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Un secreto entre mi suegra y yo

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  • Nunca pensé gozar tanto con algo tan prohibido.

    Me casé con una mujer doce años menor que yo. Muy bonita por cierto. Es de esas mujeres con personalidad abierta, distraída, mimada y acogedora. Su cuerpo es sencillo, sin nada abundante o exagerado y siempre en buena forma. El rostro mantiene una gracia muy femenina con una boca carnosa y unos ojos expresivos grandes y negros. Una desventaja o ventaja, de haberme casado con Paola, es que me gané una suegra joven también. Rosa, se llama, y tiene cuarenta y cuatro cumplidos. Apenas diez años mayor que yo.

    Mi suegra es una mujer dulce, complaciente, soñadora, de trato encantador y conversadora. Desde que nos conocimos hubo cierta gracia armónica y mucha empatía entre ella y yo, tanta como la que he tenido con su única hija. Ella siempre me ha tenido en buen concepto y está muy contenta de que su hija se haya casado con el marido perfecto que según ella yo soy: “Ay qué lástima que eres menor, un niñito chiquito para mí, sino ya me hubiera vuelto a casar contigo”, ha expresado en broma varias veces. Así que a diferencia de la mayoría de los hombres sobre éste planeta no puedo quejarme de mi suegra. Siempre he tenido la sospecha de que no solo me quiere como yerno, sino como hombre.

    Una vez casados, Paola y yo nos instalamos en el piso de arriba de una casa bifamiliar de dos pisos. Mi suegra vive debajo sola. Había enviudado tres años atrás cuando aún yo no las conocía. Así que era como si viviéramos los tres en una casa grande, juntos pero no revueltos. Tenía dos mujeres para mí, les decía yo a cada rato en tono de chiste, pero no pensé que esa frase fuera a ser tan literal alguna vez. Nunca me imaginé que semejante monstruosidad para la moral organizada pudiera volverse cotidiana. Como podía imaginar que alguna vez yo iba a terminar con mi mujer y mi amante bajo el mismo techo.

    Recuerdo todavía la primera vez que le hice el amor a mi suegra. Tenía puesto un vestidito viejo y raído de esos que ella suele ponerse a puerta cerrada para hacer limpieza, de tirantas delgadas, ceñido al cuerpo, color azul de fondo y florecitas blancas, muy corto, pero de falta volada y escote recto. Lucía tan femenina con su pelo abundante y negro recogido sin tanto orden en un moño amarrado con un peine blanco. Provocaba mucho con su cuello desnudo y sudado.  Debajo del vestido solo había piel blanca, no había prendas íntimas, no hubo necesidad de dedicar tiempo a retirar barreras. Bastó con sentarla en el mesón de la cocina con sus gruesas piernas abiertas y deslizar las tirantas del vestido por sus brazos para tener todos sus encantadores atributos a mi entera disposición. Pasamos el límite que no se debe cruzar, pero ya no había marcha atrás. Al principio hubo un sentimiento mutuo de culpa que parecía ser suficiente como para no volverlo a hacer, pero la necesidad animal es muy fuerte. No fue ya más posible que no ocurriera una y otra vez.

    Todo empezó despacio, casi que, sin darnos cuentas, tanto así, que Rosa y yo concluimos que no era posible otra cosa. Que eso iba con el curso natural de nuestros deseos desde el mismo principio y que tarde que temprano iba a ocurrir. Recuerdo la primera vez que nos vimos. Fue en el banco para el cual todavía trabajo. Llegaron madre e hija a arreglar unos asuntos financieros y de sucesiones después de la para entonces reciente muerte de Don Miguel su marido. Las dos lucían radiantes a pesar de sus vestimentas sencillas y de colores opacos. Quien me llamó primero la atención fue Rosa, con sus ojos grandes y su expresión siempre bonita. Su trato fue dulce, muy de dama. Tenía los labios pequeños, pintados de color rosado suave y su perfume incendió mi fuego viril.  Mi entonces futura suegra, sonreía mucho más que su hija, sentada con aire de impaciencia ese primer día con sus ojos tras lentes oscuros que nunca se quitó. Me resultó una señora bonita, amable y por su puesto deseable, y creí, según mi impresión que mucho más tarde comprobé, que yo a ella le resulté simpático. Nos gustamos desde el principio. Entonces hubo unas cinco entrevistas más a veces con ella sola, a veces con Paola o con las dos. En un momento dado no sabía quién me atraía más si la madre o la hija.

