Mi pequeño amigo

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RESUMEN

Un visitante inesperado me brinda la oportunidad de saciar mis bajos instintos.

Algis y su abuela vinieron de visita a Chitré durante las vacaciones de final de secundaria de él. Acababa de cumplir 18 años y vino de Madrid, hijo de un alemán y una española. Ya había planificado el viaje con mucha antelación y llegaron un viernes en la noche. Apenas lo vi quedé con la boca abierta. Mide 1.80, máximo unos 65 Kilogramos, ojos cafés, cabello corto castaño claro, la carita sin una sola espinilla, delgado y espigado y con dos nalguitas redondas, redonditas y voluptuosas, de esas que me vuelven loco. Ni asomo de barba, bigote o vello facial. Solo venían de paso porque se quedarían en Playa Venao durante una semana y luego de vuelta a Madrid. Para mala suerte (de ellos) la abuela recibe una llamada urgente que su hermana gemela acababa de tener una caída y necesitaba urgentemente regresarse a Europa. 

Como no veían la necesidad de volver los dos yo me ofrecí de una vez para que Algis se quedara conmigo en Chitré hasta que le tocara el turno de regresar. Por supuesto que eso cayó como una bendición para los dos porque le permitiría a él tener algo de libertad durante sus vacaciones. Se notaba que el chico estaba mimado y cuidado por la abuela, que no quería partir sin llevárselo. Muy astutamente le dejé ver que él estaría seguro y tranquilo y la dejaría a ella concentrarse en su hermana.

Le acomodé una habitación a Algis y comenzamos a charlar, animadamente.  El chico tiene una piel rosadita, tostada por el sol. Piernas largas y delgadas, lampiñas, sin un solo pelito. Su boquita era pequeña, bien formadita, con los labios deliciosos. La primera vez que lo vi sin camisa, camino al baño, me di cuenta que ni siquiera tenía vellos en las axilas, tal vez se los rasuraba o no le salían. Sus brazos, delgados, se veían tan delicados.

Le ofrecí un trago de ron con coca cola, pesadito. Se lo tomó sin muchas ganas.  Al segundo trago ya se reía un poco y yo lo observaba con detalle. Lo vi caminando una y otra vez al baño, los dos globos de sus nalgas bamboleándose suavemente. Ese culo me tenía estresado.  Terminamos de tomar y cada uno fue a su cuarto. La paja que me hice esa noche pensando en este chico virginal casi me saca sangre de la pinga.

El domingo nos levantamos tempranito, fuimos a una finca y luego a la playa. En el camino veía como la pinga se le movía de un lado a otro del pantalón y notaba como sus dientecitos perfectos brillaban tras su boca rosada.  Cada vez que podía me le acercaba inadvertidamente y lo olía. Ese olorcito a chico, ese aroma de jovencito me embriagaba. Es un fetiche que tengo desde siempre.

Luego de la playa, todo sudado y quemado del sol llegamos a la casa. Ya se había ido el jardinero y los otros inquilinos. Lo vi tostadito del sol, quemado y quejándose del dolor.  Apenas salió del baño le pregunté si quería tomar algo y por supuesto que le serví un roncito bien generoso. Le pregunté si no quería ponerse crema humectante en la espalda y me embarré la mano generosamente.

Poco a poco bajé de su cuello a su espalda. Lo sentía tenso, apenado, con mucha vergüenza por sentir como lo tocaba. Me le acerqué más a su espalda y le pregunté si le molestaba y no me contestó. Solo seguía tomando su ron y se le notaba que le costaba bajarlo. Lentamente me fui acercando más a su espalda y puse mis labios en su nuca. Apagué la luz y le pasé la lengua suavemente donde terminaba su cabello. Lo olí con fuerza, aspirando ese aroma enloquecedor. Luego le fui arrimando mi verga dura hasta que quedó pegada a sus nalgas. Yo con las piernas abiertas detrás de él en la cama.

