Jennifer seduce a su padre

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Jennifer seduce a su padre

RESUMEN

Ricardo pensó que su hija se habría puesto una lencería sexy, probablemente de color rojo, pero a medida que bajaba la cremallera vio que no era así. Con la cremallera bajada, Jennifer, dejó caer el vestido sobre la alfombra. Ricardo vio a su hija cubierta sólo con oro y diamantes

No pesaba más de 45 kilos y medía 1,60m. Era rubia y sus ojos los tenía de color verde esmeralda. Sus tetas eran grandes, su cintura fina, su culo respingón y sus labios carnosos. Era la joven más hermosa y más deseada de su ciudad. Pero Jennifer no tenía ojos más que para su padre. A los siete años los había abandonado su madre y, Arturo, su padre, tuviera que hacer de padre y de madre. Él estuvo para comprarle las compresas en su primera menstruación. Él le partió la cara a un muchacho que se quisiera propasar con ella... Él le compraba todo lo que le pidiera... el BMW, joyas, le daba dinero para comprar las mejores ropas. Jennifer era el ojito derecho de su padre, y él, él era su héroe.

Tanto lo idealizó, que el amor que sentía por él, se fue transformando en atracción sexual. Estaba enamorada de su padre, y no hay nada más peligroso para la rectitud de un padre que una hija, hermosa como una mañana soleada de primavera, empeñada en que la hiciera suya, y más si esa hija es astuta.

Jennifer, iba a ir dando pasitos para seducir a su padre.

El primero fue dejar su diario olvidado sobre la mesita que había en la sala.

Ricardo, 42 años. 1.79 de estatura, moreno, delgado, de ojos negros... un hombre atractivo, llegó al chalé cuando ya las dos sirvientas se habían ido. Llamó por su hija, pero Jennifer había salido. Se fue al mueble bar, echó una copa de bourbon. Se sentó en un sofá de la sala. Encima de la mesita tenía el Faro de Vigo y al lado el diario de su hija. Cogió el Faro de Vigo, pero la curiosidad pudo más que la rectitud. Posó el periódico, cogió el diario, lo abrió. Sólo tenía dos anotaciones:

Sábado: 26 de Agosto de 2017.

-Querido diario, hoy me he comprado un nuevo consolador, un vibrador para estimular el punto G, un consolador anal y una bala. Mañana te cuento.

Ricardo paró de leer.

-Consoladores, un vibrador... Sus hormonas están disparadas. ¿Pero para que querrá una bala? ¿Quieres ver que tiene pistola?

Siguió leyendo.

"Domingo: 27 de Agosto de 2017.

-Querido diario. ¡Qué cantidad de orgasmos! Creí que no acababa de correrme nunca. Herminia cuando haga la cama se va a quedar boquiabierta".

PD.-Me encantó follar mi culo por primera vez.

Ricardo sintió llegar el BMW de Jennifer. Puso el diario sobre la mesa y volvió a leer el Faro de Vigo.

Jennifer llegó a la sala. Vestía con una minifalda gris, camiseta blanca, ceñida al cuerpo. Llevaba medias grises y calzaba unos zapatos del mismo color. Se acercó a su padre y le dio un beso en la mejilla. Ricardo, le preguntó:

-¿Adónde fuiste?

-Por ahí. Me voy a dar una ducha. ¿Te apetece una partida de ajedrez?

-Sí, tráelo cuando vengas. Por cierto. ¿Ese diario de la mesita es tuyo?

-Sí. Se me olvidó llevarlo para la habitación. ¡No lo leerías!

Ricardo se hizo el ofendido.

-¡¿Por quién me has tomado?!

Jennifer se agachó para coger el diario y le puso a su padre las tetas cerca de la cara. Ricardo apartó la cabeza, era como si le molestara la presencia de los melones. Jennifer pensó que su padre no había leído su diario. Había que seguir por otro camino.

Media hora más tarde, Jennifer, estaba sentada frente a su padre. Llevaba puesto un chándal amarillo y calzaba unas zapatillas con peluches. Jennifer jugaba con las piezas blancas y había dado jaque a su padre. Ricardo iba a mover un alfil. Jennifer bajó lentamente la cremallera de la parte superior del chándal. Ricardo vio cómo iban apareciendo las tetas, grandes, redondas. Le dijo a su hija:

-¡¿Qué haces?!

-Refrescando las boobs. Aquí hace mucho calor.

-¡Qué boobs ni que leches, esas son tetas de toda la vida!

-Sí, toda una vida me llevó tenerlas.

-No te va a servir de nada intentar despistarme.

Ricardo salió del jaque. Al rato Jennifer le volvía a dar jaque. Ricardo analizaba la jugada y Jennifer volvió a jugar con la cremallera del chándal. Esta vez la bajó aún más. Se veían las mitades de las areolas de las tetas, unas areolas rosadas y grandes como galletas María. Ricardo hizo un mal movimiento. Jennifer, subiendo la cremallera de la parte superior del chándal, exclamó:

-¡Jaque mate!

