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Juncal

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  • Este relato es adaptación de la serie televisiva del mismo título, de RTVE, interpretada por Paco Rabal, Carmen de la Maza, Emma Penella, Lola Flores y los bailarines Cristina Hoyos y Rafael Álvarez, “El Brujo”, los dos en estupenda labor interpretativa, que no zapateando.

    José Álvarez descendió del vagón ferroviario luciendo su impecable terno, traje de chaqueta cruzada y chaleco, gris claro, casi perla, camisa blanca y corbata en un gris bastante oscuro, tirando de la maleta y cojitranco, dio unos pasos y se detuvo, aspirando el aire

    ―Hola ciudad de los califas; ya estoy aquí de nuevo

    Sí, José Álvarez acababa de regresar a era Córdoba donde naciera cuarenta y no pocos años atrás, después de… Ni se acordaba ya de los transcurridos desde la última vez que allí estuvo. Echó a andar hacia la salida, cojeando ostensiblemente, como en él era natural desde que aquél toro le retiró de los ruedos cuando estaba en plena gloria, con un cornalón de caballo que a punto estuvo no ya de costarle la pierna, sino la propia vida. Apenas había dado media docena de pasos, cuando una voz, que enseguida reconoció, le detuvo

    ―¡Hombre “Juncal”!... ¡Cuánto tiempo sin echarte la vista encima!...

    José Álvarez, “Juncal”, se volvió hacia el hombre que le llamaba. Era alto, algo más que él, y eso que “Juncal” medía casi metro setenta y cinco, de alrededor de los sesenta y tantos años, bien, muy bien conservado, adivinándose en él una fortaleza casi de toro. Vestía traje completo, americana y pantalón, en gris medio, camisa azul intenso y corbata azul marino, tocándose con un sombrero de ala estrecha un tanto atirolesado.

    ―Hila, padre canónigo…

    Era D. Fermín Ullate, sacerdote, canónigo de la catedral de Córdoba y casi viejo amigo de Juncal, gran aficionado al arte de torear e incondicional seguidor de él en sus buenos tiempos. Se estrecharon la mano y hasta casi le abraza el canónigo, al ponerle un brazo en el hombro

    ―Me alegro de verte, maestro… Y qué… Qué es de tu vida

    ―Pues ya ve usted, padre… ¡Negocios taurinos!

    ―Me alegro, Juncal; me alegro…

    Caminaron juntos hacia la salida de la estación y allí volvieron a estrecharse la mano y se separaron. Al canónigo le esperaba un coche; le ofreció a Juncal llevarle donde quiera que él fuese a hospedarse, pero el ex torero declinó el ofrecimiento, diciendo que ya tomaría un taxi que le llevara al hotel, con lo que el sacerdote se subió al coche que le esperaba y se alejó de la estación ferroviaria.

    Ya en el coche, el canónigo Ullate se volvió para ver, por el cristal de atrás, cómo Juncal, efectivamente, se subía a un taxi. Se volvió cuando le vio desaparecer dentro del vehículo, sentándose según el sentido de la marcha… Y se dijo que menudos “negocios taurinos” se traía Juncal entre manos; aunque en cierto modo… Porque poner algún cuerno que otro bien que los ponía, como innato cazador de mujeres. Porque él conocía bien al antiguo torero y se sabía al dedillo su “vida y milagros” desde que aquél toro le quitara de la circulación

    Él, el sacerdote Fermín Ullate, fue un gran admirador del torero que fue José Álvarez, “Juncal”, pero también sabía muy bien que, como persona, era y desde luego seguía siendo, un perfecto sinvergüenza. Cuando quedó en “paro forzoso”, lo primero que hizo fue dilapidar cuanto dinero podía entonces tener, que no sería tanto, pues aunque cobraba dinerales por corrida, lo despilfarraba todo en juergas y, sobre todo, mujeres, pues era un mujeriego empedernido, incapaz de tener su “cosa” quieta ante cualquier mujer bien puesta Y a eso se dedicó en aquellos primeros momentos, a correrse juerga tras juerga y “ventilarse” cuanta “gachí” en estado de merecer se le ponía a tiro

    Luego, cuando se quedó sin “blanca”, siguió tras las mujeres, “ventilándoselas”, pero ya con fines algo más prosaicos, pues se dedicó a vivir de las tontas con algo de “parné” (dinero, en caló) que se “pirraban” por él. Pero como también era un “viva la Virgen”,  esto es, un irresponsable, él mismo se “limpiaba el comedero” enredándose con mil y una tías, haciendo así cornúpeta al “filón de oro” del que vivía, lo que redundaba en que cada lunes y cada martes volviera a verse en la calle y sin “blanca”

    Luego el “negocio” que le trajera a Córdoba, para aquél buen cura estaba más claro que el agua: Allegar algunos cuartos de su familia

    Y es que, “Juncal” había abandonado a su mujer e hijos veinte años atrás, cuando la hija tenía poco más de dos años y su hijo unos pocos meses, tras menos de cuatro años de matrimonio… ¿Por qué? Tras unos senos algo más que esplendidos, unas caderas y culo de infarto y unas piernas largas, iniciadas en unos muslos de impresión, todo ello propiedad de una cubana, cantante y bailarina por más señas, que le sacó los cuartos en los dos años y pico que estuvieron juntos. Su hermano, Paco, a la sazón su chofer y mozo de espadas, rompió con él, prefiriendo quedarse con su cuñada, Julia, y sus sobrinos.

    Pero “Juncal” tampoco fue tan despegado con ellos, su mujer Julia y sus dos hijos, pues de vez en cuando hasta se acordaba de ellos y le enviaba a ella la cantidad que había prometido enviarle cada mes, para solventar las diarias y mensuales necesidades, sólo que de eso se olvidaba más de un mes… Y más de dos… Pero sucedió que tampoco le fue tan necesaria a Julia la marital ayuda pues era de buena, muy buena familia, viticultores y elaboradores de vino por generaciones y claro, le tendieron la mano al quedarse abandonada, haciendo posible que ella empezara su propio negocio, sus propias viñas y bodega iniciales, que para entonces se habían multiplicado, no por mucho, ciertamente, pero en fin, que formaban un capitalito algo más que apreciable.

    En todo eso, la ayuda de su cuñado fue de la mayor importancia, pues si las iniciales propiedades crecieron fue en base a trabajo y más trabajo, en lo que el buen Paco destacó a modo y manera, junto con ella misma, que acabó por revelarse como una mujer fuerte, enérgica y más que decidida, que sabía imponerse a propios y extraños gracias a la férrea voluntad que desarrolló… Lo cierto es que con el carácter de mujer fría, cortante, que fue adquiriendo acogotaba al tío más pintado que se echara a la cara

    Pero es que, a sus diecisiete años su hijo Manolo, Manolito como ella le llamaba, le salió con la pata de banco de que quería ser torero, cuando su madre acariciaba ya la idea de que el muchacho fuera a la Universidad… Y  sorprendente fue la decisión pues, aunque sin ser nunca un anti-taurino, tampoco ella había apreciado en él tantísima afición como para querer dedicarse a esa profesión… Pero no hubo nada que hacer para evitar que, por finales, un día se vistiera de luces en una localidad cordobesa ni muy grande, ni muy chica, tarde en la que, en añadidura, se destapó en torero fino y en cierto modo dominador, todo cuanto su asaz inexperiencia de entonces permitía, con lo que, cuando esta historia comienza, Manolo Álvarez es una de las más valoradas figuras de la hispana novillería, por no decir la más valorada, y ahí estaban sus ya nada despreciables emolumentos por novillada. Claro, que eso era muy a pesar de su madre, que las pasaba canutas tan pronto su hijo salía de casa para pasearse por esas plazas de toros de Dios, en la península ibérica, sur de Francia y la América hispana

    Pero el buen canónigo Ullate, si bien acertó en el interés crematístico de “Juncal” al regresar a la tierra en que nació, erró en toda la línea respecto al específico objeto de deseo del ex torero, que no eran, en absoluto, los millones de su mujer, sino la carrera taurina de su hijo, de la que quería hacerse cargo él, negociándole contratos con las empresas y, claro, controlando bastante lo que el muchacho cobrara por tarde

    Aunque también hay que reconocer que su interés no era tan solo dinerario, sino que el simple hecho de que su hijo fuera también torero, y de prestigio, como él fue, le importaba más que mucho, aunque la vertiente económica del asunto tampoco la despreciara.  Vamos, que no solo buscaba “apañarse” la perra vida que llevaba, sino que también existían otros motivos que, de hecho, para él eran hasta más queridos, o casi, que el vil metal, entre los que podía incluirse con bastante ventaja, casi tanto como lo del hijo torero, lo de volver a vivir en ese mundillo… Respirar otra vez, oler, el aroma, o el tufo, del redondel desde allá abajo, casi pisando el albero… Era su ser, su naturaleza de torero…

    Pero volvamos a José Álvarez, “Juncal”. En efecto, y como antes ya se dice, tomó un taxi que le llevó al más prestigioso hotel cordobés, pues “Juncal”, con “pasta larga” en la bolsa, nunca había parado en barras, y menos entonces, pues no quería presentarse a su familia como el pordiosero que realmente era, sino como un importante hombre de negocios taurinos que amasaba los “verdes” a puñados…

    ¿De dónde habían salido los “parneses” para tales estipendios?... Pues del préstamo de una usurera que logrado a punta de navaja por su fiel amigo “Búfalo”, un pobre limpiabotas que una vez le vio torear y desde entonces “Juncal” era no ya su ídolo inmarcesible, sino su amo y señor, si al caso viniera, que en la última “crujía” que el bueno de “Juncal” padeció, cuando su última “mecenas”, una más cincuentona que cuarentona, pero de carnes apetecibles, dueña de un restaurante en Sevilla, halló en el coche que ella misma le regalara las braguitas de una de sus camareras, chavala de escasos veinte sevillanos abriles, a la que echó una bronca de narices, con ínclita mención a su santa madre, amén de motejarla a ella de aquello conocido como “el oficio más viejo del mundo”, pero que no la puso de patitas en la calle, cosa que sí hizo con Juncal, inmisericorde, pues era noche de torrencial lluvia y, además, sin permitirle sacar de casa más que aquello con lo que entró en ella: Un traje que de viejo se caía, con un sombrero casi más viejo aún y una maleta con sólo los tomos de “Los Toros”, de José María de Cossio, el célebre “Cossio”, como es conocida la obra en el ámbito taurino.

    Pero hete aquí que el buenazo de “Búfalo” acertó a pasar por la calle en uno de cuyos portales se había refugiado Juncal, reforzando el abrigo de la maltrecha chaqueta con periódicos protegiéndose el pecho y el sombrero calado casi que hasta las cejas. El buen hombre lo recogió, acogiéndole en su más que humilde casa o, mejor aún, casi choza, pues él mismo, con sus propias manos, ayudado solo por su mujer y su suegra, habíala levantado de la nada. Y luego, cuando a Juncal se le ocurrió lo de dirigir la carrera de su hijo, a “Búfalo” se le ocurrió lo de “pedir” el préstamo a la usurera, a fin de allegar fondos a la empresa.