    Lo más irónico es que apenas un par de horas después de haber tenido sexo por primera vez con mi suegra, Paola y yo tiramos un polvo muy intenso. Yo me estaba duchando el cuerpo del delito aun con la sensación de un calor placentero que recorría mi pene. Me lavé bien y con cuidado retiré cada vello púbico brillante y largo de la tupida vulva de mi suegra, espulgado cuidadosamente de entre los míos. Escuché ya terminada mi ducha los pasos de Paola al llegar del trabajo. Me sequé despacio con la toalla y salí completamente desnudo y ya casi erecto a su encuentro. Ella sonrió y allí mismo la senté sobre el mesón en donde dos horas antes había ocurrido el pecado. Alzó las piernas y las abrió dejando que mis pupilas contemplaran la telilla blanca del algodón de su calzoncito pequeño ya un poco manchado de usos y orines. El vaho de su intimidad alertó mi olfato. Me dio mucho morbo. Se lo retiré sin quitarle la falda blanca de su uniforme de enfermera. Le lamí la vulva con el mayor empeño de mi boca hambrienta para contribuir a una humectación perfecta. Su clítoris se engordó y ella gemía con lujuria mientras se retiraba la camisa de botones y sus sostenes blancos. Me encantaba cuando solo quedaba en falditas. Después le chupé despacio cada seno mediano de pezones ovalados y erectos. Estaba muy excitada. Me besaba sin control. La cargué a horcajadas ensartada completamente. Mi sexo en su sexo. Yo la sostenía por las nalgas y ella se abrazaba a mi cuello mientras avanzábamos tranquilamente en ese culeo morboso hasta llegar a la cama. Allí le pedí que se colocara en cuatro sin quitarse la falda. Descansé de su peso sostenido. Lo hizo complaciente mirando mi desnudez en el espejo frente a ella dispuesto sobre la pared a un costado de nuestra cama. Le levanté la falda y sus nalgas blancas y perfectas aumentaron mi libido. La penetré desde atrás en un vaivén incesante algunos minutos hasta eyacular la última gota en lo más profundo de su concha. Desde ese momento, curiosamente, me daban muchas más ganas de cogerme a mi mujer.