-¡Serás chanchullera!

-Era la única manera de ganarte.

-Ya va siendo hora de que te eches novio, así no andarás con esos jueguecitos con tu padre.

-Prefiero echarme novia.

Ricardo se escandalizó.

-¡¿Qué?!

-Era broma.

-¡Uffff!

-Pero no lo descarto.

-A ver si me vas a dejar sin nietos...

-Tranquilo, hombre, tranquilo. No me atraen las mujeres

Jennifer le dio un beso en la mejilla buscando la comisura de los labios de su padre y la encontró. Le gustó el suave roce de los labios, y le gustó pensar que a su padre también le había gustado.

Al día siguiente, por la mañana, antes de llegar las sirvientas, iba Ricardo a la cocina, en pantalón de pijama y a pecho descubierto, y al pasar por la sala vio a su hija vestida con el mismo chándal de la noche anterior, con coletas, saltando a la cuerda. Sus tetas subían y bajaban. Jennifer, le dijo:

-Estás hecho un chaval, papá.

Ricardo, le preguntó:

-¿Cómo es que madrugaste tanto? Tú eres de desayuno en la cama y a las once.

-Tengo que ponerme en forma.

-¿Para qué?

-Para sentirme bien conmigo misma.

-Buena razón. Voy a comer algo.

Ricardo se fue a la cocina. Estaba echando unos corn flakes en una taza. Llegó Jennifer. Lo abrazó poniendo las tetas en su espalda, y le dijo:

-Echa también para mí.

Ricardo, sintiendo las duras tetas de su hija, le dijo:

-Deja de hacer tonterías. ¿Qué te pasa, Jennifer? Lo de anoche, esto. ¿Qué buscas?

Apoyando su cabeza en la espalda de su padre, le respondió:

-A ti. Al hombre. Al padre sé que lo tendré siempre.

Ricardo se separó de su hija y se sentó en una silla a la mesa de la cocina.

-Tienes una empanada mental que no te aclaras. Te lo he dado todo. Nunca te he negado nada. ¿Por qué me pides lo único que no te puedo dar?

Jennifer seguía de pie.

-Porque estoy enamorada de ti.

-Escúchame bien, cariño. Tú aún eres una niña, y yo jamás le haría daño a una niña, y menos si esa niña es mi hija.

-Escucha tú, papá, dejé de ser niña el día que me bajó la primera regla. ¿Te acuerdas de la vergüenza que pasaste para explicarme lo que yo ya sabía y que tú tuviste que mirar en Internet? De eso ya hace más de seis años.

-Sí que me acuerdo. Vale, no eres una niña, eres una mujer, y muy bella, pero, por favor, busca un novio, cariño. No me hagas sentir mal. Sabes que daría mi vida por ti, pero hacer... eso.

-El amor, papa. Tú y yo haríamos el amor y sería algo dulce y maravilloso.

Ricardo no había tocado los corn flakes.

-¡Estás loca de atar!

-¿Me atarías?

-¡Ganas me dan de darte unos azotes!

Jennifer le habló a su padre con voz de mimosa, poniendo morritos, rodeando su cuello con sus brazos y volviendo a poner las tetas sobre su espalda.

-Azótame el culito, por fa, papá, azótamelo.

Ricardo, se levantó de la silla, Jennifer se apartó. Ricardo, yéndose, gruñó:

-¡Esto es para castigarte de por vida!

-¿Adónde vas?

-¡A trabajar! La empresa no funciona sola.

-¿Seguiremos esta noche con la conversación?

-Creo que no me va a quedar más remedio.

A las nueve llegó Ricardo a casa. Llamó por su hija. Le contestó desde el comedor. Cuando Ricardo llegó al comedor, la mesa estaba puesta. Jennifer vestía un vestido largo, rojo, con escote palabra de honor, y calzaba unos zapatos rojos. Estaba cargada de diamantes, los llevaba en un anillo, en una pulsera, en los pendientes y en la gargantilla... Sus carnosos labios y sus uñas las llevaba pintadas de rojo y los ojos de verde. El cabello lo llevaba recogido.

Al verla de pie, al lado de la mesa, Ricardo, exclamó:

-¡Hija! ¡¡No creo que haya sobre la tierra una mujer más hermosa que tú!!

-Gracias, papá. ¿Cenamos?

-¿Qué sirvienta se quedó?

-Herminia.

Cenaron lubina, perdices, y de postre, lo que más le gustaba a Jennifer, flan.

Casi una hora más tarde, después de haberse ido Herminia, en la sala de estar, Jennifer, sentada en un sillón, al lado de su padre, le dijo:

-Me siento como una princesa de cuento de hadas.

-Te falta el príncipe, hija.

-Tú eres mi príncipe.

Jennifer le dio un beso en los labios a su padre.

-No vuelvas a hacer eso.

-¿No te gustó mi beso?

-Claro que sí, cariño, claro que sí. Fue el beso más fresco que me han dado en mi vida. Pero los besos conducen a otras cosas.