    Y que conste, que “Juncal” firmó a la mujer un pagaré por las 200.000 del ala que la mujer le “prestara”, incluyendo el tipo de interés normalmente reclamado por la avariciosa, lo que no fue óbice para que la pareja “Juncal”-“Búfalo” se hicieran con cuantos pagarés la tiparraca acaparaba, firmados por la gente más menesterosa del barrio, dispersándolos todos por la calle desde el balcón de la interfecta, entre la general alegría del barrio entero, que despidió al ex torero con más aplausos que en sus mejores tardes. Y es que, el que fuera torero, sinvergüenza y trapisondista como pocos, también tenía su prurito de honor, y desde luego, devolvería a la mujer hasta el último duro, lo mismo de las 200.000 “recibidas” como de sus réditos o intereses, si alguna vez disponía de tanto dinero junto… Y ahí estaba lo cuestionable del asunto: Reunir el necesario efectivo, cosa que, de no mediar milagro de por medio…       

    Y así, prácticamente, acabó “Juncal” aquél primer día de regreso en su natal terruño. Los dos, tres días siguientes los pasó dando vueltas por el centro de la ciudad, parando por bares y terrazas y piropeando a cuanta hembra ligeramente bien puesta que se le cruzara, con lo de “Viva la tierra de María Santísima y las preciosas hembras que pare”, hasta que al tercero o cuarto, que muy claro no aparece eso en las crónicas, pasó por lo que debió ser su primer lugar de peregrinaje, la plaza de toros monumental de Córdoba, albero de muchas de sus más grandes tardes del pasado

    Se asomó al ruedo, a la arena, desde el fondo del “patio de cuadrillas”, saludándole…

    ―¡Buenos días, mi sultana!... ¡Y qué hermosa, qué bonita que estás!

    Luego, se metió en el Museo Taurino de la plaza, donde, por cierto, algún recuerdo de él mismo todavía se conservaba, como los trajes que vestía, tanto en la tarde de su presentación, de novillero, a sus paisanos,  y en la tarde de su alternativa, allí mismo, en ese mismo albero… Cuando entró, “Luquitas”, un antiguo torilero (quien abre la puerta de toriles a los toros, uno a uno), ahora travestido en conserje-cuidador del museo, quiso echarle el alto, exigiéndole la correspondiente entrada que había que sacar en taquilla para visitar el museo, y él le abrió los brazos diciéndole

    ―Pero “Luquitas”, ¿es que no me reconoces?... ¿Tanto he “cambiao”?

    ―¡Juncal!... ¡José Álvarez, “Juncal”!... ¡Dios mío; cuánto tiempo!

    Y se dieron un abrazo los dos hombres, hablando un momento…cómo no, rememorando tiempos, para los dos, bastante mejores. Luego empezó a dar vueltas por las salas, yendo directo, en primer lugar, a la vitrina donde se exponía el traje de su alternativa: “Traje que vestía José Álvarez, “Juncal” la tarde de su alternativa en esta plaza el 31 de Mayo de 1951”, rezaba el letrero bajo la vitrina

    Enseguida vio avanzar hacia él a una mujer que aparentaba cuarenta y muy pocos años, elegante, bien, vestida de conjunto de dos piezas, chaqueta y falda hasta, justo, por encima de la rodilla, en seda natural floreada en tonos verdes. Alta, metro setenta más o menos, realzada por unos tacones altos, finos; pechos altos y firmes en el sujetador que indudablemente debía portar; cintura estrecha, caderas lo suficientemente anchas para provocar las miradas masculinas y lo necesariamente estrecha para no caer en lo antiestético; piernas bien modeladas, largas… Vamos, lo que se dice una mujer escultural, una hembra de bandera… Si era guapa o no, para él todavía era un misterio, pues no alcanzaba a vislumbrar su rostro, dada ya su más bien malparada visión, pero qué importaba el rostro ante tal cuerpo… Y le salió del alma el piropo  

    ―¡Ele ahí las mujeres “afisionás” a los toros, palomita, que pisas mejor que!...

    Y hasta ahí llegó su locuacidad, pues al acercársele más la mujer, reconoció en ella a Julia, la mujer que veinte años atrás abandonara como quien tira una colilla. Se volvió de espaldas, tratando de pasar desapercibido… ¡Maldita sea su sombra, encontrársela precisamente allí!... ¡Dita sea la hora en que se le ocurrió ir allí esa mañana!... Pero Julia le había visto desde el principio, por lo que siguió hacia él.

    ―¡No “juya uzté, zeñó Juncá, qu’eso no é coza e guen” torero…

    Le dijo exagerando forzadamente el típico deje andaluz, que en absoluto ella usaba pues su habla era de lo más académica, denotando eso su buena cuna, aunque con andaluza entonación, cual cordobesa de pro que también era… Y siguió

    ―¿Recuerdas lo que decía Pedro Romero? “La honra del torero está en no huir nunca ante el toro” Eso me lo dijiste tú, el primer día que me hablaste.

    Él permanecía en silencio, con la cabeza baja, dando vueltas y más vueltas al sombrero, más nervioso que un flan… Y enteramente cortado, inseguro, ante  esa mujer que en tiempos fue la suya… Esa mujer a la que hacía veinte años abandonara más que cochinamente…

    ―No soy un fantasma, Pepe; estaba ahí enfrente, tomando un café, y te vi entrar… Y tú, nunca te has escondido, precisamente

    Y “Juncal”, o Pepe, como ella le llamara, seguía en las mismas; si cabe, bajando más la cabeza, huyendo más y más su mirada de la de la mujer

    ―Te veo bien…

    Y Pepe, en las mismas. Julia se dio la vuelta y se acercó a la vitrina con el traje de torear de “Juncal”, dándole la espalda

    ―¿Te has quedado mudo?...

    Se volvió de nuevo hacia él

    ―¡Mira que eres ingrato!... Pasar por Córdoba y no venir a verme… ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

    ―Noo…no me acuerdo…

    Respondió al fin él avanzado hacia ella accionando el sombrero que su mano derecha portaba, de acá para allá, un tanto repuesto de la incómoda sorpresa. Ella añadió

    ―Tienes la voz más ronca…

    ―Han “pasao” los años…

    Ella se volvió, en intención de salir fuera, diciéndole

    ―¿Vienes?

    Y él echó a andar tras de ella. Salieron fuera del museo y ella se detuvo allí, a la puerta, pero Pepe siguió rumbo a la puerta de salida y a la calle, pero ella le detuvo

    ―Ven aquí

    Juncal se paró, volviéndose a Julia

    ―A tu terreno

    Y la mujer empezó a caminar rumbo al redondel, al albero, al ruedo donde tantas tardes él toreara; llegó allí y siguió, buscando el anillo, el centro del ruedo… Donde el torero debe situarse para citar al toro, de frente, dándole barriga y pecho… Eso es de buenos toreros, los que se atreven a citar de largo al toro… Ella llegó hasta allí, pero él se quedó detrás, como acobardado… No; ese día “Juncal” no estaba siendo buen torero… No estaba siendo aquél torero valiente, dominador… Julia había llegado, como en el argot taurino se dice para referirse al centro mismo del redondel, a la “boca de riego”(1), mientras que Pepe se había quedado casi, casi, junto a las tablas. Ella señaló con su dedo índice, levantado, un lugar impreciso en el tendido,

    ―Allí estaba yo el día que nos conocimos…¿recuerdas?... Me brindaste el toro… “A la mujer más guapa que se sienta en esta plaza”… Y yo me encandilé contigo… Yo, desde luego, era una de tantas chicas que se sentaban en la plaza y tú una de las más grandes figuras del momento… ¡El nuevo “califa” cordobés, tras de “Manolete”, decían que eras…

    ―¡Julia!

    Dijo él abriendo los brazos en gesto más descorazonado que otra cosa, avanzando hacia ella, el sombrero ya en su cabeza

    ―¡Todavía te acuerdas de mi nombre!

    ―Me acuerdo…de muchas cosas…

    ―¿Cómo te ha ido? Bien supongo… Sé que estás en el Gran Hotel…Y eso es caro… Muy, muy caro… Por cierto, prometiste pasarme una pensión… Y pagar el colegio de los chicos… Al principio, más o menos, lo hiciste, pero luego… ¿Qué pasó?... ¿Te…olvidaste?

    Pepe estaba ya junto a ella y, abriendo los brazos como antes, repuso

    ―Me quedé sin tabaco… Y tú…no lo necesitabas… No lo necesitas

    ―¿A qué has venido?

    ―A estar con vosotros…

    ―Y eso de estar con nosotros… ¿Qué significa en tu idioma, señor “Juncal”?

    ―Julia, por Dios, no me hables así…

    ―¡Da gracias de que te hable!... Te voy a explicar a lo que he venido yo…

    Julia se había separado de Pepe y empezó a alejarse de él, dándole la espalda, mientras le seguía hablando

    ―Anoche decidimos por unanimidad no admitirte en casa

    ―Manolo no está en Córdoba…

    ―Pero hablamos con él por teléfono… Y estuvo por entero de acuerdo con tu hija y conmigo… Y también tu hermano, que se puso al teléfono… Creo que sabrás que ahora es el chofer y mozo de espadas de Manolo… Y el que le controla cuando andan por ahí… Ha sido su padre desde que te marchaste…

    Calló un momento y siguió hablando

    ―Y para evitar violencias, ya sabes que eso nunca me ha gustado, he venido para rogarte… Y date cuenta que digo ROGARTE...que bajo ningún concepto se te ocurra siquiera pasar por la calle en que vivimos… No es porque de ti me importe nada… Paso de ti por completo… Ya no me causas ni frío ni calor… Pero no quiero problemas con mis hijos… No quiero que te vean…

    ―¡También son mis hijos!

    ―¿Ahora te acuerdas?... No esperaba que tuvieras tanta desvergüenza como para decir eso…

    ―¡Qué buena faena estás haciendo, Julia!... ¡Cómo dominas el ruedo, los terrenos!...

    ―¿Cómo está?... Se llama teresa, no es así…

    ―Eso se acabó

    Julia vagaba por la arena, más o menos, en torno a Pepe, que más bien se mantenía quieto, moviéndose poco, girando cabeza y cuerpo siguiéndola con la mirada. Ella siguió deambulando hasta colocarse en un punto determinado, hacia el tercio(2). Allí se detuvo, haciendo una señal, como una cruz con la puntera del zapato

    ―Aquí diste una larga cambiada el día que nos conocimos… ¿Te acuerdas?

    Pepe se acercó a ella

    ―Voy a ver torear a Manolo a Madrid… Pienso hablar con él… Entre toreros, nos entendemos… ¿Comprendes?

    Julia volvió a darle la espalda alejándose de él, y Pepe siguió

    ―Cuando vuelva, te puedo llamar (Julia se volvió hacia él, curiosa) ¡Para que charlemos un poco, no vayas a pensar

    Y Julia se aproximó a él ahora, hasta llegarse a su lado

    ―Se me olvidaba decirte… Tengo novio, como ahora se dice a liarse con alguien… Como comprenderás no me iba a mantener casta y pura… Y, claro, no sé si a él le gustará que hable contigo… Bueno, que tengas suerte… Y te lo digo de verdad…

    Y dando media vuelta, con paso firme, seguro y decidido, abandonó el ruedo y seguidamente, la plaza. Días más tarde, un par de ellos nada más, José Álvarez, “Juncal”, tomaba el tren rumbo a Madrid, junto a su amigo y benefactor incondicional, “Búfalo”, al que invitaba. Sentados en el vagón restaurante, servilleta bajo la barba, Juncal decía a su amigo

    ―Mi mujer me hizo una faena cumbre. Primero, me sacó al tercio y se dobló conmigo con mucha torería… Y, andándome, me llevó a los medios; allí, se echó la muleta a la izquierda y me pegó una serie de naturales que ahí se quedaron, para eterna memoria… Luego me anduvo muy, pero que muy torera, con galleos por la cara, giraldillas, molinetes, pases cambiados… Todo un repertorio de adornos coronando el faenón que me arreó… Luego montó la espada; se perfiló, entró en corto y por derecho, dejándose ver, y me atizó un estoconazo en t’ol morrillo… Vamos, el estoque, hasta las cachas me lo metió… Pero ¿sabes lo que peor me sentó?... Los adornos… ¿Sabes lo que me dijo?... ¡Que tiene novio!... ¡Que no iba a mantenerse casta y pura!..

