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Así desvirgaron a mi novia.

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  • Un albañil maduro desvirgó a mi novia.

    Nuria. Ese era el nombre de una de las novias que tuve y con la que estuve saliendo varios años. 

    Cuando la conocí, yo tenía 22 años, ella 20. Era una chica bastante atractiva, alta, de larga melena castaña y grandes ojos de color almendra. Le encantaba vestir de forma moderna y sexy para sacar partido a la belleza de su cuerpo y de su figura. Su carácter alegre y abierto la convertían en persona de agradable trato para los demás. Sin embargo, ella me confesó, al poco de conocernos, que no siempre había sido así: hasta los 18 años había sido una chica tímida e insegura, de carácter algo retraído y que le daba poca importancia a su imagen. Me contó qué fue lo que le produjo ese cambio y cuándo ocurrió. Estas fueron sus palabras:

    “Fue el verano de mi primer curso de universitaria. Las clases habían terminado, había aprobado el curso y estaba muy contenta, pero cansada. Necesitaba reponerme tanto física como mentalmente. Mis abuelos me ofrecieron irme con ellos a su casa en el campo para desconectar y relajarme en plena naturaleza. Me propusieron pasar allí el mes de agosto: podría incluso tomar el sol en la pequeña terraza que había sobre la vivienda. Acepté la invitación de mis abuelos y a principios del mes de agosto me instalé con ellos en la casa. 

    La vivienda estaba situada en pleno campo, a unos 50 kilómetros de la ciudad donde yo vivía con mis padres. El rastro más cercano de civilización era un pueblo de unos 2.000 habitantes, a 8 kilómetros de la casa de mis abuelos. La vivienda estaba rodeada de árboles y césped, cosa que ayuda a mitigar el sofocante calor que azota a Andalucía durante el periodo estival. Un camino de tierra conecta la casa de mis abuelos con la carretera secundaria que transita por la zona y que dista unos 300 metros de la vivienda. La casa es bastante grande, demasiado quizás para dos personas ya mayores. Pero mis abuelos pasan allí todos los veranos muy a gusto. Ellos disfrutan con sus paseos por el campo, sus salidas al pueblo y con la paz y la tranquilidad de la vida en la naturaleza. A la azotea de la vivienda ya no suelen subir, pues hay que acceder por una escalera estrecha y la movilidad y reflejos de mis abuelos ya están algo reducidos por la edad. 

    Mi estancia en la casa transcurría de forma plácida. Yo tenía el carnet de conducir desde hacía un par de semanas y mis padres me habían regalado un coche de segunda mano. De hecho, el primer viaje que hice conduciendo fuera de la ciudad fue a la casa de mis abuelos. Con mi coche los llevaba muchos días por la mañana al pueblo más cercano, para comprar las cosas necesarias y para dar un paseo. Las tardes las pasábamos tranquilamente en casa, ellos viendo la televisión y yo en la azotea tomando el sol. Cuando la tarde avanzaba, nos sentábamos en el pequeño jardín, que mi abuelo cuidaba todos los días, a leer o a charlar un rato y antes de que anocheciera paseábamos por los alrededores de la casa, por los distintos senderos que existen. 

    Todos los días, mientras mis abuelos veían la televisión después del almuerzo, yo subía a la terraza a tomar el sol. Pese a que ellos ya no podía acceder a la azotea, me ofrecieron desde el primer día que subiese arriba siempre que me apeteciese broncearme. Así que a diario y después de comer, iba a mi habitación, me desnudaba, me ponía uno de los dos bikinis que había llevado de casa (uno de color azul y el otro verde pistacho), cogía mi bote de crema solar y vestida únicamente con el bikini subía a la azotea para tostarme al sol echada en la tumbona que ya había dispuesto para tal motivo. El primer día que subí me percaté de que varias losetas del suelo estaban levantadas y se lo hice saber a mi abuelo.

    - Normal, teniendo en cuenta el tiempo que hace que no subimos. Gracias por el aviso. Llamaré a algún albañil un día de estos para que venga a sustituirlas y a pegarlas al suelo- me comentó. 