    Dos días antes de cogerme a mi suegra, había pasado algo que lo anticipaba todo. Hubo un beso suave, corto que nos dimos al despedirnos a espaldas de su hija antes de que Rosa se fuera a dormir en su piso de abajo. Habíamos estado en la fiesta de cumpleaños de Laura su hermana mayor. Rosa había tomado más de lo debido a pesar de que normalmente no es una mujer bebedora. Estaba linda además y entre tragos, risas bailamos tres piezas seguidas de salsa romántica vieja que a ella le gustan mucho. Bailamos pegados, a veces un poco más de lo socialmente permitido. Nuestros cuerpos sudados se acariciaron. Yo la apretaba cada vez más para explorar sus límites cual si yo fuera un adolecente tanteando a una chica juvenil. Ella cedía y me abrazaba más fuertemente pegando sus abundantes senos a mi pecho. Me resultaba fascinante y sorprendente el jueguito prohibido en público con mi propia suegra. Todo lo hicimos con discreción en la sala de baile llena de familiares y amigos de Laura. Casi todos estaban bailando. Tuve una erección que no se notaba gracias a mi camisa por fuera. No la pude controlar. Creo que ella lo notó. Desee que me tragara la tierra en ese instante. No me dijo nada ni tuvo reacción alguna, pero luego su mirada y su sonrisa pícara consintieron mi vergonzante situación. Seguimos bailando como si nada hubiera ocurrido, ella ajustada a mi erección. Habíamos iniciado un juego peligroso. Culminada la fiesta tomamos un taxi los tres de vuelta a casa como a las dos de la madrugada. Los tres estábamos tomados, siendo Rosa la más borracha, aunque bien consciente aún. Paola subió a nuestro piso desesperada por hacer pipí y me pidió que ayudara a su madre a entrarla en su piso. El taxi se fue. Yo abrí la puerta y tomé a Rosa de la mano más por caballerosidad que por otra cosa. Me aseguré que entrara. Ella tiró de mi brazo obligándome a ingresar en la sala de su piso. Nos miramos fijamente con un deseo ardiendo a fuego vivo. Fueron unos segundos intensos y largos. Mi corazón latía como si fuera a subirse por mi garganta. Rosa, cuidadosamente cerró un poco la puerta para evitar que desde le calle se viera algo. Me estampó un beso suave, intenso, pero breve en mi boca y me susurró al oído: “el lunes cuando quedes solito voy a subir a violarte”. Hizo una expresión de picardía. Sonrió, guiñó su ojo derecho y se fue a su alcoba sin dejar de mirarme. Tú empezaste bobito, ahora atente a las consecuencias. Yo salí y cerré la puerta contrariado y con una erección inocultable. Es increíble lo que una mujer desinhibida con tragos encima es capaz de hacer. M e costó trabajo digerir que mi suegra cediera así tan fácilmente a una de mis necias y tenues provocaciones. Me desfogué echando un polvo rápido y desesperado con mi complaciente Paola antes de dormirnos.

    El lunes, Paola comenzaba su semana con el turno de dos de la tarde a diez de la noche en el hospital. Yo al llegar de mi trabajo a las cinco y media normalmente quedo solo toda la noche hasta que Paola llega. Pensé que eran cosas de mujer borracha lo que mi suegra me había dicho, después de todo. Pero alrededor de las siete y media de la noche el timbre. Miré por el visor de la puerta y efectivamente era mi suegra Rosa. Mi corazón latió. Sentí un nudo en mi garganta. Pensé que tal vez venía a disculparse o bien a reclamar algo por todo lo que había ocurrido en la madrugada del domingo con el asunto del baile pegado, la erección y el beso al entrar en casa. Abrí la puerta intentando simular la mayor tranquilidad con cierto temblor en mis piernas.

    Rosa estaba en fachas. Con ese vestidito viejo que alguna vez fue de gala y que conserva para hacer limpieza o lavar ropas sucias. Entró despacio sin musitar palabra. Se sentó en la silla de la mesa del comedor en la cocina. Yo estaba sin camisa y una playera corta, ajustada y blanca con la que a veces juego futbol. Rompió el silencio empezando por unas disculpas. Yo hice todo lo posible por no hacerla sentir incómoda manifestándole que yo empecé todo mientras bailábamos. Que lo había hecho porque esa noche ella lucía muy bonita como siempre me había resultado y que no me contuve las ganas de abrazarla fuertemente. Me hizo entonces la pregunta:

    —Sé que soy tu suegra, pero ¿yo te gusto? Dime la verdad, no voy a hacer un escándalo por eso.

    Me tomé varios segundos mirándole fijamente con mirada serena. Ella no reflejaba nada, ni enfado, ni emoción, ni alegría, solo seriedad. Yo le respondí con honestidad. Me la jugué.