    ―Natural, maestro

    ―¿Natural? … ¡Hay que ser una mujer como Dios manda!... ¡Qué novio ni qué ocho cuartos!... ¡Hay que saber esperar al marido!... ¡Tú no tienes filosofía, “Búfalo”!... Porque soy un hombre moderno, que si no… ¡No me volvía a ver más el pelo!...

    Búfalo se partía de risa, y Juncal, todo enrabietado, le soltó

    ―¡Y no comas más, ley…que te vas a poner como un cerdo!...

    Llegaron a Madrid y, el día en que su hijo se presentaba ante la cátedra de la primera plaza del mundo, hasta la puerta de la plaza de toros de Las Ventas… Y entonces, allí, Juncal se riló, diciendo que él no entraba… Que pasara Búfalo, y luego se lo contara… Su amigo le dijo aquello de que “De cobardes, nada se ha escrito”, y finalmente logró meterle con él hasta sus asientos, en el tendido alto

    Aquella tarde “Juncal” las pasó canutas viendo cómo su hijo se pasaba por la faja los pitones del novillo, que, a Dios gracias, era bravo y noble, y desde luego Manolito le estaba ligando un verdadero faenón… Uno de esos de dos orejas… En fin, que pasó la novillada entre un “quiero ver” y un “no quiero ver”, tapándose y destapándose los ojos cada dos por tres. Fue, por otra parte, una tarde muy especial, con emociones que conjugaban el orgullo paterno por lo torero que el chaval estaba andándole a sus dos novillos, y el pavor más tremendo que en toda su vida de torero había pasado, pues quien estaba en la arena era su hijo, y pocos como él sabían cómo se las gastan esos animalitos tan bonitos... Con sus cuernecitos y todo...

    Pero lo peor aún estaba por venir; fue al salir de la plaza y dirigirse al hotel donde sabía que su Manolito paraba, pidiendo ser recibido por el joven diestro. Se anunció como el matador de toros José Álvarez, “Juncal”; y sí Manolito le recibió, pero no como a un torero, según él esperaba, ni como a su padre, sino como a un mendigo

    ―¿Qué hace usted aquí? –Le espetó de entrada- ¿A qué ha venido; a qué vino a Córdoba? Por dinero ¿verdad?...

    Manolito tomó un talonario de cheques, extendió uno, lo firmó y se lo alargó, displicente, a “Juncal”.

    ―Pues aquí tiene lo que busca; para poder tirar una temporada… Y ahora, por favor, márchese

    Juncal tomó el talón, doblado por la mitad; lo abrió. ¡Cien mil pesetazas!... Una fortuna… Lo volvió a doblar y, por el doblez, lo partió en dos mitades; volvió a doblar esa dos mitades por si mitad, y las volvió a partir en otras dos… Y así fue haciendo, sucesivamente, en forma parsimoniosa, ostensible, con desprecio al vil metal, hasta que el billete quedó reducido a pedacitos más que chicos; entonces, abriendo las manos, separándolas, tan ostensiblemente como redujera el talón a cachitos, los dejó caer al suelo. Seguidamente, se pasó la palma de una mano por la otra, en remedo de lavárselas, y, poniéndose el sombrero, hasta entonces, respetuosamente, en la mano, se lo encasquetó mientras decía

    ―Te equivocas; no vine a eso… Adiós Manolo; que tengas suerte…

    Y sin más, le dio la espalda y salió por la puerta, tieso, erguido, con la cabeza muy, muy alta, con más orgullo que D. Rodrigo en la horca.

    Regresó a Córdoba, más anonadado que otra cosa; desalentado, hundido… Se pensaba que para qué seguir con su presupuesto, visto lo visto con su familia… Pero siguió en el hotel cordobés otros dos días, aunque sin prácticamente salir de su habitación. En ese segundo día, poco después de comer, sobre las cinco de la tarde –qué hora más taurina… “A las cinco de la tarde… Eran las cinco en punto de la tarde… Un niño trajo la blanca sábana… A las cinco de la tarde”(3)- le llamaron de recepción para decirle que una visita le esperaba en el bar del hotel, y “Juncal” se dijo que quién narices podía ser esa persona que, al parecer, se interesaba por él, con lo que la mar de intrigado bajó al hall y se metió en el bar; tan pronto como entró, se quedó de una pieza porque allí, sentada a una mesa, estaba, ni más ni menos, que Julia, su mujer. Se acercó a ella, entre intrigado y receloso, para quedarse de pie ante Julia, sin amago siquiera de sentarse con ella

    ―Hola señor “Juncal”… Concédeme el placer de sentarte a mi mesa

    Juncal retiró una butaquita de las tres que todavía rodeaban la mesa, y se sentó, diciendo

    ―Hola Julia; buenas tardes… La verdad, me ha sorprendido esta… Digamos munificencia tuya, al rebajarte a venir a hablar conmigo, tras la “faena” grande que me hiciste el otro día en la plaza… Estuviste conmigo muy… Pero que muy torera… Sobre todo en los adornos finales, esos que tan elegantemente te marcaste antes de montar la espáa pa darme el estoconazo de gracia… Patas arriba que rodé…como en mi vida logré hacer con ninguno de los muchos toros que en mi vida maté… Sí, faena grande, de dos orejar y…rabo… Sí; que desde entonces, diría que ya no tengo “rabo”… Que, en verdad, me lo cortaste entonces…

    Julia se rió con ganas…

    ―¡Ya será menos, pepe!... ¡Ya será menos!... Porque, de ser así, podías pedirme “daños y perjuicios”, por privarte de tu medio de vida…

    ―¿Ya me estás endiñando otro faenón de orejas y rabo?

    Julia volvió a reírse, casi que con más ganas que antes

    ―¡Perdona, Pepe; perdona!... Por lo del otro día, digo… Te solté un montón de tonterías… Todo mentira… O casi todo… No celebramos ningún conciliábulo para excluirte de entre nosotros… Aunque, de que habría unanimidad en hacerlo, por parte de mis dos hijos y mi cuñado, en hacerlo, si lo propusiera, no me cabe la menor duda… Pero simplemente, hablar de ti en casa, es tabú… Y mentira cochina, en especial, lo de…los “adornos”,…como tú dices…

    ―Eso es cuestión tuya, Julia… A mí eso ya no me incumbe… Lo que no significa que no me importe… Simplemente…¡tomé nota!... Entendí la mar de bien que eres una mujer muy moderna… Y que haces lo que en gana te viene…

    ―De eso, que no te quepa duda, Pepe… Que no te quepa duda alguna… Pro bueno; dejemos esas florituras ahora y vayamos a lo que me ha traído aquí… Lo mismo que me llevó a buscarte en la plaza de toros, en su museo, pero que cuando te vi, tan bien, tan señor… Tan golfo y sinvergüenza como siempre has sido… ¡Porque ya me dirás de dónde has sacado “er parné”, como tú dices, para hospedarte aquí… Que con todas tus trapacerías, ni en sueños lograrías reunir tanta “pasta”… Por eso me olvidé de lo que, realmente, quería decirte… Me indignaste tanto, que no pude reprimir meterte el “repaso” que te metí…

    Julia calló un momento para saborear otro sorbo del zumo de naranja natural que degustaba cuando Juncal se sentó a su mesa

    ―Vamos pues al asunto. Verá Pepe; se trata de un negocio que quiero proponerte. La cosa tiene que ver con mi hijo Manolo. Pepe, te lo voy a decir sin ambages… Desde que se dedica al toro yo no vivo… Me cago de miedo, Pepe; me cago de miedo cada día, cada tarde que él anca por ahí, de plaza en plaza… No quiero que siga… Quiero que se retire, que deje el toro… Que vuelva, de una vez por todas, a casa… Para no volver a salir nunca más… Para nunca más vestirse de torero

    ―Pues eso, diría, es cosa de él… Ahí, creo, ni tú… Y menos yo, tenemos nada que hacer…

    ―Pues eso es lo que quiero que hagas… Convencerle de que se retire… En cierto modo, volverías a la familia, pues no quiero que te separes de él; irás con él cuando salga por ahí a torear… Sé lo que pasó entre vosotros el otro día en Madrid… Me lo dijo él tan pronto saliste de su habitación… Estaba indignado contigo…

    Nueva interrupción para sorber otro poco de naranjada, en tanto Juncal no pestañeaba, escuchándola

    ―Le dije que se equivocaba; que tú estabas muy orgulloso de él… Y sé que es así, Pepe… Que habías ido a verle, para darle un abrazo incluso… Y, ¿sabes?... Creo que, en parte, lo creyó, pues calló un momento y me dijo luego que si yo así lo creía… Le dije que sí

    ―¡Y así fue!

    Juncal, por primera y única vez, la había interrumpido, vivamente, además. Ella le sonrió para seguir hablándole

    ―No lo dudo, Pepe; no lo dudo… Pero eso no es toda la verdad, que para algo más…materialista, seguro, que también irías…

    Y a eso, un tanto incómodo con el comentario de Julia, “Juncal” no dijo nada

    ―No esperes que Manolo te acoja con los brazos abiertos, pero tampoco te echará a patadas cuando te vea… Vamos a ver, ¿cuánto tiempo crees que necesitarás?...

    Julia había hablado como si él ya hubiera asentido a su propuesta, pero es que Juncal pareció aceptar de antemano lo que ella quería

    ―Pues… No lo sé… Pongamos… Un año… ¿Te parece?

