de él.

    Pero, sonó un leve tintineo y…

    - ¡Ahí esta Gerardo!

    Lo dejó con las piernas levantadas y el culo al aire; y salió a abrir la puerta.

    - ¡Lo tengo a punto!… ya verás. ¡Es una maravilla! ¿Cuando llega el coronel?

    - Salía inmediatamente, según me dijo; así que estará al llegar.

    Cuando lo vio tirado en la hierba, completamente despatarrado, con las piernas en alto y ese culo en posición tan irreverente, Gerardo no pudo evitar exclamar:

    - ¡Oh!, ¡que maravilla!... ¡un verdadero bombón!…

    Y Chencho se alegro mucho, al oír esto… y pensó que hoy se lo iba a pasar de puta madre con esos dos. Pero, de repente Samuel le colocó un antifaz para dormir y todo se quedó negro. Solo podía sentir y oír lo que decían.

    - Mejor nos vamos adentro ¿no?, dijo Gerardo…

    . ¡Si! voy a por el cordón de seda rojo y a colocar la argolla en su sitio.

    Gerardo se agachó y metió la nariz… y antes de que llegara Samuel, también aprovechó para disfrutar de él.

    - ¡Estás muy rico, muchacho!… creo que lo vamos a pasar muy bien. ¿Te gusta el sexo?

    - ¡Mucho!…

    - ¡No hay nada como un buen rabo en el culo!, ¿verdad?

    Entonces, Gerardo vio como Samuel, le daba indicaciones a través de la cristalera para que desenganchara las corbatas de su cuello.

    - ¡Bueno!, chico. Mejor entramos ¿no?… se está levantando aire. Voy a quitarte esto, ¿vale?… pero no te quites el antifaz. Yo te llevo de la mano.

    - ¡OK!

    A Chencho le estaba empezando a gustar el juego y se mostró dócil.

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