    Una de las tardes que estaba tumbada al sol se me vinieron a la mente, sin saber muy bien el motivo, las palabras de algunas compañeras de la facultad: hacían topless habitualmente en la playa. Yo les había dicho que era incapaz de tomar así el sol, que me moriría de la vergüenza estar con los pechos al aire en medio de la gente. Estuve dándole vueltas a eso varios minutos hasta que me levanté de la tumbona y me asomé al borde de la terraza: me encontraba allí sola, sin nadie que me pudiese ver, pues no había casas cercanas, mis abuelos no subirían y lo único que había alrededor era campo y árboles. Volví a la tumbona, me senté e hice lo que jamás pensé que llegaría a hacer algún día por mi timidez: me desabroché el sujetador del bikini azul y lo dejé caer al suelo. Mis tetas quedaron por primera vez desnudas en un lugar abierto. Me eché crema bronceadora en las manos y la extendí por mis pechos. Mis pezones rosados se endurecieron con el roce de mis manos y mis pechos quedaron cubiertos por una fina capa de crema. Me tumbé a tomar el sol, al principio algo insegura y nerviosa, pero poco a poco me fui relajando hasta que llegué a quedarme un rato dormida, escuchando música a través de mis auriculares y dejándome acariciar por el sol y por la ligera brisa que soplaba ese día. Cuando llevaba algo más de una hora tomando el sol, decidí que ya era suficiente: me puse la parte superior del bikini y abandoné la azotea. Pasé por el salón donde se encontraban mis abuelos viendo la televisión y les dije: 

    - Voy a darme una ducha y ahora me siento un rato con vosotros. 

    Ya en la ducha, desnuda y con el agua mojando mi piel, me sentía excitada, caliente. Fui acercando mi mano derecha a mi vagina y cuando estaba a punto de acariciármela, la voz de mi abuelo sonó al otro lado de la puerta:

    - Nuria, voy a hacer café. ¿Quieres que te prepare uno?

    - Ehh, sí, sí, gracias- respondí.

    Las palabras de mi abuelo llegaron en el momento más inoportuno y me interrumpió de golpe el intento de masturbación. 

    Al día siguiente, de nuevo después de comer, volví a la azotea. Llevaba puesto mi bikini verde pistacho y esa vez ya no lo dudé: nada más sentarme en la tumbona me despojé de la parte de arriba del bikini y me apliqué crema solar, primero en la cara y en el cuello, luego en los brazos y hombros, después en mis tetas desnudas y por el vientre y por último por mis piernas. Sólo del roce de mis propias manos con la piel de mi cuerpo había empezado a excitarme y mis pezones estaban empitonados. Llevé mis manos a las caderas, pensé un instante y di el siguiente paso: me desabroche primero el lacito izquierdo de la braga del bikini y después el derecho, quedándome con esa parte del bikini en la mano. La dejé caer al suelo junto al sujetador y entonces me observé bien a mí misma: estaba completamente desnuda, con mi sexo poblado de vello púbico al descubierto. Me puse los auriculares y me relajé escuchando música. Cuando volví a abrir los ojos, no sabía ni qué hora era. Adormilada consulté el reloj y eran cerca de las seis, hora a la que solía bajar de nuevo al interior de la casa. Me quité los auriculares y, al ladear un poco la cabeza hacia mi izquierda, me llevé un susto de muerte: allí había un hombre desconocido a escasos dos metros de mí. Tendría unos 50 años, vestía una camiseta roja sudada y unos vaqueros azules y viejos. En el suelo, junto a él, estaban los típicos materiales de los albañiles para realizar sus trabajos. Fue entonces cuando caí en la cuenta: mi abuelo me había comentado por la mañana que lo más seguro era que esa tarde se pasara el albañil para reponer los desperfectos del suelo de la azotea. Me había olvidado por completo y ahora aquel tipo estaba ahí, viéndome completamente desnuda y con las piernas abiertas, que era la postura que tenía en ese momento. Lo primero que hice fue cerrar las piernas. Después fui a coger del suelo las dos prendas de mi bikini, pero no estaban donde las había dejado. 

    - ¿Buscas esto, putita?- me preguntó el desconocido.

    En su mano izquierda tenía el sujetador y en la derecha mi braguita y mostraba las dos prendas como si fuesen un trofeo. 

    - Por favor, deje que me vista y que me vaya- le pedí ruborizada.

    - ¡Eso ni pensarlo! Mira, zorrita, tienes dos opciones: o bajar y entrar en la casa completamente desnuda ante la mirada seguro que atónita de tus abuelos o esperar a que yo termine mi trabajo para después complacerme. Así que tú decides, porque esto no pienso devolvértelo de momento- dijo, mientras se guardaba en el bolsillo de su pantalón mis prendas. 

    Estaba totalmente en manos de aquel albañil. Por supuesto que no bajaría desnuda a la casa, así que no me quedaba más remedio que aceptar su segunda propuesta y así se lo hice saber.

    - Ummmm, buena chica. Tus abuelos no se enterarán de nada. Me conformo con una buena mamada. Tienes cara de viciosa, seguro que la chupas muy bien- me comentó.