    ―De acuerdo… Un año… Hasta Junio del año que viene… Desde hoy vendrás a casa; estarás con Manolo todo lo posible; comerás y cenarás con nosotros… Pero para dormir te volverás al hotel… A este hotel… Por mi cuenta, claro… Yo, en los negocios, no reparo en gastos… Si lo logras; si a Manolo lo sacas del toro… Te vuelvo a conceder mi blanca mano… Pero como sé que eso, seguramente, a ti no te hará tanto tilín, en el paquete irán incluidos también mis millones… Claro, con tiento… Podrás disfrutarlos, pero no disponer de ellos… No quiero que me arruines…

    Aquella noche Juncal cenó en aquella casa que, muchos años antes, también fue suya, en la que vivió con su mujer, Julia, pero que entonces se sentía como gato en casa ajena. Durante la cena, él, Juncal, fue, prácticamente, el único que habló, pues su hijo, Manolito, y su hermano Paco ni abrieron la boca, salvo cuando él les preguntaba algo o se dirigía directamente a ellos, pero respondiendo lo más concisamente posible. Julia habló algo más, pero fueron “puyitas” a su marido, procurando incordiar lo más posible

    Los días fueron pasando, tal y como Julia dispusiera, con Pepe en la casa desde la mañana hasta la hora de dormir, cuando regresaba al hotel hasta la siguiente mañana; pero también fue dándose una mayor confianza entre Manolo y Juncal, y hago bien al no decir “su padre”, pues la relación entre ambos no era de padre e hijo, hijo y padre, sino de torero a torero; del torero joven, muy, muy inexperto todavía, intentando aprender del torero viejo, cúmulo de casi inagotable saber taurino; la relación amistosa y confianzuda del aprendiz y el maestro en un oficio o profesión

    Por entonces se daba la casualidad de que Manolo no tenía compromisos que cumplir fuera de Córdoba, pues aunque por esos días, unas tres semanas más o menos, toreó alguna que otra novillada, dos de ellas fueron en la misma Córdoba, otras dos en plazas de la provincia de menor importancia y otras cuatro o cinco en localidades de las provincias limítrofes, Sevilla, Badajoz, Jaén, a no tantos kilómetros de la capital cordobesa, lo que limitaba los viajes a, máximo y bien pocas veces, tres o cuatro, a un solo día, lo que les permitió departir más que tranquilamente

    Juncal contaba a su hijo su vida de torero, lo que sentía cuando pisaba la arena, cuando estaba ante el toro; de cómo eran los toros de antes, cuando él toreaba, de toreros antiguos…

    La primera salida larga fue a Bayona, en Francia. A Juncal, la novillada no le gustó; dijo que eso no era una novillada, sino una corrida de toros casi cinqueños… Cosas de padre, que siempre los toros parecen más grandes… El miedo a lo que pueda pasar…

    A su primero, Manolo lo recibió doblándose con él, largándole trapo, sujetándole, parándole, para, ya parado el novillo, fijado ya en su capote, estirarse en verónicas casi perfectas, iniciadas hincando la rodilla en tierra al entrar el novillo al engaño de la capa,  rematándolas con la típica media verónica… De una revolera, dejó al animal en suerte, ante el caballo del piquero

    La suerte de varas acabó cuando, tras entrar dos veces el novillo al caballo, manolo pidió cambio de tercio, desmonterándose, lo que el presidente al instante consintió, tocando pues los clarines a banderillas. Manolo reclamó para sí el tercio y tomó el primer par de banderillas y Juncal corrió hasta él

    ―No Manolo; resérvate para el otro toro, el 18; ese te traerá suerte

    ―Al 18 ya le pondré banderillas en su momento

    Respondió el muchacho y, resuelto, se fue al burel; le citó, se dejó ver de él, exhibiéndose, paseándose ante él como un bailarín en escena, gustándose en las poses que ponía, hasta que el novillo, fijo ya enteramente en él se le arrancó como un tren y Manolo le clavó un soberbio par, aguantándolo, “asomándose al balcón”, esto es, aguantando los pitones en el mismísimo pecho, para seguidamente dejar el par en todo lo alto, reunidos los palos uno junto al otro, saliéndose luego del toro gallardamente.

    Tomó el segundo par y, al peón que estaba en turno de brega, le indicó que le cambiara al novillo de sitio, alejándole algo más; seguidamente, tronchó contra las tablas los palitroques de las banderillas, dejándolas cortas y se fue hacia el toro para hincarse de rodillas cuando estuvo donde lo quería recibir. Entonces, uno de sus peones le gritó 

    ―¡De rodillas no, Manolo, que el toro no humilla!...

    Pero Manolo siguió de rodillas y le citó, vociferándole, una, dos, varias veces, hasta que el novillo reparó en él y se le arrancó, de nuevo, como un tren. Cuando el bicho estaba a punto de entrar en su terreno, él se levantó de un salto, dispuesto a clavar otra vez… Pero, como el peón le advirtiera, el novillo le entró sin humillar, con la cabeza muy alta, y le enganchó al mismo tiempo de él clavar. Manolo cayó junto a las tablas y allí el bicho hizo por él, buscándole, lanzándole demoledores derrotes con intenciones asesinas…

    Por fin, peones y compañeros de terna, con Juncal en la arena, corriendo hacia el toro, se lo lograron sacar de encima. El chaval se levantó y al momento su padre ya estaba junto a él, sosteniéndole e intentando llevarle a la enfermería, pues se veía claramente, en la taleguilla, (pantalón del traje de torear) un feo agujero que se teñía, progresivamente, de la sangre que salía por tal agujero…

    Tras la primera cura en la enfermería de la plaza lo trasladaron a un hospital de Bayona donde le intervinieron en serio. La cornada era grande, pero limpia y no revestía peligro serio. Cuando salió de la anestesia y recuperó, casi completa, la consciencia, lo llevaron a la habitación, donde ya esperaba tito Paco, siempre pendiente de él. Juncal quiso entrar a ver a su hijo, pero su hermano Paco se lo quiso impedir: “Manolo está ahora muy débil todavía, y no conviene que se excite hablando… Ya habrá tiempo”, le dijo. Pero Manolo había visto a su padre y exclamó.

    ―Pasa papá; ven aquí…

    Era la primera vez, desde que entrara de nuevo en casa, que le llamaba así, papá, y no Juncal a secas. Y claro, su hermano se hizo a un lado, dejando que se llegara hasta junto al herido, sentándose en una silla que junto a la cama había; dejó el sombrero sobre la mesilla, al tiempo que inquiría

    ―¿Cómo estás?...

    ―Pues… Bien, dentro de lo que cabe…

    ―Es la primera, ¿verdad?

    Manolo asintió con la cabeza…

    ―¡Tenía que ser ese malaje “der” “trinticuatro!”…

    ―Ese o cualquier otro, papá… ¡Qué más da!... Se me escapaba con ná… Pero tenía que aguantar, estarme quieto… Fue mi culpa, verdad Papá?

    ―La culpa es siempre de los toreros…. Los toros siempre salen der “shiquero” pa eso,  pa dar cornás… Es lo que deben hacer, su obligación… Y la cumplen a “rahatabla” (sonido de “H” aspirada) tan pronto er torero s’enquivoca, se destapa, como tú t’enquidocarte ar quré poné ese par de cortas de rodillas…De pie, no hubiera paso na…. Pero hisitte lo que no debía…. Como yo, aquella tarde, en Sevilla, con Fermín Murillo  y “Piquirrí”… Uno, un torero serio, muy serio, que no se reía ni  la de tres, pero de un pundonor que tiraba de espaldas, el otro, nuevo, alternativa reciente que ca tarde salía a “por toas”… Como un novillero que empiesa con too por ganá...y por perdé, na más que la vida… A mí me fue mal con el primero, un “pregonao” de aquí te espero, los de los otros dos, no fueron mejores… Hermanicos de padre y madre… Pero se fajaron con ellos y cada uno logró su oreja… Salió el cuarto y yo me fui a por él a comérmelo crudo, si necesario fuera… Exponiendo lo indecible, lo que el morlaco no se merecía, como ese 34 de esta tarde, fui metiéndolo en la muleta; obligándole a embestir aunque no quisiera… Decidido al todo por el todo, a cortarle las dos orejas fuera como fuese, me separé de él, dándole sitio y trapo, citándole una y otra vez… Pero el bicho reculando también una vez y otra y otra… Sin querer pelea, amenazando con irse abanto a la primera… Yo empecé a cruzarme al pirón contrario, para que se confiara, creyéndome a su merced, pero el bicho, tan “pregonao” o más que el primero, reculaba y reculaba sin tregua y yo, sin tregua también, me arrimaba más y más, cruzándome, sin pausa, al pitón contrario, al derecho… Murillo me gritó: "¡Maestro, que por ahí el toro no pasa!"... Mas yo, más gallo que el de Morón, de descaré con él: "¡Compare; que yo también tengo  pelitos en  los cojones!"...  A lo que Murillo sólo respondió: "Usté perdone, maestro"... El toro tenía que pasar; tenía que pasar porque así lo quería yo… José Álvarez, “Juncal”…. El mejor… El nuevo califa cordobés, tras Manolete… Tenía que pasar y pasaría, para darme a mí las orejas y volverme a hacer el triunfador de la tarde… Y si el tren, para poder pasar, tenía que “descarrilar”, descarrilaría... Pero, como decía Murillo, el toro no pasó; no pudo, porque ahí estaba yo tapándole la salida… Luego, a veces, cuando andaba bastante más que entonado en alcohol, solía cantar un remedo de esos cantes por “carceleras”: “Mejor quisiera estar muerto que cojo pa toa mi via”….

    Por finales, y cuando Manolo ya empezaba a estar más en el Reino de Morfeo que en el de las Moiras, “Juncal” siguió hablando a su hijo, ya medio dormido, pero como si pudiera oírle

    ―Y cuando, por fin, reaparezcas, curado enteramente de este tu primer percance, deberás echar la “pata” p’alante… Y no creas que te va a resultar fácil… Ni hablar… Ella, la pierna, recordará la corná y no querrá volver a exponerse… Ni siquiera tu cuerpo… Todo tú, se negará a volverse a vestir de torero…. Las pasarás canutas, con todo tú negándose a seguir… Tendrás que obligarles… Obligarte… Su quieres seguir siendo torero… Y esa primera tarde que de nuevo te vistas de torero, ponte el mismo traje de la cogida… Y repite se mismo par de banderillas, en los mismos terrenos…. Y, si te fuera posible, de rodillas otra vez y con los palos tronchados…

    Paco interrumpió a su hermano

    ―No le hables así, José; déjale que descanse… No le puebles el sueño de pesadillas…. Déjale que descanse tranquilo… Es lo que más necesita ahora

    ―Si ni se debe de enterar: está dormido… Claro que, a veces, se dice que el subconsciente sí escucha lo que se le dice, y lo transmite al consciente, aunque éste está inconsciente…

    Entonces, como llegada del más allá. Se oyó la voz de Manolo

    ―Te escucho papá: te estoy escuchando todo, todo el tiempo… Lo haré papá… Daré el paso adelante, quiera o no quiera la pata… Reapareceré, a ser posible, aquí, en Bayona… Con el mismo traje que llevaba… Y al primero lo citaré a banderillas, de rodillas… Y con las banderillas tronchadas por la mitad… Seré torero, papá; seré torero… Ahora que, por fin, llevo dentro de mí una corná, ahora es cuando estoy absolutamente seguro de que seré torero… Y buen torero, además… Y otra cosa querría pedirte, si a mal no lo tienes: Anunciarme como Manuel Álvarez, “Juncal”… Así; sin numerales… Seré la natural continuación de tu carrera, papá… Una carrera que no está muerta ni cortada, porque tú, a Dios gracias, estás vivo y yo la continuaré con el mismo vigor, el mismo valor y saber que tú la llevaste… Con la ayuda de Dios…y tu ayuda, papá, que espero estés siempre, siempre a mi lado, con tus consejos…

    Sonó el teléfono y lo tomó Paco. Era Julia, queriendo saber cómo estaba su hijo, y su cuñado trató de tranquilizarla

    ―Que sí mujer, que está bien, no te preocupes... Una corná grande, sí, pero limpia… Lo del quirófano, a pedir de boca… Sí; durmiendo ahora está… Te he dicho que no te preocupes; que sí; que de verdad; palabra… Está fuera de peligro…. (Dejó el teléfono, diciendo a Pepe) Es Julia; quiere que te pongas

    Pero Juncal no podía tomar el teléfono con sus manos, dado que las tenía atrapadas entre las de de su hijo, por lo que fue su hermano quien le acercó el auricular al oído y el transceptor a la boca, para que pudiera hablar. Julia fue más que directa, directísima, a lo que más le interesaba

    ―Pero…. ¿Le has dicho algo de lo que te dije?