-Pues deja que te coma a besos.

-¡Ni a punta de pistola!

-Me ves poca cosa.

-No digas tonterías. Veo a mi hija.

-Déjate ir por una noche, papá. Si mañana te arrepientes de haber hecho el amor conmigo, te prometo que no te volveré a molestar más. Si hace falta me meto en un convento para olvidar lo que siento por ti.

-No me voy a acostar contigo, hija.

Jennifer volvió a besar a su padre, y le susurró al oído:

-Déjate ir.

-Debía salir corriendo de aquí.

Lo volvió a besar. Le toco la polla por encima del pantalón y notó que estaba empalmado. Siguió susurrando.

-Déjate ir.

-Vamos a arder en el infierno.

Jennifer, al oír esas palabras, supo que ya lo tenía. Le quitó la polla, y antes de mamarla, le dijo:

-No, papá, arderemos en mi habitación.

Ricardo se dejó ir... Jennifer le hizo una pequeña mamada... Más tarde, volvió a besar a su padre, esta vez con lengua.

Después de besarse con pasión, Jennifer se levantó, se dio la vuelta, y le dijo a su padre:

-Bájame la cremallera, papá.

Ricardo pensó que su hija se habría puesto una lencería sexy, probablemente de color rojo, pero a medida que bajaba la cremallera vio que no era así. Con la cremallera bajada, Jennifer, dejó caer el vestido sobre la alfombra. Se volvió a dar la vuelta. Ricardo vio a su hija cubierta sólo con oro y diamantes. Vio sus tetas, grandes, redondas y firmes, tenían grandes areolas rosadas y unos pezones inmensos. Sabía que su cintura era fina, pero nunca creyó que fuese tanto. Su pequeño coño estaba rodeado de vello rubio que parecía pelusilla. Sus caderas y su culo respingón pedían a gritos ser acariciados. Ricardo cogió a su hija por las nalgas, la atrajo hacia él y pasó su lengua por la almeja. La lengua era más grande que aquel pequeño coño. Jennifer comenzó a gemir. Después de darle un buen repaso... Jennifer se sentó en el regazo de su padre. El jugo de su coño puso perdido el pantalón gris del traje de Armani, y más que lo pondría al frotarlo contra la polla. Ricardo, mientras su hija se frotaba, le comía las tetas... Todo lo hacían con suma dulzura. A punto de correrse, le dijo Jennifer a su padre:

-Vamos para mi habitación.

Ricardo, caminando detrás de Jennifer, le miraba el culo respingón, y recordó: "P.D. Me encantó follar mi culo por primera vez". La polla le latía una cosa mala. Ya no pensaba que era su hija. Era la mujer más hermosa y más sexy de la tierra. Al llegar a la habitación, Jennifer se echó boca arriba sobre la cama. Brillaban los diamantes sobre su cuerpo y brillaban sus ojos verdes... Ricardo se desnudó en un santiamén. Se echó al lado de su hija. La besó mientras acariciaba sus tetas, luego le chupó y le lamió tetas y pezones. Recorrió cada centímetro de aquellas deliciosas tetas, luego bajó besando y lamiendo su vientre y su ombligo, besó el interior de sus muslos, y al final del camino, volvió a lamer su pequeño coño... Jennifer se iba a correr como una bendita, y se lo hizo saber a su padre.

-Estoy a punto, papá.

-¿Quieres correrte así o de otra manera?

-Así. Después penétrame que soy multiorgásmica.

-¿Tomas anticonceptivos?

-Sí, no te preocupes por nada.

Ricardo, se olvidó de la dulzura. Le devoró el coño a su hija... Jennifer se deshacía en gemidos. De repente se hizo el silencio, arqueó su cuerpo, soltó un chorro de flujo, y otro, y otro, y otro y otro, y volvieron los gemidos, más fuertes y más sensuales. Apenas acabara de correrse, Ricardo, que como he dicho se olvidara de la dulzura, untó la polla con el flujo vaginal que había entre las piernas de su hija y el que había sobre la cama... Le metió el dedo pulgar en el coño, después en el culo y giró para hacer sitio... Le quitó el dedo del culo y fue metiendo la polla al tiempo que le acariciaba el clítoris. Jennifer no había mentido, después de veinte o treinta embestidas en su culo, se volvió a correr con tanta intensidad como antes. Al acabar, Ricardo, se la metió en el coño. La folló duro... Jennifer, que no había abierto los ojos desde que sintió que le llegaba el primer orgasmo, al sentir los latidos de la polla de su padre dentro de su coño supo que se iba a correr, abrió los ojos, y le dijo:

-¡Córrete conmigo, papá, córrete conmigo!

Padre e hija se corrieron juntos, fundidos en un largo y apasionado beso.

Ricardo había confiado en su hija, pero Jennifer era una mujer enamorada, y una mujer enamorada hace lo que sea por atrapar al hombre que ama. ¿Cómo qué? Como no tomar anticonceptivos.

Se agradecen los comentarios buenos y malos.

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