Poco a poco le fui untando crema en el pecho, los brazos y le metí la lengua en uno de sus oídos. Mmmmm, ese olorcito a chiquillo de nuevo, ese aroma dulce, inexplicable.  Se dio la vuelta y comencé a meterle la lengua en la boca, saboreando esos labios rosaditos. Le pasé los dedos entre el cabello suavemente, una cabellera abundante, sedosa, suavecita.

Solo estábamos ahí apretados, tocándonos suavemente, muy lentamente.  Lo puse de pie y le bajé los shortcitos. Esas nalgas blancas me volvieron loco. Las toqué, apreté y sobé con ganas. Me arrodillé detrás de Algis y comencé a besarlas, fui mordisqueándolas de arriba a abajo, de lado a lado, sintiendo la sedosa textura de esos glúteos vírgenes. El solo se quejaba bajito, casi sin moverse.

Lo senté en el sofá y metí mi cara entre sus huevos. El vello púbico era apenas un par de pelitos castaños, suaves y largos. La verga rosada se veía larga y delgada, dura, como un lápiz, con una ligera curva.  Con mucha suavidad lamía esas bolas blancas y metía mi cara con ganas para sentir su ombliguito. Se le marcaban las costillas, pero estaba duro como una tabla.

Le levanté las piernas y él se dejaba, con los ojos cerrados. Esos muslos estaban suavecitos, los sentía contra mi cabeza como si estuviera soñando. Le separé los cachetes y en el centro estaba ese huequito rosado, casi un puntito. Me sorprendió que su ano fuera tan chiquito, casi una rajita invisible. Cuando traté de lamérselo se estiró y sacudió como si le hubiese descargado electricidad.

Me mojé un dedo y se lo pasaba por el circulito de su culo. En la penumbra, el cuerpo tan delicioso, fragante y que era sólo para mí me tenía poseído de una lujuria y ganas de sexo que la verga me dolía.

Saqué el lubricante y me embarré un dedo, el que fui metiendo suavecito en ese culo virgen, apretadito que se iba abriendo poco a poco. Me puse detrás de él, acostado, sobándolo constantemente, suavecito, para que no lastimarle la espalda. Mi pinga estaba durísima y se la fui zurrando por la espalda, por la raja entre las nalgas y por sus muslos. Cuando traté de penetrarlo respiró hondo y se quejó un poco más alto, pero estaba con ganas que se la metiera.

Le separé los cachetes duros y blancos y puse la cabeza de mi verga en esa entradita. Comencé a empujarla mientras lo halaba con las dos manos hacia mi pinga. En un momento comencé a sentir como se iba abriendo ese culito tan rico, como mi verga separaba ese huequito tan apretado, pero me estaba costando meterla. Volví a ponerme más lubricante mientras seguía lentamente tratando de no parecer muy ansioso. Al fin sentí como le entraron mis 8 pulgadas y él se estremecía de dolor. Con un dedo seguí lubricando mi pinga mientras lo besaba y abrazaba suavemente. En un momento sentí que ya estaba listo y comencé a bombear cada vez más fuerte, golpeando sus nalgas con mi pelvis. Se sentía como si fueran dos pelotas de futbol contra mí, rebotaban y las sentía cada vez más tensas.

Me volví a acomodar y me puse encima de él. Encendí la luz de la mesita de noche y seguí bombeándolo, ahora un poco más rápido. En un momento sentí como Algis eyaculaba, solo a punta de mi penetración, con cada espasmo de su ano mi verga me dolía y aun así seguí bombeando y cuando saqué mi huevo para venirme lo vi rojo de sangre, no mucha, pero si suficiente para que mi leche quedara marcada en sus nalgas manchadas.

Me levanté, busqué una toalla y lo lavé, suavemente, para que se aseara sin levantarse y no se asustara.

Esta experiencia fue tan rica, tan deliciosa, un chico virgencito y tan guapo solo para mí. Un orto que merecía ser culeado….

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