    ―Le he dicho… Lo que tenía que decirle…

    Juncal no tuvo valor para despedirse de Julia; para decirle que desistía de su generosa oferta; que no trataría, ni en sueños, de retirar a Manolo de los ruedos, por lo que tuvo que ser Mahoma quién fuera a la montaña, en vez de ir el monte a Mahoma… Llamó a la puerta del cuarto y fue el mismo Juncal quien le abrió: sobre la cama, una maleta a medio hacer. Ella preguntó

    ―¿Puedo entrar?

    Juncal quiso evadirse

    ―He pedido un taxi…

    Pero ella, sin hacerle caso, se metió dentro de la habitación, mientras decía

    ―Señor Juncal; en cierta ocasión le dije a usted: No huya usted, que eso no es cosa de buen torero…

    Y se metió hasta dentro de la habitación

    ―¿Me invitas a una copa?

    ―¿Bajamos al bar?

    ―No; mejor aquí…

    Juncal cerró la puerta de la habitación y se fie al mueble bar de la habitación. Abrió la puerta y ella puntualizó

    ―De lo fuerte, por favor…. Y sin hielo…

    Juncal sacó dos botellines del mejor whisky que podía pedirse en España y escanció dos vasos muy a propósito para tal bebida, boca ancha y corto; por fin, alargó uno a Julia y el otro se lo reservó para sí

    ―¿Adónde vas?

    ―No lo sé… Donde… Donde los pies me lleven

    ―A Sevilla… Con Teresa, ¿verdad?... Seguro que te perdonará…. Todas lo hacen… Antes o después… Hasta yo te perdoné, ni se sabe las veces…. Y   ¿Por qué te vas?...

    ―Porque te prometí quitarle del toro y no lo he hecho…. Ni lo voy a hacer… Manolo tiene madera de torero… Y de torero grande…. Y no seré yo quien le quite de ese camino….

    ―¡Señor Juncal!... Es usted una de las personas más honradas y más decentes que he conocido yo en mi vida…

    ―Julia, por favor; que me estoy portando como un caballero…

    ―Ya lo sé; y te lo estoy diciendo enteramente en serio….

    ―¡Por favor, Julia; no te cachondees de mí!... Por favor te lo ruego…

    ―Y no me cachondeo… Te lo digo, por completo en serio… Con el corazón en la mano… ¿¿Sabes? Pienso que, hasta cuando me dejaste, fue en un acto de honradez… De sinceridad…. Tú… Tú no eres hombre de una mujer sola… Y, para no seguir engañándome, como me engañabas cada lunes y cada martes, pues cortaste por lo sano… Y te marchaste…. Muerto el perro se acabó la rabia…. Y marido desaparecido, se acabaron las infidelidades….

    ―No digas tonterías Julia…. Fui un ruin… Un gran cochino…

    ―¿Queda más? (preguntó ella, alargando su vaso, y Juncal, volviéndose de nuevo al mueble-bar, llenó otras dos copas) ¿A qué mujer has querío más de todas las que has tenido?

    ―A mi madre…

    ―Madres no valen….

    ―Pues… Entonces…. A nadie, creo….

    ―¿A nadie…a nadie?

    ―Bueno…. A…. A alguien… Perdona que no te lo diga… Ya sabes… Soy un caballero…

    ―Ya; ¿sabes Juncal? Yo venía a pedirte otro favor… Pero este sin premio…aunque, creo, que en sí llevará su premio, que te gustará incluso más que el dinero: Quiero que sigas junto a Manolo, que le aconsejes…que le lleves de la mano y le hagas torero; pero torero de verdad… Podrás vivir en casa, a rodo ruedo, uno más de la familia… Pero, como comprenderás, en habitaciones separadas, tú en la tuya…yo en la mía. Y si alguna vez te equivocas… Por estas que te capo…

    Hizo una cruz con los dedos, y la besó… Y a Juncal no le cupo duda de que hablaba más que en serio. Por finales Julia abrió la puerta y se dispuso a salir de la habitación

    ―Fin de la entrevista, Juncal

    Juncal, efectivamente, regresó a casa para ya no salir de ella. Le recibieron bien, en especial tía Sole, que a poco no le aplasta una costilla de tanto abrazarle… Y sus hijos, Manolo e Isabelita, que entonces sí que estuvo a cenar cada día, sabedora ya que su padre no sólo no intentaría ya quitar a su hermano del toro, sino que sería, de verdad, su mentor; quien le aconsejaría y  le llevaría desde dentro del callejón, pendiente siempre de él, de lo que hacía y lo que debía de hacer, alegres le acompañaban a la mesa y siempre que podían estaban con él

    La chica había tenido palabras muy fuertes con su padre, cuando éste estaba comprometido con su madre para influir en el chico para apartarle de los toros Resultaba que esa era la vocación secreta de la muchacha, haber sudo torero “Pero nací niña; me vistieron de rosita y no he podido serlo”, dijo la muchacha a su padre Resultaba así, que cuando podía, en fiestas camperas y demás, gustaba bajar al ruedo de la placita y se liaba con alguna que otra vaquilla a capotazos y muletazos. Hasta le dijo que, cuando su nombre era en casa impronunciable, ella, en la soledad y oscuridad de su habitación, sintonizaba la radio y escuchaba las retransmisiones de las corridas en las que él toreaba. Que así, en silencio, en la sombra, le había estado siguiendo. Y Julia, hasta casi parecía amable, olvidada de puyas y otras zarandajas de no tanto antes. Sólo Paco, su hermano seguía serio, casi desagradable con él

    Manolo tardó casi dos meses en ser dado de alta, pero de volver al ruedo, según su padre, nanay de las Chimbambas, que primero había que estar en forma. Y, desde luego, en forma lo puso. Juncal decía a su hijo que, para salir al ruedo, el torero debe estar entrenado casi como un atleta para pasar una prueba olímpica, con lo que le hizo pasar otros dos meses más que para él, Manolo, se quedaron. Como siempre, su hermano Paco le decía que, a su juicio, se pasaba de borde con el crío, a lo que Juncal decía que ante el toro se lo agradecería

    Y llegó la tarde de la reaparición de Manolo; no fue en Bayona, como él le recomendara, sino en Savilla, en una corrida, que no novillada, de la Feria de San Miguel, ya en Septiembre, fecha que de antes tenía ya firmada y apalabrada como la tarde de su alternativa, con ganado de Alcurrucén. Tampoco vistió aquél traje lila y oro que llevara en Bayona, sino que lució el típico terno de alternativa y confirmación, blanco y oro, el famoso “de Primera Comunión”, como en sorna se le dice a este traje, sólo que con cabos negros.   

    Antes de elegir el traje, estuvieron viendo los toros. El ganadero les enseñó una acorrida cuajada, con cara y putones, con cuajo de verdaderos toros, pero Paco opinó que para esa tarde de tanto compromiso, la alternativa y en Sevilla, casi mejor una corridita con menos kilos. Y, sobre todo, menos astas y cuajo, pero a Juncal aquella corrida le pareció bien, en especial por eso, por lo seria que era, por los pitones tan serios que presentaba Le preguntó a Manolito que qué le parecía, y él respondió que a él le parecía bien

    Luego, en el sastre y en un aparte, Juncal preguntó a su hermano que qué le pasaba, pues le veía varios días especialmente mal con él, y Paco se lo soltó todo a la cara: Que si es que quería que a Manolo lo partiera en dos un toro, que vaya corrida había ido a elegir.

    ―La que Manolo quiso

    ―No; la que tú quisiste…

    Él quiso hablarle de lo que Joselito y no se sabe cuántos más toreaban en otros tiempos; lo que él mismo toreó en tiempos, y Paco le respondió que eso era lo malo, que él, Juncal, a través de Manolo quería volver a torear. Pero que los tiempos habían cambiado ya; que lo de ayer, hoy no se hacía, no se llevaba

    ―Labrarás la muerte, o la invalidez de él, como tú mismo te labraste el estar ahora tullido. ¡Maldita la hora que volviste Pepe; maldita la hora que volviste a casa!...

    Y llegó la tarde la corrida. Juncal, como a sí mismo se prometiera, estrenó un traje impolutamente blanco, con sombrero, también nuevo, del mismo color, para que le hiciera juego al terno. Y en coche de caballos, descubierto, se fue a la plaza. Manolo, serio muy serio tras hacer el paseíllo. Salió el primero, el de la alternativa, y lo recibió de capa, estirándose por verónicas sobre ambas manos; tocaron a picar y los piqueros salieron al redondel, caballeros en sus monturas acorazadas. Como en Bayona, tras un par de capotazos a la verónica, lo dejó en suerte ante el del castoreño de una media y una casi revolera; el toro tomó la vara al relance, sin emplearse sobre la montura; segunda vara, más o menos un picotazo, y a cambiar el tercio por petición del ”toricantano” (remedo de “Misacantano”, sacerdote que dice su primera misa tras ser ordenado, que en argot taurino se refiere al torero que ha de tomar esa tarde la alternativa; o que acaba de tomarla)

    Manolo toma banderillas, suerte notable en él, y se dispone a clavar… Un par, dos pares… Y al avío, que el toro no parece dar más de sí. Ceremonia de la alternativa a continuación, recibiendo “trastos” de manos de Dámaso González, el padrino de la alternativa y espada que abría cartel, como matador más antiguo, cediéndole, como es de rigor, la muerte del primer toro. Testigo, y segundo espada, José María Manzanares

    Se cambian los trastos, cediendo Dámaso (Damaso, sin acentuar y a secas, sin el apellido a continuación, como le llamaban sus paisanos de Albacete) muleta y estoque a Manolo y recibiendo, a cambio, el capote que el neófito tercer espada portaba en ese momento. Abrazos entre padrino y nuevo matador de toros, también del testigo para con el nuevo compañero en el escalafón de matadores de toros, que no de novillos; y claro, los correspondientes abrazos, parabienes y buenos deseos para la carrera de “Matador de Toros” que entonces Manolo iniciaba, de su padrino y testigo de Alternativa, a los que él respondía efusivamente

    Seguidamente Manolo, investido ya doctor en Tauromaquia, se fue a la presidencia, pidiendo permiso para iniciar la faene de muleta y, recibida la anuencia mediante el pañuelo blanco que sacó el presidente, con paso firme se dirigió al burladero interior, por dentro del callejón, como debe de ser, pues ese angosto pasillo debe estar siempre libre de curiosos, de gentes ajenas a la lidia de los toros, pues que resulte enteramente transitable, sin tapones de curiosos que impidan el rápido traslado a la enfermería puede, a veces, marcar la delgada línea divisoria entre la vida y la muerte de un torero herido gravemente

    Manolo hizo señas a su padre para que éste se le acercara, y Juncal, saliendo de su reglamentario sitio en el callejón, de fue a tablas, cara a cara con Manolo

    ―Juncal; te brindo la muerte de este mi primer toro como al torero que eres, no como a mi padre… ¡Ojalá me parezca a ti!… ¡Ojalá, tenga tu casta, tu temple…tu valor sereno!...

    ―Como torero, hijo, cumple siempre con tu obligación. Saca a relucir, cada tarde, tu casta, tu vergüenza torera. ¡Te cueste lo que te cueste! Lucha sin descanso por ser el primero, porque nadie, me oyes, nadie te “moje la oreja”. Y, ojo con él, que se vence por el pitón izquierdo…

    Un fuerte abrazo entre padre e hijo y Manolo, armando la muleta, se fue al toro, entre la ovación de lujo del “respetable” (el público) y las lágrimas que, tímidas, rodaban por la más que curtida cara de Juncal, al tiempo que sobre su pecho hacía la señal de la cruz.