    Yo traté de tapar mi desnudez con los brazos, al tiempo que el albañil se ponía a trabajar en la reparación.

    -Anda, ven aquí, que me vas a ayudar. Mientras antes terminemos mejor para los dos. Agáchate y aplica masa en esa zona. Después coloca esas losas nuevas para que se fijen y se peguen al suelo. Mientras tú haces eso, yo iré poniendo más a tono mi polla- dijo.

    Me agaché delante de él y en cuclillas apliqué la masa donde me indicó. Noté cómo mi rajita se abría en esa postura y cómo el viento acariciaba el interior. El hombre se bajó la cremallera del pantalón y se sacó la verga. No estaba aún erecta del todo y ya tenía una dimensión considerable, cosa que provocó un estremecimiento de deseo en mi interior. Empezó a masajearse la polla mientras contemplaba mi cuerpo desnudo. Yo procuraba no mirarle el pene, pues no quería que se diera cuenta de que me estaba excitando. Pero fue inútil: comencé a sentir un intenso calor y ardor en mi vagina y unas ganas enormes de probar aquel miembro viril. Volví a dirigir la mirada hacia la polla del albañil y este me pilló in fraganti: 

    - Sabía que eras una auténtica puta. Mírate: eres incapaz de apartar la vista de mi verga. Estás deseosa de sentirla dentro, en tu boca, en tu húmedo coño. Creo que al final no me voy a conformar solo con una mamada- espetó el albañil.

    La reparación ya estaba terminada. Me levanté y me quedé de pie frente al desconocido. Ahora yo ya no hacía nada por cubrirme. Le mostraba mi cuerpo desnudo al hombre que estaba a punto de desvirgarme. 

    -¡Ven, prueba de una vez mi polla!- me ordenó.

    Me acerqué un poco más a él y cuando estaba a punto de agacharme para hacerle la felación, me dijo:

    -¡Espera un momento! Deja que te toque antes esas tetas tan ricas que tienes. 

    Me quedé inmóvil delante del albañil, a escasos centímetros. Él no tardó en poner sus manos sobre mis pechos y en empezar a magrearme a placer las tetas. Era la primera vez que sentía unas manos ajenas tocándome los senos y suspiré de gusto. El individuo gozaba apretándome los pechos a su antojo, pellizcando los pezones y jugando con ellos. Aproximé entonces mi mano derecha a su ya tremenda polla empalmada hasta que se la palpé y la envolví en mi mano. Mi coño ardía cada vez más y comencé a notar la humedad en él. Mientras el albañil seguía disfrutando con mis tetas, yo empecé a agitarle su miembro, moviendo la piel hacia atrás y hacia delante. 

    -¡Ufffff….Síííííí….sigue, por favor, no pares!- me pidió con cara de placer. 

    Aproveché que soltó por un momento mis senos para arrodillarme: tenía su tiesa polla a escasos centímetros de mi cara, abrí la boca, acerqué mi rostro y mis labios comenzaron a rozar el pene venoso del albañil. No me disgustó el sabor del glande ni el del líquido preseminal que de éste manaba. El hombre empezó a emitir los primeros gemidos y yo me puse a chuparle y a mamarle la verga a un ritmo más elevado. Mi entrepierna cada vez estaba más chorreante y sentía mis flujos correr por la cara interna de mis muslos. Entonces le desabroché el cinturón y el botón del pantalón, hasta que la prenda cayó a los tobillos del desconocido. Le bajé del todo el calzoncillo descolocado y negro que vestía y retomé la felación con más ganas todavía que antes. Le masajeaba ahora también los testículos peludos, a la par que le daba un ritmo ya frenético a la mamada. La polla chocaba con el fondo de mi garganta y me producía arqueadas que a punto estuvieron de hacerme vomitar. Aguanté como pude y seguí chupando sin cesar hasta que el albañil gritó:

    -¡Arrrggggg….Me corro, me corroooooo……!

    Inmediatamente sentí en el interior de mi boca varios chorros de semen espeso y caliente, que fui tragando como pude. Cuando dejó de salir leche, abrí la boca y la verga del hombre salió de dentro, con la punta manchada de restos de esperma. 

    -¡Joder! Estás hecha una auténtica experta- exclamó el individuo, desconocedor de que era mi estreno. 