    —Siempre me has gustado Rosa, y tú lo sabes. Lo siento si te ofendo. No tiene nada que ver con Paola. Soy feliz con ella. Tú mejor que nadie sabes que la quiero mucho. Me complace en todo como marido. Es buena mujer y es muy buena en la cama también, pero debo admitir que siempre tú me has resultado encantadora. Sabes bien que eres una mujer bella, joven aun, con una personalidad y un físico atrayente para un hombre de cualquier edad. Los chicos de la cuadra adolescentes seguramente fantasean contigo. Espero que mis palabras no te ofendan, pero bueno, prefiero responder a tu pregunta con la mayor franqueza de hombre, de varón que soy.

    Se levantó, se me acercó lentamente mientras me hablaba.

    —Me sucede lo mismo. Siempre me has gustado. Estoy feliz que seas el marido de mi hija. Pero lo que pasó no fue una cosa de tragos. Fue algo que siempre yo he querido que pasara. Pero no puede ser. Eres el marido de mi hija, imagínate, si fueras el marido de mi mejor amiga que carajo, pero eres mi yerno. A veces me pregunto qué tiene de malo. Al fin y al cabo, tú eres un hombre y yo una mujer. Yo no soy la chica tonta enamorada esa que pretende quitarle el marido a otra, no deseo eso para mi hija, no es una cuestión sentimental. Es algo erótico. Me gustas y te deseo. Mejor dicho, nos deseamos mutuamente.

    Se le salieron las lágrimas un poco. Había frustración en ella. Me le acerqué y la abracé con ánimo consolador. Fue inevitable que el olor de su cuerpo me hiciera hervir. La visión de su cuello sudado, desnudo con ese lunar café nítido y casi redondo del lado derecho me pararon los vellos del cuerpo. La erección fue imposible de contener. Yo la abracé más fuerte susurrando un lo siento. Ella correspondió apretando mi cuerpo contra el de ella. Sus senos grandes, desparramados apenas separados por la delgada tela de su vestido se aplastaron contra mis costillas. No traía sostenes. Al carajo me dije. No hice el menor esfuerzo para que mi erección se ocultara. La pegué contra su vientre. La sintió. Nos miramos fijamente como ocurrió dos noches antes en la salita de su piso. Era la misma energía que gravitaba. La emoción era enorme y el miedo a romper la estela de prejuicios era fuerte. Pero dio el primer paso al vacío mirándome con pupilas desafiantes. Se apartó de mí un par de metros. Metió sus dos manos por debajo de la falda de su vestidito sin permitir nunca que yo viera más por encima de sus muslos carnosos. Ante mi atónita mirada dejó caer entre sus pies la única prenda íntima que portaba. Retiró el peine de su pelo y éste cayó suelto haciéndola lucir más bella, más natural. Su calzón azul turquesa de encajes de seda cayó enrollado entre sus pies descalzos. Dio un paso hacia un lado para desenredar la prenda de sus pies. Ahora ya no había sino una tela azul que me separaba de su sexo. Ne necesitamos más diálogo. De allí en adelante fue el instinto quien nos guio. Yo repliqué con un gesto atrevido y provocador. Me mordí los labios mirándola fijamente mientras dejaba que mi playera se deslizara por mis piernas. Mi calzoncillo blanco, ajustado y pequeño con su bulto evidente atrajo su mirada. Ella también se mordió sus labios rosados. Di dos pasos reduciendo la distancia que nos separaba con mi corazón dando brincos. Rosa hizo lo mismo hasta que quedamos tan cerca que nuestros alientos se confundían. Me puso una mano en mi pecho acariciando mis vellos y la otra en la cadera justo en la tiranta de mi calzoncillo. Acercamos nuestras bocas. Beso. Beso sin límites. Beso prohibido, fuerte. Beso infiel y delicioso. Beso pecaminoso, pero placentero. Beso largo, intenso, con carga erótica infinita. Ella se entregó a ese beso con su boca pequeña y sus ojos cerrados. Yo la dejé que se saciara a su ritmo prestándole mis labios y mi lengua y ella prestándome la suya. No tomé ninguna iniciativa para pasar a otra etapa. Su mano, fue su mano la que dio luz verde. Fue esa mano necia y atrevida la que se posó encima de mi bulto palpitante cada vez con caricias más fuertes.