    Manolo recibió al toro pegado a tablas, por estatuarios, sin enmendar la figura, dos, tres, cuatro, cinco pases seguidos, manteniendo la figura, los pies firmemente asentados sobre la arena, para rematar la serie con un trincherazo o pase “de la firma”, en el que obligó al animal a besar la arena con el hocico, lamiéndola caso con la lengua…

    Se lo llevó a los medios y empezó una serie de derechazos en redondo que, al segundo, empezaron a poner la plaza en pie, haciendo que la música sonara en su honor, El peón de confianza, desde un burladero, le animaba: “¡Dale fiesta, Manolo; dale fiesta!... Y Manolo se la daba. Juncal no podía abrir los ojos, escondida la cara tras el sombrero, que él, como torero orgulloso de su hijo, le recomendaba que “echara la pata p’alante”, pasara lo que pasase, pero, como padre, le espantaba verle, y así le pedía a su hermano le narrara lo que en el ruedo pasaba

    ―¿Que qué hace Manolo? Pues torear como los ángeles, si los ángeles torearan… Maestro, que ese torero es “mu grande”…

    Y el locutor de la “tele”, pues la corrida la transmitía la “Uno” de RTVE, diciendo por el micro

    ―El neófito está entendiendo al toro perfectamente, dándole la lidia justa, los pases justos. Con gusto y hondura, con guapeza. Y eso que el toro no es bueno; echa, descaradamente, la cara arriba…pero el chaval lo lleva enteramente dominado, haciendo de él un marmolillo…

    Por fin, Manolo montó la espada; se perfiló, gustándose en la pose final y, echando la muleta por delante, bajo el hocico del toro, se fue tras el estoque que clavó hasta las guardas en todo lo alto, en todo lo alto del morrillo. Juncal, al momento, se levantó de un salto, más que lleno de júbilo y orgullo. Con el sombrero cubriéndole la cabeza, la mortera de su hijo en la mano derecha y gritando a todo gritar

    ―¡Viva la “mare” que te parió!...

    Luego, vuelto hacia el público, siguió clamando…

    ―¡Eso sí que es un torero; un torero de verdad! ¡Serio, largo, mandón! ¡Como tiene que ser un torero, vamos!...

    Apenas un par de mantazos por la cara de los peones, buscando que el bicho doblara, y Manolo, pletórico, dominador, les hizo retirarse, quedándose él solo ante el agonizante animal: hincó la rodilla en tierra ante el moribundo, abanicándole los hocicos con el vuelo de la muleta y en menos que se tarda en decirlo el burel rodó patas arriba. Ni siquiera hubiera hecho falta apuntillarle, pues cuando el puntillero le dio el “golpe de gracia”, en el cornúpeta ya no había vida alguna… Y Manolo paseó una oreja al dar la vuelta al ruedo… La tarde parecía ser de lujo para el “toricantano” Manolito

    Salió por los chiqueros el sexto toro, último de la tarde y segundo de Manolo. Lo hizo descompuesto, echando las patas por delante, huyendo de los capotes como alma que lleva el diablo, pero que no se le ocurriera al “coletudo”(4) de turno dudarle ni un momento, pues al instante el bicho “apretaba” que daba miedo, buscando hacer carne, sobre todo, por el pitón izquierdo. Y lo del pitón izquierdo, también podía darse sin que el torero le dudara, pues cuando menos el diestro se lo esperaba, el bicho se le vencía, se le “colaba” por tal pitón, desentendiéndose del capote y buscando, descaradamente, el bulto.

    Manolo salió a recibirle de capa sin excesivo entusiasmo, y su padre le voceó

    ―¡Vamos a verlo, Manolo; vamos a verlo!

    Entonces se le acercó uno de los peones de Manolo, el que no era fijo(5), preguntándole

    ―¿Le salieron a usté, maestro, muchos toros como ese?

    ―Sí; muchos, muchos… Demasiados…

    El toro empezó a embestir a Manolo en oleadas, apretando de lo lindo, colándosele por la izquierda que era una vida mía, hasta que le desarmó, le arrancó el capote de las manos de una tremenda tarascada, y Manolo entonces se acordó de lo de “Pies, para qué os quiero”, de modo que salió, vergonzosamente, de estampida hacia las tablas y Juncal le salió al encuentro

    ―Tranquilo Manolo… Tú recupera el capote…

    Manolo quiso excusarse con las dificultades que el animal presentaba, pero su padre le cortó antes de que el muchacho pudiera decir nada

    ―Tranquilo, Manolo; tranquilo; ya verás cómo cambia en varas y se hace más manejable. Te lo digo yo, que he toreao y matao muchos, muchos igualitos que éste…

    Por la “tele”, por la radio, la voz del locutor echaba sapos y culebras por su boca: “Esto es un desastre, señores; aquí no manda nadie, excepto el toro, que campa por sus respetos, dueño y señor del ruedo. Dámaso, con su buen hacer, trata de poner un poco de orden en este maremágnum en que el novicio ha convertido la lidia de este sexto toro Y, cómo no, la suerte de varas ha sido el mismo tremendo desconcierto que la ludia está siendo, dada la dejadez de su obligación de Manolo Álvarez. Diría que hasta aquí llegó la carrera de este chico. Una lástima que le falle así el corazón, pues todo es eso, miedo, canguelo ante el astado, lo que aqueja a este chaval, que tan buenas maneras apuntó en su primero, el de su alternativa”

    Manolo tomó la muleta y el estoque, sin osar poner banderillas, y enfrentó al “regalito”. Pases cortos, casi, casi que por la cara; sin fe, sin confianza, “trapazos” por la cara. Manolo quería, pero no podía… No podía echar la pata “p’alante”, porque la pierna no quería… Él quería adelantarla, pero la pierna reculaba sin remedio, su cuerpo entero rehuía el encuentro con el burel, más aterrorizado que otra cosa… Era el recuerdo de la cornada padecida, que en esas astas la veía reproducirse, seguro de que le volverían a enganchar esos tan amenazantes pitones… Notaba, bien a las claras, las ansias asesinas de ese toro

    Sufrió un desarme cuando el pitón le arrebató estoque y muleta, lanzándolos al suelo; el toro se enceló en el engaño, desentendido de él por un instante, que Manolo aprovechó para echar a correr, despavorido, hacia la barrera. Su tío Paco, su mozo de espadas, le ofreció una nueva muleta y un nuevo estoque, diciéndole

    ―¡Vamos torero; pártele los riñones a punta de muleta!

    ―No tito… No lo mato… A este toro ni lo toreo ni lo mato ¡No ves que está “toreao”, tito! ¡No entra, sólo busca! ¡No; no lo toreo! ¡No lo mato!

    Y salió hacia el tercio, diciendo que no con el dedo, clamando que el toro estaba toreado Y la bronca que formó el público fue de órdago a la grande, empezando a cuajarse el ruedo de almohadillas que, furioso, el “respetable” lanzaba a la arena, con la “buena” intención, no pocos de ellos, de acertarle en plena cabeza… Juncal, deshecho, se llegó junto a su hijo

    ―Manolo hijo; ha llegado el momento de demostrar lo que llevas dentro Que eres un torero ¡Y un hombre!...

    Y, para redondear la cosa, apareció junto a ellos el reportero de la “tele” y la radio, metiendo el dedo en la llaga. Juncal le apartó, más de malas formas que otra cosa, a lo que el periodista respondió

    ―Oiga, que yo solo cumplo con mi obligación. Con mi deber y cometido…

    ―Pero, por favor… Tenga un poco de lo que hay que tener. El chico está pasando un momento muy, muy difícil…

    El reportero se apartó de ellos, pero soltando su boca, y a través del micro, lo que no está en los escritos, y Juncal volvió a la carga con Manolo

    ―Te estás jugando la próxima temporá... Y mucho más: El poder ser, o no, torero. Si quieres ser torero, sal y juégatela

    ―Como usted, ¿verdad?

    ―Sí; como yo hacía con veinte años más que tú ahora y catorce cornadas en mi cuerpo, dos de ellas aquí, en Sevilla. Vuelve al toro Manolo… Hazlo por mí, por lo que tú más quieras… Sé que eres torero Manolo, que no puedes, no podrás ser nunca otra cosa…

    ―¡Calle la boca!

    ―No me callo… ¿Por qué te asustas?... ¿Por la corná?

    ―¡Yo no me asusto!... Ese toro está toreao… No se le pué toreá…

    ―¡Y una mierda pa ti! Lo que pasa es que tiés miedo… Que no tiés cojones pa enfrentarte a él… Prefiero verte muerto a rajao

    ―Pues no me va a ver usté ni muerto ni rajao… ¡Largo de aquí!... ¡Puerta!... Ya no tié usté trabajo en esta casa…

    Juncal se había separado de su hijo, rumiando su malestar… Estaba pasando el peor momento de su vida… Sonó el tercer aviso, la bronca arreciaba por segundos y el presidente sacó el pañuelo que devolvería al burel a los corrales para allí ser apuntillado. El tito Paco, con una muleta y un estoque en sus manos, estaba entonces tratando de convencer a su sobrino a que regresara al ruedo, cuando se les acercó Juncal

    ―Dame la muleta y el estoque… Esto lo arreglo yo ahora mismo…

    Tomó los trastos y, a través de la tronera que comunica los burladeros con el callejón, por el más próximo a donde se encontraban, salió a la arena, desplegando la muleta con la mano izquierda y con el estoque en la derecha. Manolo intentó correr detrás de él, para detenerle, pero fue él el detenido por su tío

    ―¡Déjale!

    ―Pero… Pero… ¡El toro le va a hacer trizas, tito!... ¡Juncal es un tullido, un inválido!...

    ―Sí Manolo; sí… Lo más seguro que no salga con bien de esto… Pero es lo que quiere… Si ahora le quitaras del toro, no te lo perdonaría nunca. Está reivindicando su nombre, “JUNCAL”, que tú acabas de arrastrarlo por tierra. Simplemente, va a recogerlo…y que pase lo que Dios quiera…

    Cuando Juncal apareció en la arena, brotando del lateral del burladero, el locutor de televisión y radio, soltó al viento su mala sangre

    ―¡Es increíble!... Acaba de saltar al ruedo un espontáneo singular: El propio padre de la criatura, José Álvarez “Juncal”, un viejo torero, fracasado, que nunca interesó a nadie ¡Esto es el colmo, señores! ¡Toda una corrida de toros, en la Maestranza de Sevilla, que los Álvarez “Juncal” están convirtiendo en una charlotada, en una corrida bufa, de enanos y “charlots” de feria de pueblo…

    Y Juncal, ya en la arena, armó la muleta con el estoque y, decidido, se fue al toro. De pie, abrió el compás de las piernas bien abierto, bajando hacia el suelo al citar y recibir al astado, haciéndole arrastras el morro por la arena, barriéndola, tragándosela casi, al tiempo que le obligaba a doblarse sobre sí mismo hasta casi, casi, juntar pitones y rabo Le estaba lidiando, ahormándole con aquellos muletazos por bajo, mandones, que rompían al animal en cada uno de esos pases, poco menos que como una vara o puyazo.