    Su polla había ido perdiendo la dureza tras la eyaculación y ahora se mostraba blanda y flácida. El albañil sabía que debería esperar unos minutos hasta que se recuperase. Pero no estaba dispuesto a perder el tiempo: me pidió que me echase en la tumbona y yo le obedecí. Una vez tumbada, le abrí las piernas ofreciéndole toda mi vagina abierta, para que hiciese con ella lo que quisiera. Me tenía entregada y estaba dispuesta a complacerle en todo lo que se propusiese. Entonces se arrodilló junto a la tumbona, acercó su rostro a mi sexo y empezó a restregar su nariz y sus labios por todo mi coño. El rostro del hombre quedó enseguida empapado por mis flujos. El albañil, ansioso, comenzó a usar su lengua para rozar con ella mis labios vaginales y tocar mi clítoris. Yo empezaba a estar en una nube gracias al gusto que esa lengua me proporcionaba. Tras esos primeros roces comenzó a penetrarme con la punta de la lengua con mucha suavidad: la metía una y otra vez entre mi rajita, provocando en mí tenues gemidos. Yo me acariciaba las tetas para tratar de aumentar la sensación de placer, mientra observaba cómo la polla del desconocido iba recuperando poco a poco su estado de dureza y se empalmaba. 

    - Por favor, no esperes más, quiero que me folles- le supliqué.

    - ¿Ahora tienes prisa, puta?- fue lo siguiente que dijo.

    El albañil se puso primero en pie, luego se colocó de rodillas sobre la tumbona y quedó frente a mí, delante de mis piernas abiertas. Con las manos me levantó un poco mis piernas y las separó todavía más, todo lo que pudo.  Aproximó a continuación su verga hinchada a mi sexo y con la punta de la polla me rozó durante unos segundos la cara interna de los muslos y mis labios vaginales. Por fin se decidió, entonces, a enterrar toda su inmensa tranca en mi sexo, que ardía por la quemazón de la excitación. El hombre comenzó a bombear primero lentamente, después cada vez más rápido. Yo notaba aquella gruesa y dura verga hundiéndose en mi interior, llegando hasta lo más hondo. Mis gemidos eran cada vez más fuertes y tenía miedo de que mis abuelos pudieran escucharlos desde el interior de la casa. 

    Los goterones de sudor del albañil chorreaban sobre mis muslos y mi vientre, mientras él proseguí con denuedo con su incansable mete y saca. Yo me mordía el labio inferior de la boca intentando no emitir fuertes gemidos de placer. Comencé a notar pequeños espasmos en mi bajo vientre y sentía como si tuviese ganas de orinar. Toda mi zona genital y púbica estaba en tensión, hasta que de pronto experimenté como una explosión de placer, seguida de una relajación. De mi coño empezó a salir un pequeño chorro de líquido viscoso, que no supe si era flujo vaginal u orín. La polla del hombre quedó completamente empapada, pero él no se detenía: continuaba penetrándome, ahora ya a un ritmo frenético. Lanzó un par de embestidas más y gritó:

    -¡Ahhhhhh…me corrooo….. Toma toda mi lecheeeee….!

    Inmediatamente noté esperma caliente entrando por primera vez en mi coño desvirgado y llegando hasta lo más profundo de mi interior. El placer que sentí fue inolvidable. El albañil se quedó quieto, con su pene dentro de mi vagina. Dio un par de embestidas más con las caderas y sacó después su miembro de mi cuerpo. Ya con la verga fuera me besó en los labios. Yo le devolví el beso.

    -Tengo que irme. No quiero que tus abuelos se den cuenta de que tardo demasiado para una reforma tan pequeña- me comentó secándose el sudor de la frente. 

    Se subió el calzoncillo y los pantalones hasta medio muslo y entonces sacó del bolsillo mi  braguita y mi sujetador del bikini. Creía que me las iba a dar de inmediato, pero no: antes de hacerlo se limpió con la braguita los restos de semen que habían quedado sobre su polla. 

    - Esto es tuyo. Y no andes desnuda por las azoteas: ya ves como puede terminar la cosa- me dijo al tiempo que me entregaba las prendas. Me las puse mientras él recogía el material que había traído. Cuando bajábamos por los estrechos escalones hacia el interior de la casa, noté una mano del albañil sobre la braguita del bikini, tocándome los glúteos y dándoles un par de palmaditas. 

    - Ya he terminado. El suelo de la azotea está ahora en perfecto estado. Además he contado con la amable ayuda de su nieta que se ha ofrecido a echarme una mano- les dijo a mis abuelos, que no se imaginaban dónde le había echado yo realmente la mano al albañil. 

    Mientras mi abuelo le pagaba al hombre el servicio prestado, yo me dirigí a la ducha, donde permanecí bajo el agua más tiempo del normal mientras me daba placer con mis dedos”.

     

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