    Cansada del beso. Se arrodilló con ansiedad. Siempre había querido esto, susurró antes de bajarme lentamente el calzoncillo. Mi verga salió disparada, magnífica con brillo de lujuria apuntando a sus ojos. Ella no paraba de mordisquearse los labios. Estaba asustada y muy excitada al mismo tiempo. Cerró los ojos. Empezó con un besito tímido en la puntita dejando que el olor a macho penetrara en su nariz. La acariciaba rozándola por sus mejillas. Luego abrió la boca y se lanzó a las profundidades del placer prohibido y maravilloso. Tragó la cabeza y luego una parte del tallo. Inicio la chupada más intensa de su vida según me diría después. Y yo me pellizcaba para creérmelo. Me chupó con esa boca carnosa y rosada hambrienta de carne joven. Por momentos me miraba desde abajo con fuego en sus ojos. Por momento cerraba sus parpados para entregarse al placer infranqueable de la carne ajena, prestada, prohibida. Al principio sus embestidas eran suaves hasta que les dio intensidad de puta vieja. Me la chupaba como queriéndome hacer correr rápido. No sé cómo no me corrí allí mismo. Tal vez el susto de estar haciendo algo increíblemente prohibido me cohibía un poco.

    Su mandíbula estaba fatigada. Su expresión bella de mujer veterana en pausa me lo decía. Me miró otra vez desde abajo y susurró bajito: cógeme. No la obedecí de inmediato. La ayudé a levantarse y le estampé un beso mientras le acariciaba las nalgas por encima del vestido y después por debajo de él. La tez suave de sus carnosas nalgas estaba tibia. La cargué a horcajadas sin quitarle el vestido y la senté en el mesón. Ella misma supo que era lo que yo quería. Yo me doy cuenta que siempre que puedes me las miras. Se bajó las tirantas del vestido dejando ver con mucha sensualidad el inicio de sus senos desparramados. Yo culminé el trabajo hasta desnudarlos por completo. Los contemplé con morbo creciente. Me resultaba increíble que los tuviera allí tan cerca y disponibles. Eran más hermosos de lo que me los había imaginado. Porque Paola no los heredó así como esos de generosos y grandes me pregunté. Me sacié chupando cada ovalo de su aureola y sus pezones. Ella me animaba a hacerlo tomando con la mano una teta a la vez para que yo chupara ansiosamente como niño pequeño. Le encantaba ese juego que se volvió parte de nuestro sexo de allí en adelante.

    Luego alzó las piernas y las abrió como una mariposa descubriendo para mí el corazón de sus encantos. La concha era carnosa, rosada con un clítoris visible brillante y una tupida mata de vellos púbicos que me erizaron al verlos, pero que sin embargo dejaba ver claramente su ranura rosada y húmeda... Le deseé tanto. Saboreándome los labios me acerqué con mi boca a esa vulva madura y en desuso sin dejar de mirarla a sus ojos ardientes.

    —¿Qué vas a hacer?, no, mira que no me he lavado desde esta mañana, nooo, que vergüenza, debe oler mal, no por favor, no por faaavv… ahhhh… hmmm, ahhh, hmmm.

    No habló más mientras me comí cada palmo de esa vagina rica. Su clítoris fue juguete de mis labios mucho tiempo. Curiosamente olía menos intensa que la de Paola. La sentía carnosa, suave, mojada y ella se mordisqueaba y se apretujaba los senos entre sí para controlar su delirio.

    Entonces ya no aguantó y casi que suplicando dijo entre susurros:

    —ya por favor, cógeme, la necesito adentro, por favor.