    Tras cinco de tales muletazos por bajo, Juncal se vació al toro con un pase de pecho de los de verdad, de esos que barren el lomo del animal de pitón a rabo, con lo que lo alejó de sí mismo sin él necesitar moverse para nada Era el dominio, el mando absoluto del torero, de la inteligencia del hombre, sobre la fuerza bruta del animal…

    Así él disfrutó de un respiro pero también dejó al toro respirar, permitiéndole reponerse un tanto de la tremenda paliza que acababa de recibir. Lugo, tomando la muleta con la mano izquierda, el estoque en la derecha, compuso la figura, que pareció agigantarse en aquél traje impolutamente blanco, con el sombrero ladeado chulescamente en la cabeza. Retrasó la muleta, casi escondiéndola tras su cuerpo, y dando el pecho al toro le citó a grandes gritos

    ―¡Hey toro!... ¡Hey toro!...

    Y el toro se arrancó, como un tren, codicioso, ansiando herir, hacer carne en aquél objeto, aquél cuerpo que, instintivamente, le causaba pavor… Aquél cuerpo, aquella cosa que intuía, sabía, representaba para él la muerte… No huyó, porque su sangre brava, esos genes que el toro de lidia ha heredado de aquél otro bóvido prehistórico, el terrorífico uro(6) Y Juncal le empezó a torear por naturales…

    Manolo no despegaba los ojos, como hipnotizado, de la figura que su padre y el toro conformaban, y su tito Paco lo mismo, sólo que éste le contemplaba con una nada escondida sino abierta sonrisa  iluminándole el rostro El famoso locutor tuvo que enmudecer y, prácticamente, tragarse sus palabras, pues la plaza, puesta en pie, aplaudiendo a rabiar el “respetable”, la suma autoridad en cualquier coso taurino, lanzando a los cuatro vientos el estribillo “Torero, torero, torero”, estaba como loca con lo que veía, esa lección magistral que José Álvarez, “Juncal”, estaba dando de lo que es lidiar y torear a un toro de los difíciles, de los llamados “pregonaos” por su nula bravura, su más que escasa casta brava expresada en ese no entregarse, permaneciendo siempre probón, sin arrancarse noble y abiertamente, sino que siempre esperando, acechando la oportunidad favorable, un descuido del torero, para entonces apretar de lo lindo.

    Pero como lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible, aquella lección magistral tuvo que acabarse. Si Juncal había logrado aquellos doblones por bajo y, luego, esa serie de seis o siete naturales, fue a base de fuerza de voluntad llevada al máximo, de increíble pundonor de torero de casta, obligando hasta lo imposible a su maltrecha pierna a resistir, aguantar, lo irresistible, lo inaguantable, se mirara como se mirase el asunto…

    Y claro, la fuerza de la Naturaleza se impuso cuando esa pierna, absoluta, totalmente agotada, no pudo seguir aguantando; no pudo seguir sosteniéndole, perdida, por finales, toda su fuerza, quedando cual pierna de pelele de trapo. La pierna, pues, no le sostuvo y Juncal trastabillando para intentar mantenerse en pie, cayó rodando por tierra. Manolo fue el primero en salir despendolado hacia donde su padre cayera, con su tito Paco pisándole los talones, y tras ellos toda la torería que andaba por el callejón, más no pocos monosabios y areneros

    Pero en circunstancias así, los segundos se hacen eternos. El toro arrastró por la arena varios metros el cuerpo de Juncal, empujándole con los pitones, hasta lograr hacerle carne en una pierna, la maltrecha, precisamente. Empitonado, lo alzó en el aire, pasándoselo de pirón, volviendo así a herirlo con otra tremenda cornada, ésta en el vientre. El animal mantuvo tal vez un minuto, tal vez algún segundo más, tal vez algún segundo menos, el cuerpo de Juncal en el aire, colgado del pitón, zarandeando de un lado para otro el cuerpo del veterano torero que parecía exangüe, sin vida, hasta que por sí mismo, en una tarascada hacia el suelo, haciendo de nuevo por la muleta, lo soltó.

    Quiso, al instante, volver a hacer por el cuerpo, el guiñapo humano allí caído, encogido, a su merced, pero en tal momento ya estaba allí el capote de Manolo, interponiéndose entre el caído y los pitones del astado; este dudó un segundo, entre ese nuevo cuerpo, para él simplemente oscuro,(los toros son daltónicos, no distinguen los colores, viéndolo todo en blanco y negro; eso sí, con matices más o menos claros, menos o más oscuros), pero encelado como estaba en el cuerpo caído ante él, acabó por despreciar el capote de Manolo, volviendo a cargar sobre el exánime Juncal; aunque ahora, por suerte, con poca eficiencia, pues lo único que logró fue vapulearle otro poco, empujándole, arrastrándole unos metros más por la arena hasta que Manolo logró meterlo en el capote y, a punta de éste, llevárselo lejos de donde su padre yacía desmadejado

    Al instante, las asistencias, su hermano Paco en primer lugar, pero también tanto Dámaso como Manzanares, amén de banderilleros de esas dos cuadrillas, monosabios y areneros, cargaron con el herido y, a toda prisa, corriendo más que deprisa, lo llevaron a la enfermería de la plaza. Manolo quedó en el ruedo, pues la obligación es eso, la obligación, y el toro era suyo y debía permanecer en el ruedo  en tanto el burel se mantuviera en pie sobre la arena. Enrabietado, tremendamente furioso, se deshizo del capote y recogió del suelo la muleta y el estoque que su padre perdiera al caer; se fue al astado y con rabia sorda le espetó

    ―¡Cabrón; hijo de mala vaca y setenta padres!(7)… ¡Atrévete conmigo…si es que puedes!

    Y Manolo, perdido por completo el acobardamiento que antes le dominara, encorajinado hasta lo indecible, le sacó a ese toro la que, seguramente, sería la faena cumbre de su vida; las anteriores lanzas se trocaron en mansas cañas y quienes momentos antes se acordaban hasta de sus más ancestrales antepasados, ahora se le rendían, incondicionalmente, aplaudiéndole a rabiar para luego, cuando Manolo despenó al burel de todo un señor estoconazo que puso al astado patas arriba y sin puntilla, exigir ruidosamente las dos orejas y el rabo del animal, trofeos que Manolo no llegó ni a coger, pero que ahí quedaron, legalmente concedidos, para figurar en su palmarés de matador de toros.

    Y es que, nada más doblar el burel, libre ya de obligaciones que le ataran al ruedo, se  desentendió de todo cuanto no fuera correr a la enfermería a recabar noticias de su padre, temiéndose lo peor. Cuando por fin llegó allí, Juncal estaba todavía en el quirófano, siendo intervenido por el equipo de la plaza, uno de los mejores equipos de cirugía especializada en heridas por asta de toro, como son los equipos de las más importantes plazas de toros. Vamos, que poco se sabía, salvo que llevaba dos muy, pero que muy graves cornadas en el cuerpo, especialmente la del vientre que, desde un principio, la experiencia en ver cornadas de los profesionales del toro, ponía de manifiesto que era de esas que, generalmente, resultan mortales de necesidad… Vamos, que acaban con la vida del torero

    A la hora más o menos de entrar Manolo en la enfermería de la plaza, llegaron su madre y su hermana mayor, Isabel, que salieron de Córdoba nada más lanzar la tele y la radio la noticia de la cogida de Juncal, escuchada por Isabel en directo, pues, desde su despacho en la empresa vitivinícola de la que era alta directiva, seguía la corrida en directo a través de la radio. Las dos estaban tensas, destrozadas por dentro, pero aparentando una tranquilidad y seguridad que, sin duda, por dentro carecían, pero así eran las dos, mujeres de recia personalidad, más que acostumbradas a ocultar sus verdaderos sentimientos en cualquier circunstancia, por dura que ésta fuera.

    Pasó casi otra hora más, dos y pico desde que Juncal entrara en el quirófano, hasta que el cirujano-jefe de la Maestranza salió por fin a dar noticias a la familia sobre el estado del herido. Y, desde luego, buenas no eran. Efectivamente, el veterano diestro, sufría dos cornadas, una en la pierna ya de antes maltrecha y la otra en la zona gastrointestinal. En principio, las dos eran más que graves, pues el doctor, en primera exploración, pensó que sería necesario amputar la pierna, pero luego, al operarla, vio que tal vez podría salvarla; y la salvó, por lo que para entonces esa herida ya no revestía gravedad alguna.

    Pero lo del vientre era muy distinto. Para empezar, el toro le había destrozado el bazo, que era necesario extirpar, e interesado el páncreas, si bien no tan seriamente; pero es que, además, todo eso había provocado una gran hemorragia interna, por la que se le habían ido ríos de sangre. En fin, que la familia podría pasar a verle un momento, pero sólo eso, un momento, pues trasladarle cuanto antes al hospital, para ser otra vez operado, tratando de subsanar lo del vientre, era de vital importancia

    Juncal estaba todavía inconsciente, a causa de la anestesia, pero también por la absoluta falta de fuerzas, y allí fueron las escenas desgarradoras. De inmediato, lo mismo Manolo que Isabel, los hijos del herido, se le echaron encima, abrazándole mientras lloraban a lágrima viva. Julia las estaba pasando de a metro, queriendo hacer lo que no podía, mantenerse serena; aparentar una tranquilidad que en absoluto tenía; y, por finales, estalló. Rompió a llorar con tremendo desconsuelo. Su hija se volvió hacia ella; se separó de su padre para ir a abrazar a su madre, que se refugió en su pecho. Empezó a darle cariñosos golpecitos en la espalda, mientras le decía 

    ―No llores mamá; ya verás como papá saldrá de esta… (bajó la voz, hablándole casi al oído) Y volverá contigo ¿No te has fijado que, desde que ha vuelto, no ha estado con mujer alguna? Lo sé mamá; cuando se iba al hotel a dormir, yo me enteraba de lo que hacía; tengo amistades, ¿sabes?, hasta allí, en ese hotel. Y me lo decían. Claro porque yo preguntaba, porque yo quería saber. Fue desde que me di cuenta de cómo te miraba… Y juraría que desde que vino. ¿Acaso tú no te diste cuenta?... Porque de eso, de que nos miran, especialmente, todas nos damos cuenta al instante

    Julia no respondió a su hija; simplemente, la abrazó aún más estrechamente, besándola con más efusión todavía. Se acabó el tiempo cuando el doctor pidió que salieran para poder trasladar al herido al hospital; Julia se empeñó en acompañar a su marido en la ambulancia, en tanto sus hijos y tito Paco tomaban un taxi hasta allí.

    Tras otras tres horas de intervención, el cirujano jefe del equipo de la Maestranza, el mismo que intervino a Juncal en la enfermería de la plaza y ahora acababa de operarle, salió a informar a la familia. Las cosas, de momento, no estaban tan mal; el peligro no había pasado, ni mucho menos, pero, al menos, todo estaba aún en el alero, con lo que tanto podía, finalmente, salir cara como cruz, cuando al principio por la cara de la moneda nadie daría un duro, con lo que algo se ganaba.