    La complací esta vez. Me levanté besándole los senos hermosos y mi verga tanteó ciegamente alrededor de su hoyo. Lo encontré y dejé que se hundiera lentamente. Yo quería mirar eso. Me incliné un poco hacia atrás y levanté el faldón de su vestido hecho un aro de estorbo alrededor de su vientre. Miré con lujuria como mi verga se iba yendo centímetro a centímetro al abismo del pecado más grande del mundo. Qué rica sensación de calor y humedad en esa concha madura. Mis vellos abundantes se confundieron con los de su vulva ardiente. La penetré dulcemente contemplando su reacción. Sus ojos estaban medio adormecidos en un viaje de placer, su boca relajada con sus labios fatigados y vencidos no dejaban de irradiar sensualidad. Su expresión era placer y más placer. La embestí a ritmo constante hasta que sentí cansancio. Sin sacársela la cargué sosteniéndola por sus nalgas. Ella asustada de la maniobra preguntó:

    —¿a dónde me llevas?

    Respondí con una risa suave sin dejar de clavarla. Me senté con cuidado de no caernos en el sofá de la sala y ella quedó a horcajadas, totalmente ensartada y con sus pies apoyados a lado y lado de mis muslos. Cabalgó entonces con ganas retenidas en un culeo incesante. Yo hacía esfuerzos para no eyacular aún. Deseaba seguir con ese pecado tan delicioso. Entonces se contrajo toda y sus ojos casi se voltearon en un grito ahogado e intenso. Se había corrido envuelta en estrellitas multicolores. Cesó un poco la tormenta. Le pedí que se arrodillara en el sofá. Lo hizo de espaldas hacia mí. Era increíble lo iguales que eran ese par de nalgas a las de su hija. Le puse mi verga en la entrada de su ano, solo para probar su reacción. No me dijo nada. Yo meneaba mi verga entre el hoyo de su ano y la rajita de su concha sin meterla. Quería encularla. Entonces lo intenté.

    —Eso duele, no creo que sea buena idea —me dijo con determinación de mujer experimentada— La tienes muy seca.

    Busqué el lubricante que uso con Paola y me lo apliqué en la verga y alrededor de su culo. Sus nalgas eran preciosas. Lindas y aun con la piel lisa como las de Paola. Metí la cabeza y cuando ya iba a hundirla ella dijo:

    —no, no, no, no ahora Felipe. No por favor. No estoy lista. Hace rato que eso no lo hago.

    No la forcé. No insistí tampoco. Ya tendría decenas de ocasiones para jugar con su ano. Entonces se la metí de un tajo en la concha y mis jadeos se hacían más fuertes.

    —No me termines dentro por favor, no, no trago píldoras ni nada nooo, ohhh hmmm hmmm hhm.

    Saqué mi verga ardiendo y dejé que mi orgasmo se pasmara. La llevé nuevamente al mesón donde estábamos al principio y allí la penetré largamente hasta que ya no fue posible contenerme. La saqué en el último segundo y mi semen se derramó en su abundante pelaje púbico. Ella se acarició la vulva lentamente humedeciendo sus vellos con mi semen tibio todavía, sin parar de darme besitos y divertirse contemplando los pálpitos de mi verga eyaculando los últimos hilillos de leche espesa que caían lentamente al piso. Nos relajamos algunos minutos entre besos y caricias y mimos. No hubo mucho que decir. Ella se limpió, recogió su calzoncito del piso y se lo puso nuevamente y después se rehízo su moño. Yo la contemplaba desnudo con mi pene fláccido y saciado colgando en pura desnudez que ella miraba todavía con ganas. Abrió la puerta. Me miró con seriedad y dijo:

    —gracias por el placer, descansa un poco. No se te olvide que Paola llega ahorita y tal vez debes cumplir con tu deber de marido en la cama.

    Me envió un beso y cerró la puerta. Habíamos empezado una nueva etapa en nuestras vidas.

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