    Por de pronto, José Álvarez pasó a “Cuidados Intensivos”, más bien incomunicado, dado lo delicado de su estado, por lo que las visitas quedaron más que limitadas; un máximo de dos personas cada vez y no más de diez minutos, eso sí, una vez por la mañana y otra por la tarde. Aunque poco podían hacer, pues él estaba casi todo el día inconsciente, sedado continuamente para impedir que se moviera, pues lo prescrito, por el momento, era reposo absoluto. Vamos, que ni las pestañas debía mover

    Aquello duró unos veinte días, aunque estando cada vez más tiempo consciente, pero sin hablar casi nada, por lo general; podría decirse que respondía a lo que le preguntaban, pero eso sí, lo más conciso posible. Al cabo de esos más menos veinte días, lo pasaron a planta, a una habitación, con lo que Julia e Isabel pasaban buena parte del día con Juncal; en especial Julia, que prácticamente se había desentendido de todo cuanto no fuera cuidar de él; no era ese el caso de Isabel, más ocupada por sus obligaciones, pues no es lo mismo ser amo de la cosa que empleado, por alto que sea el puesto y mucha autoridad que puedas tener

    A los días de estar José Álvarez en la habitación, y ante la absoluta ausencia de Manolo desde que fue estando más consciente que inconsciente, un día preguntó por él… Y por su hermano… Julia, pues era ella quién entonces le acompañaba, sonriendo se le acercó a la cama para decirle

    ―Manolo está toreando por ahí, y ya sabes, su tío siempre con él… Pero cada noche llaman preguntando por ti…

    Y Juncal se quedó a cuadros al escuchar a su mujer. Estaba convencido de que el chaval se había ido del toro, y no supo muy bien si alegrarse o lamentarlo. Claro, tampoco sabía nada de cómo acabó por fin aquella tarde, la de la alternativa de su hijo. Fue entonces cuando supo que, finalmente, Manolo se alzó como el máximo triunfador de la tarde. Y cómo acabó siendo uno de los grandes triunfadores de la Feria, tras cortar otras dos orejas en la segunda tarde que hizo el paseíllo en el ruedo de la Maestranza sevillana. Y cómo, desde entonces, no había dejado casi de torear, al lloverle los contratos

    Entonces estaban Manolo y su hermano Paco en Zaragoza, con las corridas de la Feria del Pilar, y hacía bien poco habían estado de nuevo en Bayona. Esa tarde, Manolo se había vuelto a ceñir el traje de aquella otra, en la que recibió su “bautismo de sangre” y, sin dudarlo, había banderilleado a sus dos toros, tronchando en ambos el último par y citando de rodillas… Vamos, repitiendo paso a paso la tarde aciaga… Pero saliendo con bien en esta otra… Y triunfador, a hombros por la puerta grande…

    Pero lo que ya le llegó al alma a José Álvarez, “Juncal”, fue saber cómo, desde la tarde de su alternativa, Manolo se hacía anunciar en los carteles que anunciaban sus corridas: Manolo Álvarez, “Juncal”…

    Por finales, su hija Isabel resultó ser profeta en su tierra, pues José Álvarez, Pepe para su mujer, fue mejorando progresivamente y a ojos vistas, por lo que no tardó tanto en regresar a la casa de Córdoba, con su mujer y su hija. También Manolo y su hermano Paco aparecían por casa de vez en vez, cuando buenamente podían

    Era ya más Noviembre, Octubre iba en sus últimas boqueadas, con lo que la gran ausencia de Manolo, por la temporada americana, agotada ya la europea, por España, Portugal y el Midí Francés, estaba más que a la vuelta de la esquina; en Córdoba la climatología era de lo más benigno, con mañanas y tardes soleadas y temperaturas la mar de agradables que invitaban a pasear a la sombra de los árboles, como los que festoneaban los paseos del jardín y huerto que se extendía por la parte de atrás de la gran casona cordobesa de la familia

    Así que Pepe y Julia, en amor y compaña, solían pasear esas bucólicas veredas bien las mañanas, bien las tardes O bien hacían lo propio lo mismo mañanas que tardes. En no pocas de esas mañanas o tardes, Julia sorprendía a Pepe mirándola más ensimismado que otra cosa. A veces, casi embobado, podría decirse. Una de esas tardes, mientras paseaban los dos, podría decirse que emparejados, pero sin tocarse en absoluto; así andaban cuando ella, como tantas otras veces antes, volvió a sorprenderle mirándola, como siempre, casi embobado con ella. Pero esa tarde, Julia no se calló al advertirlo

    ―¿Qué pasa, para mirarme así? ¿Acaso tengo monos en la cara?

    Pepe tardó unos segundos en responder

    ―Lo que pasa es que estás guapísima… Y con un cuerpecito…

    Julia rompió a reír, alegremente

    ―Vaya hombre; pues muchas gracias a tu galantería, señor Juncal…

    Y siguieron paseando, tal y como iban, uno junto al otro, pero sin tocarse, también ahora sin hablarse, con él mirándola de vez en cuando, a hurtadillas, y ella dándose cuenta de cada una de tales miradas, riéndose por lo bajinis al notarlas. Pasaron así, otro rato, no muy largo, hasta que Julia habló

    ―Conque te parezco guapa… Y con un cuerpecito… ¡Y a mis más cuarenta y cuatro “tacos” que mis cuarenta y tres!... ¿Te gusto, señor Juncal?

    ―Me pareces divina. ¿Sabes lo que pensaba hace un momento?... Que qué imbécil he sido, correr tras tanta tía que ni a la suela del zapato te llegaba. Y en todos los aspectos, además… Empezando por lo bella, lo escultural que eres… Siempre pasa lo mismo; que no apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos…

    Y Julia volvió a reír

    ―¿Sabes, señor Juncal? Los hombres sois bastante tontos… Y sin uno que se escape…

    Julia dijo esto y se quedó callada, algo más seria, Sin ya reírse. Siguieron paseando otro rato, como antes, en silencio los dos, con Pepe mirando al suelo y los dos pensativos, como analizando algo, alguna idea. Él repasando su vida anterior, de mujer en mujer, de cama en cama… Y recordando cuando la conoció, tras aquél brindis “A la mujer más guapa que se sienta en esta plaza”… Y cuando empezaron a salir, cuando ella le dio el sí… Y cuando se casaron… Aquella su noche de bodas, con ella más nerviosa que un flan, pero deseosa de él… Sí; lo cierto es que habían sido felices… Muy felices…

    Hasta que se cruzó en su camino aquella bailarina cubana y lo deslumbró…no tanto con su belleza, que bien mirado, más bonita era Julia, sino con su desvergüenza… Su probada experiencia… Vamos, su probada putería… Y luego… Recordó también a Teresa, la del restaurante sevillano… Pobrecilla… Le quiso como posiblemente ninguna mujer le haya querido, pero él… ¡Que no podía estar su “cosa” quieta ni a tiros!

    Y cuando volvió a verla, aquella mañana, en el museo de la plaza de toros… ¡Qué hermosa, qué maravillosa que la vio!… Y qué gilipollas que se vio a sí mismo, haber tenido esa monumentalidad de mujer, esa odalisca turca, y haberla despreciado… Desde luego, más gilipollas no se podía ser… Pero entonces, de esa serie de elucubraciones vino a sacarle la voz de Julia

    ―Señor Juncal; ¿te volverías a casar conmigo?

    Y Pepe, al escucharla, se quedó a cuadros

    ―¡Pero chiquilla!... ¿Qué…qué dices?... Por Dios, Julia; no te burles de mí… No… No…

    Julia rió de nuevo; se lo estaba pasando pipa viendo a su marido tan desconcertado

    ―¡Gracias de nuevo, generoso! Que llamarme “chiquilla” a estas alturas de la “peli”, también tiene su mijita “e grasia”… Y no; no me burlo de ti. Te lo digo muy en serio ¿Volverías a casarte conmigo?

    ―¡No caerá esa breva! Que vuelvas a quererme, que me perdones. Fui muy, pero que muy malito contigo…

    ―¿Eso significa que sí?

    ―Pero… ¡Dios mío…Dios mío!... ¡Y con qué gusto; con cuánta felicidad que lo haría!... Pero… ¿Es eso posible?... Estamos aún casados, que yo sepa, al menos…

    ―Sí; estamos casados. Ante Dios y ante los hombres, pues lo hicimos tanto por la Iglesia como civilmente Pero, ¿sabes?, últimamente está muy de moda celebrar los grandes acontecimientos conyugales, las bodas de plata por ejemplo, repitiendo la boda. Con traje de novia, iglesia, cura y todas la pesca, convite incluido… Y claro, “Noche de Bodas”… Hasta Viaje de Novios…

    Fue cerca de un mes más tarde cuando Julia, rutilante en su nuevo traje de novia, blanco cual armiño, hacía su nueva entrada en una iglesia del brazo de su hijo Manolo en ejercicio de padrino de la nueva boda de sus padres, mientras, al pie del altar la esperaba su Pepe, impecablemente vestido “de corto”, esa vestimenta que antes era normal en los hombres del campo andaluz y hoy día refugiada en el folclore español o en los usos taurinos; y junto a él, su hija Isabel, madrina de la nueva boda de sus padres

    Hasta que ese día llegó, y desde que Pepe y Julia concertaran nuevo compromiso matrimonial, medió un “noviazgo” que más a la antigua usanza no pudo ser pues, aparte de lo absolutamente casto de la relación,  hasta el “novio” iba cada noche a hablarle a la “novia” a la reja de un coqueto gabinete que, por lo común, la familia usaba como cuarto de estar. Vamos, todo como los novios de casi cien años atrás... Una noche, cuando su padre y su madre estaban “pelando la pava”, como antes se decía, en la reja, su hija Isabel los sorprendió. Ellos nunca se enteraron del asunto, pero aquella noche Isabelita durmió más plácidamente que nunca lo hiciera al ver, de nuevo, a sus padres juntos… Y como los novios de antaño…

    Tras la renovada boda, tuvo lugar el correspondiente banquete nupcial, con su reglamentaria tarta a la que no le faltaron los típicos muñequitos, representando al novio y a la novia, solo que fue absolutamente íntimo, para sólo la familia en sí, pareja contrayente, sus hijos, padrino y madrina del enlace, y tito Paco, si bien éste estuvo un tanto cariacontecido…

    Y es que el pobre cuñado de la novia, de siempre, desde tal vez antes que su hermano, estuvo más que enamorado de ella… Sin esperanza siempre, callado siempre… Fiel a ella siempre… Para el desasosiego de su cuñada, que bien que se dio cuenta de lo que el hermano de su marido sentía hacia ella… Porque Julia a su cuñado lo apreciaba de verdad, como a un hermano podría decirse, y las “ducas” (penas) que el hombre pasaba le dolían… Pero qué le iba a hacer ella, si las cosas eran como eran

    Al banquete, celebrado en un reservado de un conocido restaurante cordobés, siguió la correspondiente noche nupcial de la pareja, en una habitación del mismo hotel donde en tiempos se hospedara Juncal… En esta otra noche de bodas, Julia precisamente nerviosa no estuvo; ardiente hasta ponerse tórrida la verdad es que sí, de lo que devino que su Pepe pasara la más inolvidable noche de su vida… Aunque más exacto sería decir que una de las más inolvidables, pues lo de esa nueva noche nupcial fue el pan nuestro de cada noche que le siguió… Pero es que, también cabría decir el pan nuestro de cada día, pues resultó que a la pareja cualquier momento le parecía adecuado para amarse, lo mismo día, tarde o noche

    En fin, que Julia y su Pepe pasaron muchos, muchos más años juntos, sin que al hombre se le ocurriera ni tan siquiera mirar a otra mujer más que a Julia. Y es que quien en casa está bien servido, no se le ocurre probar plato ajeno… Aunque sólo fuera porque en casa lo dejaban ahíto; empachado también podría decirse

     

    FIN DEL RELATO

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